El hogar de los Salgado Berrocal

Por JOSÉ LUIS HEREYRA COLLANTE

 

Cuando Héctor Daniel Salgado Berrocal me invita a donde sus viejos y cruzamos medio Sincelejo para llegar al Edificio Zuccardi en Venecia, llevo ya el alma de fiesta. Porque ver a don Héctor y doña Carmen, recibir esa bendición que es su presencia, oír sus palabras cargadas de sabiduría, de ternura, de humor y de paz, experimentar el bálsamo de su aprecio y, fuera de eso, sentarse a su mesa es gozar del privilegio de los dioses con su nirvana de manjares servidos en la tierra. Pero es que esto está escrito: “Más vale plato de legumbres con amor que buey gordo asado con odio". Porque lo fundamental en esta familia es el amor, el estado de gracia que se cita en las grandes fuentes sagradas y que al vivirlo, reza la Escritura,  se tiene todo lo demás “por añadidura”.  Y me refiero  siempre y vivo en mi corazón a esta familia siempre. En mi corazón, en mi silencio. Porque ellos me han dado más con su ejemplo, con su silencioso pero vivo afecto, que cualquier tratado de actitud positiva o de nueva era o de cienciología, polémica religión sectaria, por cierto de moda. ¡Vaya superficialidad!

Don Héctor hoy en día goza de su pensión de toda una vida dedicado al Banco del Comercio y doña Carmen sigue en su labor de hormiga madre después de tantos años de crianza de Héctor Daniel, Iván y Carmen Ana, hoy en día profesionales de la arquitectura, de la medicina y de la administración de empresas respectivamente. El orden, la planeación, la disciplina familiar y la austeridad podrían ser respuestas que arrojen luces sobre el secreto de ese éxito familiar, profesional y humano. Hay amor, y creo que de allí viene todo: desde ese amor de la pareja primigenia fluye el amor hacia sus hijos, con rigor y sentimiento, sin necesidad de tantos sermones ni de tantos golpes de pecho como son los menesteres de los pacatos, de los hipócritas y de los que, como dijera el inmenso poeta español Rafael Alberti, “están muertos y no lo saben”.  Y pienso que bendito sea el día en que los seres humanos entendamos que al vivir el amor todo lo demás responde misteriosamente al orden de lo perfecto, ya que también está escrito que “lo único perfecto alcanzable para la vida humana es el amor”. Es decir, los seres humanos no seremos ni perfectos ni santos ni nada parecido nunca, pero podemos transitar el camino del amor y seguir una senda que se abre a cada paso, no antes, donde todo lo inminente que se ofrece a nuestro paso está impregnado de pureza, de paz y de susurros de ternura. Sé que no seremos perfectos jamás y esto gracias a Dios, pero estaremos transitando el camino del crecimiento espiritual como corresponde a quien busca con los iluminados ojos del espíritu.

Un día -bueno como todos mis días, gracias a Dios- que pensaba en ellos, reflexioné que quizá yo los amo tanto a ellos porque ellos me han querido siempre y bajo las circunstancias que sean. Me han querido a mí, a mí mismo. Me querían cuando bebía trago como un cosaco y también ahora que vivo la misericordia divina de la sobriedad del alma, del cuerpo y del espíritu. Me querían cuando he estado ausente y también cuando estoy con ellos. Me querían cuando he sufrido privaciones y también cuando he nadado en la prosperidad. Me querían al irme “hasta extraña nación pues lo quiso el destino” y también cuando he regresado a verlos con la calidez de un alma que los extraña siempre. Es decir, de ellos he recibido siempre la alegría de una mesa de humeantes manjares y sonrisas de afecto fraterno que me han enriquecido más que cualquier terapia que me hubieran inventado los inútiles gurúes de esta modernidad superficial y pendeja. Ahora acabo de hablar con Héctor Daniel y, de seguro, transitaremos de nuevo la maravillosa senda de visitar a don Héctor y doña Carmen. Desde ya siento la felicidad que es el reino de Dios en la tierra revelado sin palabras, sólo con el  modesto ejemplo, y vivo, como se debe vivir una bendición: sin mostrarse, sin hacer ruido, pero palpablemente.


 

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