Solo una gota de agua, Rosana
 

Ruben Darío Alvarez

 
 
"Cuando una mujer se rinde
es porque ha vencido"

Aldo Camarota

 

Rosana me recuerda una hoja de laurel en las manos del viento. Así camina ella. Así me la imagino siempre, con su sonrisa discreta y sus ojos protegidos por un par de lentes, que también me refrescan el recuerdo de la maestra sabia que me enseñó las primeras letras. Rosana tiene, en el color de su piel, la esencia de la tierra que pisa: el color afrodescendiente que bulle  en su cabellera alisada y la estatura de una princesa de la Costa de Marfil. Hay en la voz de Rosana una jaula de pájaros desconocidos, pero dulces como ese manojo de caramelos que mis hijos ambicionan alegremente sobre los estantes de los almacenes. Alguna vez, Rosana musitó una canción que aún pervive en mis oídos y en la memoria eterna del corazón. No recuerdo mucho la melodía de ese canto, olvido que poco importa, ya que la voz de Rosana es suficiente para darle ropaje a ese corto poema que un día salió de sus labios de muñeca. Porque Rosana parece una muñeca de cristal. Yo creo que es una gota de agua. Sólo es una gota de agua que aún no moja mis labios. ¡Pero cuánto quisiera que ocurriera ese milagro! Cuánto me gustaría que Rosana posara perennemente sus manos sobre las mías. Cuánto quisiera que sus labios siguieran cantando esa canción inmemorial sobre mi boca, para que se me inunde el alma con el almíbar del grande cancionero que ella esconde en su alma. Cuanto me gustaría que un abrazo nos uniera por siempre, aunque Rosana y yo sabemos que no existen las eternidades y que la única eternidad parece ser la de la muerte. Pero hablando de Rosana, vale la pena ilusionarse con una mañana sin fin. Un mañana que se parezca al interminable cuerpo de Rosana, sirena desolada en el mar de esta vieja ciudad. Un cuerpo que necesitaría de todas las caricias, de todos los besos y de todas las palabras, para celebrarlo como se aplauden los mejores amaneceres. La realidad es cruelmente distinta, pero a mí me complace soñar que camino por la playa aferrado de la mano de Rosana. Que juntos contemplamos la partida del sol sobre el filo del horizonte. Que vemos cómo los alcatraces forman corazones en el cielo y luego se deshacen cayendo al mar, cual una lluvia de plumas en homenaje a Rosana. Que esperamos la noche sentados en los espolones de piedra, bajo la complicidad de la penumbra, y nos damos un beso que nadie puede presenciar. Todo eso sueño, pero sé que mis sueños no caben en los de Rosana. Ella es un cúmulo de proyectos de vida en los que no estoy incluido. Rosana avanza por las calles de su propia aventura buscando un horizonte de soles que puedo leer claramente en sus ojos; y tiene como únicas armas para vencer, su sonrisa y su voluntad de hierro. No me lo dice, pero siento que quiere traspasarlo todo y llegar triunfante a la meta de un hogar en donde correteen alegres un par de niños paridos por su vientre de mujer férrea; y en donde un esposo se siente a la mesa a departir el vino de esa felicidad que sólo se ve en los finales de las novelas que inventa la televisión. Así sueña Rosana. Y sus sueños son como un ramillete de canciones que están por escribirse, algo así como esa gota de agua que resbala sobre la verde inmensidad de una mata de corazón. Pero cuánto daría porque Rosana abandonara —aunque fuera por un instante— sus propias ilusiones y compartiera las mías. Cuánto me gustaría que juntos escribiéramos esas canciones que ella cantaría muy cerca mí, llenando mis oídos de calor e invadiendo mis pulmones con el suave perfume de su aliento. Cuánto quisiera dejar de soñar, de escribir y de pensar sólo por recibir una gota de agua en mi rostro. Y esa gotita que ansío no es más que un aguacero de vida llamado Rosana.

 



 

 

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