Recuerdos alegres y dolorosos suscitados por la rememoración del ominoso asalto al Palacio de Justicia.

Juan Dager Nieto

Fui al Externado de Colombia en Bogotá pues quien más adelante sería el Contra-Almirante Clopatofsky, (f.), mi pariente político, envió a solicitud de mi padre lo que entonces se denominaba <prospecto> del Externado de Colombia. Así, a secas, el Externado de Colombia. Sin Universidad adelante ni nada. Y añadió “Clopa” o “Clopita” (como lo llamaron por su desbordante simpatía bogotana desde sus comienzos sus compañeros de armas) que era una universidad liberal. Yo no tenía idea de qué se trataba porque amén de salir del bachillerato iluso y poético en la encrucijada de escoger carrera tenía la natural dubitación entre las Ciencias y las Letras. Pues nunca la tuve entre las Armas y las Letras.

Así fui a fines de diciembre de 1963 a Bogotá a presentar mis exámenes de ingreso al Externado, no esperaba nada pero la vista de la vieja casa de la calle 23 con 16 en el barrio Santafé -por su ya evidente deterioro social los chistosos lo llamaban “putumayo” a este barrio de lindas casitas al estilo inglés y construidas en ladrillo rojo (brick) aunque allí vivía el gran poeta León de Greiff y el culto escritor y melómano Manuel Drezner, vecino de éste-. Me pareció excesivamente sencillo el Externado con su media fachada de vidrio cual invernadero inglés de orquídeas del detective y orquidiólogo Nero Wolfe (su autor fue Erle Stanley Gardner) y el resto de la misma de rojo ladrillo que bien pudo ser de Ráquira, pueblo de olleros, de forma de panela en sus dos pisos. Nada especial, pues. Una sola puerta de ingreso y de salida, paraíso de admiradores y de envidiosos, y el pavimento asfáltico de la calle sinuoso por lo desgastado que estaba haciendo charquitos con la lluvia en la onda que hacía el macadán. Barrio de clase Media Baja hacia la baja y algo ya visible de descomposición social en el mismo.

¡Eso era todo para ese joven que iba al Externado!

Después oí con reverencia a mis compañeros, más cachacos que yo, expresar su respeto por el Externado, compré mi botón de estudiante y me gustó sobremanera que su lema fuera <<Post tenebras spero lucem>>, que ya yo sabía traducir como <<Después de la oscuridad sigue la luz>>, moto o lema (hoy logotipo) del D. Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Sayavedra, como a mí me gusta romper su doble “a” larga y arábiga.

Allí estaba todavía flotante el aura del recientemente fallecido Rector Don Ricardo Hinestroza Daza, nunca se le llamaba doctor sino Don, último resto y eslabón con los fundadores, los otros don Santiago Pérez y Nicolás Pinzón Wallenstein, (polaco como Clopatofsky?, de la alemana Danzig o Gdansk, acaso?) quienes  quisieron una univer-sidad libre y además liberal para formar gentes dentro de la libertad de pensamiento alejándose de la confe-sionalidad que la hegemonía conservadora que llevó a Núñez al poder en lucha contra los radicales había impuesto. Ellos pues, por un lado, y el general Benjamín Herrera y otros por el Tolima con la creación de la Universidad Libre, la Libre, a secas, eran esos esforzados y antiguos combatientes con las Armas y con las Letras de la libertad republicana en Colombia.

En el entusiasmo entendible recibíamos a los profesores de Primero de Derecho: algunos viejos de cuerpo y de alma, secos búhos de la catedralicia con largos rostros  de castellanos del Greco, oriundos de la Sabana de Bogotá y de las landas de Boyacá, que con su ternos de paño oscuro y sus relucientes zapatos (en esto eran azorinescos) ni se mosqueaban para pronunciar aquello de <<Accesorium sequitur principale>>

