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José Prat y las coplas de Jorge Manrique Por JOSÉ LUIS HEREYRA COLLANTE
Este domingo 1° de octubre, mientras miraba –desde la amplia ventana del Centro de Información de las Naciones Unidas en el décimo piso del World Trade Center– los fríos cerros bogotanos y el bullir de la multitud y los automóviles abajo en la calle 100, presencié, en el fondo de mi corazón, intactos su voz y su recuerdo, cuando declamó para mí por primera vez las “Coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre, el infante don Rodrigo de Aragón”. Vi su rostro de papá noel bondadoso con sus mejillas rosadas, sus zapatos negros, finos y lustrosos, su vestido impecable azul turquí con la camisa blanquísima cruzada por el ramalazo de su corbata de seda oscura, juguetona en el viento. Tengo vivo en mi ser el nudo que se me hizo en la garganta y el ahogo, la casi asfixia de muerte sublime, que sentí cuando, por primera vez, oí ese milagro de lucidez y belleza de las coplas de Manrique en su voz. Prat, José Prat García me declamaba: “Recuerde el alma dormida, / aviue el seso e despierte / contemplando / cómo se passa la vida, / cómo se viene la muerte / tan callando; / cuán presto se va el plazer, / cómo, después de acordado, / da dolor; / cómo, a nuestro parescer, / cualquiere tiempo passado fue mejor…” Era nuestro profesor de Literatura en el Colegio Americano de Bogotá, adonde había llegado en un doloroso exilio navegando el Atlántico inconmensurable y los estragos todavía sangrantes de la Guerra Civil Española. Había desembarcado en Barranquilla primero, donde lo habían resucitado con caldo de pescado y amor de caderas morenas. Y, después de haber vuelto a la vida, fortalecido por el afecto caribe, siguió hasta el frío páramo donde yo, huérfano, había llegado a estudiar por un inescrutable designio. José Diosdado Prat García nació en Albacete el 10 de Agosto 1905 y murió en Madrid, 17 de mayo de 1994. Estudió Derecho en la Universidad de Granada, donde se graduó en 1925. Impulsó en Burgos diversas actividades culturales y colaboró en la prensa de la ciudad castellana. En 1930 consiguió el puesto de letrado del Consejo de Estado. Ese mismo año ingresó en el PSOE, donde fue miembro fundador de lo Asociación de Abogados Socialistas y asesor jurídico de la Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra integrada en la UGT. Miembro del Consejo del Instituto de Reforma Agraria, en 1933 fue electo diputado por Albacete y formó parte de diversas comisiones parlamentarias. Su desacuerdo con la decisión socialista de impulsar un movimiento revolucionario en octubre de 1934 no le impidió defender activamente a compañeros juzgados en varios consejos de guerra. Esta muestra de solidaridad le permitió resultar nuevamente electo por Albacete en las elecciones de febrero de 1936 por el PSOE. Durante la Guerra Civil fue nombrado Director General de lo Contencioso en septiembre de 1936. Exiliado al final de la contienda, trabajó en la Secretaría del PSOE, encargada de los refugiados Más tarde, trasladó su residencia a Colombia, donde, de 1939 a 1976, impartió clases de Historia y Literatura en Bogotá. Fundó la Casa de España en Colombia y escribió como columnista en la gran prensa colombiana. Volvió del exilio en 1976. Fue senador por Madrid en 1979; 1982 y 1986, y presidente del Ateneo de Madrid. José Prat me entregó para siempre mi verdadero rostro; me hizo saber lo más importante de mi vida: que la palabra era mi destino. Por eso siempre recuerdo esa voz bondadosa y profunda, burlándose con el más grande afecto: “¡Pelmazo y harto ligero, Hereyra en el mundo entero, famoso por tal lo creo!” O dibujando el gran misterio de la vida y la muerte: “Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar, / qu'es el morir; / allí van los señoríos / derechos a se acabar / e consumir; / allí los ríos caudales, / allí los otros medianos / e más chicos, / allegados, son iguales / los que viven por sus manos / e los ricos.” O escrutando la penumbra de la eternidad y los siglos: “¿Qué se fizo el rey don Joan? / Los infantes d'Aragón / ¿qué se fizieron? / ¿Qué fue de tanto galán, / qué de tanta invinción / como truxeron? / ¿Fueron sino devaneos, / qué fueron sino verduras / de las eras, / las justas e los torneos, / paramentos, bordaduras / e çimeras?”
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