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Angelo D’Arrigo, “el hombre pájaro”
Por: JOSÉ LUIS HEREYRA COLLANTE
Hace poco días presencié un documento científico sin precedentes: el documental póstumo de la National Geographic sobre el ornitólogo Angelo D’Arrigo, fallecido en Sicilia el 26 de marzo de 2006 a la edad de 44 años y quien era conocido universalmente como “el hombre pájaro” o “el cóndor humano”. Investigando un gran número de fuentes, encontré, entre otras, la valiosísima crónica de Phil Davidson en El Mundo, que sirvió de apoyo a este modesto artículo. El 24 de mayo de 2004, D’Arrigo dejó pasmados a un grupo de escaladores del monte Everest, cuando se lanzó en picado en un planeador de parapente sin motor desde una altura de casi 9.000 metros hasta situarse por encima de sus cabezas, muy próximo a ellos. Nadie hasta entonces había logrado una hazaña semejante ni tampoco nadie la ha podido repetir. Claro, el lema de D’Arrigo era "los límites no existen", un eslogan que llevaba siempre inscrito en su casco y que, a la vez, utilizaba como dirección de correo electrónico. Aunque nació en Francia, D’Arrigo, hijo de padre siciliano y madre francesa, vivió casi siempre en Italia. Acabó la licenciatura en Educación Física antes de dedicarse a la práctica de deportes extremos, particularmente el parapente y los vuelos en ultraligero. En 2003, D’Arrigo, a bordo de un planeador de parapente a motor y en su calidad de miembro integrante de un proyecto ornitológico ruso, guió a toda una bandada de grullas siberianas occidentales ––una especie en peligro de extinción––, nacidas en cautividad, a través de 5.450 kilómetros, con la finalidad de mostrarles las rutas migratorias tradicionales de su especie, desde el Círculo Ártico hasta las costas del mar Caspio, a través de toda Siberia. Tanto él como las grullas hubieron de volar más de 180 kilómetros durante seis horas cada día hasta llegar a su destino. Durante el periplo, D’Arrigo se dedicó, además, a enseñar a las aves a ahorrar energías, sacando provecho, para ello, de las corrientes termales ascendentes. Y también sería el propio D’Arrigo quien escogiera los lugares de descanso más apropiados para pasar la noche. Dos años antes de esta gesta, el intrépido aventurero había completado el primer vuelo libre sobre el desierto del Sáhara y el Mar Mediterráneo, en seguimiento de las rutas migratorias del halcón del desierto. Hace sólo dos años, D’Arrigo adquirió dos huevos de cóndor de los Andes que se encontraban en poder de una universidad austriaca y decidió que intentaría ser la madre de los polluelos, sin cuya ayuda los cóndores rara vez aprenden a volar. Los incubó en un nido que construyó especialmente para ellos en su granja de experimentación aviaria, en las faldas del monte Etna, en Italia. El nido lo recubrió con un parapente blanco y negro, para que los polluelos se fueran acostumbrando, desde un principio, tanto a su presencia como a su forma. Esto, solía decir el ornitólogo, no era otra cosa que seguir la técnica de imprimación que empleaba el psicólogo conductista Conrad Lorenz ––padre de la Etología, o “ciencia de la conducta”–– con el fin de mantener a las aves en permanente contacto con su madre. Incluso antes de acabar la incubación en sí, D’Arrigo comenzó a hablar a los polluelos ––a los que había puesto los nombres de Maya e Inca, respectivamente–– con el propósito de que éstos se fueran acostumbrando al sonido de su voz. Regularmente, solía salir de paseo en su aparato, llevando comida en él para volver a darles de comer. Durante los últimos meses, y conforme los polluelos continuaban creciendo, D’Arrigo les había estado dando clases de vuelo alrededor del monte Etna. Todo iba tan bien, que su esperanza era poder soltarlos en su hábitat natural, los Andes peruanos, a finales del año 2006. Pero D’Arrigo, el Ícaro de Ícaros, el hombre pájaro, el cóndor humano, perdió la vida ––absurda y paradójicamente–– mientras viajaba como pasajero en un avión ligero pilotado por un amigo suyo, en el transcurso de una exhibición en Sicilia. El aparato capotó y cayó a plomo contra el suelo. Ambos fallecieron en el fatal accidente.
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