Luego los profesores “Antíocos” (los antioqueños) más desparpajados, vestían con algo de “terrilene”, que estaba de moda y llegaban en su osadía sartorial al gris claro y al “habano” (en “bogoteño” significa parecido “a la color de la piel del camello”) y se atrevían a usar con sus trajes de dos piezas sin el cachaco chaleco un jersey de color claro sobre la camisa casi siempre blanca pues no llegaban ni siquiera al azul celeste de moda hoy en todas las corridas de toros que se ven por la Tele española. Rojo nunca, por aquello de la eritrofobia, odio al color rojo. Usaban en su lenguaje palabras más desenfadadas a nuestros oídos de costeños, y se reían con las carcajadas francas de montañeros de Calarcá, cuna de abogados, o del  Riosucio de Otto Morales Benítez, o eran de “todo el sombrero de Aguadas”, eran lectores voraces y estaban alertas, nunca nada cansados. Algo vital alumbraba allí en esos arrieros codigueros o amantes del código. Les gustaban las Leyes y leían harta poesía y otras vainas, como las novelas de su Vallejo, la poesía de su Barba Jacob y <Aire de tango>, raro era el que no amaba el gotán, como llaman en su arrevecino al Tango, música sacra con libada de aguardientito para ellos. Y alguno echaba un acorde cantadito a lo Agudelo o Cárdenas.

Aquí, Isaza Norris, el teósofo, de alucinados ojos negros de derviche druso-libanés; Duque, el filósofo, calmado siempre pero tenso; Hinestroza, el de <al derecho derecho, jóvenes>, impávido en su excesivamente joven rectorado; Carlos Medellín, con un bigote ancho que no alcanzaba a disimular su excesiva separación entre la base de la nariz y el labio superior, aparentemente apacible secretario y autor y profesor de Romano I.

Acullá, el maestro Darío Echandía, escoltado por Isaza Norris, sólo iba de cuando en cuando, viejo filósofo de <…y el Poder para qué?>, frase que aún lo perseguía implacable en la memoria de los estudiantes. Y la muerte de su hermano Vicente.

Aquí mis compañeros: las bellas santandereanas, a quienes siendo tres siempre juntas llamábamos, claro, las <tres Marías>, con sus peritas de Santander, que regalaban con mano escasa. La cartagüeña de blanca y rósea piel, decidida a ser una gran magistrada; el costeño Abelito de la Ossa, siempre deseoso de mostrarse aún más costeño de lo que realmente era; el fóbico sincelejano, Roberto Namur, contra el uso de la corbata; el cachaco untuoso y falso que siempre quería manipular a los otros, de cuyo nombre no quiero acordarme, inteligente y cínico como Dimitri Karamazov; el alegre y culto sanjacintero, el Profesor Bustillo, poderoso memorioso hasta la muerte, que le sea de pies tardos, siempre lleno de optimismo y clerical a rabiar, aunque inofensivo, porque quiere a todo mundo y sólo quiere que sus amigos lo quieran.

Y allí en la meseta de ese Tropical tinglado estaba uno que se hacía notar por su adustez de rostro de Montgomery Cliff, con quien yo largo aficionado al cine lo asocié morfológicamente apenas lo vi, entrevero de lo cachaco en el vestir y del terrilene de moda en “tierra caliente”, corbatas aseriadas, lento en el hablar, enfático, como desgranando las sílabas. Era el profesor de Preseminario I, materia encaminada a pensar bien, hablar bien y escribir bien. Vivía enfrente del Externado o sea que salía de su casa y cruzando la calle ya estaba en su trabajo. De la sala al aula, esa era su vida a los ojos de los estudiantes. Joven aún con una juventud imprecisable, ya tenía de sí mismo una idea clara de qué era y qué quería ser y los demás estaban de acuerdo en eso de que no suscitaba el ridículo con su rigidez profesoral. Había estudiado Diritto Penale en Roma, de  sólo saber que había traducido el Código de Hammurabi desde el italiano  aprendí a admirarlo al adquirir y leer el libro de las publicaciones del mismo Externado, el mismo que me ha servido para un trabajo sobre los legisladores en la Historia para destacar al amorreo, hoy jordano, Hammurabi. 

….1985, 6 de noviembre. La televisión muestra lenguas de fuego, es el Palacio de Justicia, cara norte de la Plaza de Bolívar entre 7ª y 8ª, sitio allí donde estaba una casa de alto balcón donde Cordovez Moure sitúa la acción de un tegua charlatán que en ejercicio de la libertad de profesión de médico que permitía la legislación radical (¡grave error!) terminó ante  los propios ojos del público que estaba reunido para ver el milagro en la Plaza de Bolívar con la muerte de la paciente.

Se llamaba Alfonso Reyes Echandía…               

Inédita. 07/11/2005

 

 

 
 
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