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A unos graduandosPor ANTONIO MORA VÉLEZ
En el acto de graduación de la
promoción 2007 de Cecar dije estas breves palabras:
“Queridos graduandos y graduandas:
Hace 36 años exactamente estaba yo, igual que ustedes hoy, esperando la
entrega de mi diploma profesional de abogado, ilusionado, como todos los
compañeros de mi generación, en que iríamos no solo a realizarnos
personalmente sino a contribuir a cambiar el país que habíamos heredado
de nuestros mayores y que era, como hoy, un país intolerante, excluyente,
violento e injusto. Debo confesarles ahora con tristeza que fracasamos,
que todos los sueños de nuestras experiencias en la trinchera
estudiantil se vieron destruidos por la realidad que mantuvieron y
profundizaron los egoístas y los intolerantes. Lamentablemente, Colombia
está hoy peor que hace 40 años. Por eso, en este momento tan importante
para ustedes no se me ocurre otra cosa que pedirles que no solo piensen
en su realización personal sino que piensen también en Colombia, en una
patria diferente en la que no haya pobreza, intolerancia, violencia ni
corrupción, para que dentro de 20 o más años no tengan ustedes que
confesar, como lo he hecho yo hoy, que fracasaron”.
Estas palabras, que son tal vez
las más cortas que se hayan pronunciado en una ceremonia de graduación
de casi trescientos estudiantes universitarios, son por desgracia una
síntesis de la historia de este país desde los tiempos de la violencia
liberal-conservadora que dejó, según las estadísticas, más de 300 mil
muertos. Desde entonces la clase dirigente desperdició todas las
oportunidades que tuvo para reorientar el rumbo de Colombia y
transformar nuestra sociedad pero con justicia social y respeto por los
derechos de los demás. Los grandes fracasos históricos del gaitanismo,
“la revolución en marcha” de López Pumarejo, el MRL, el Nuevo
Liberalismo y la Constituyente del 91, y el genocidio de la Unión
Patriótica, contribuyeron a engendrar este país aterradoramente injusto
e intolerante de hoy. De no haber desaparecido, tales procesos y
movimientos con sus postulados y logros hubieran oxigenado la democracia
y humanizado la sociedad colombiana.
De allí la necesidad de que los
jóvenes decidan vencer el intencional olvido mediático, estudiar la
historia para aprender sus enseñanzas y se dispongan a enderezar los
entuertos de nuestra sociedad y a pensar seriamente en la construcción
de otro país más humano, más democrático y mas incluyente que el actual.
Colombia no resiste otros 40 años de guerra, ni más leyes antiobreras,
ni más robos al erario, ni más crímenes políticos y sindicales. Y menos
en las actuales circunstancias del mundo unipolar e imperial de EEUU que
amenaza nuestras riquezas –el petróleo y el agua del Amazonas entre
ellas-- y de una realidad suramericana que va en la dirección de
defenderlas con la unión de sus gobiernos y la integración de sus
economías. Es hora de retomar el rumbo de la independencia frente al
Norte que nos señalara Bolívar y de rescatar la democracia de los
círculos oligárquicos para untarla de pueblo como lo pidieron en sus
momentos de gloria: Jorge Eliécer Gaitàn, Alfonso López Pumarejo y
Alfonso López Michelsen.
Si la juventud de hoy es inferior
al reto de rescatar el país de la iniquidad, dentro de pocos años
estaremos lamentando el exterminio del Polo Democrático, otra
frustración más con el partido liberal y estaremos presenciando el
macabro espectáculo de nuevos jefes paramilitares confesando miles de
asesinatos, como si nada, y recibiendo penas que equivalen, en algunos
casos, a menos de un día de cárcel por cada muerto. Y viendo al pueblo
cada vez más pobre, a la industria vendiendo sus productos en el
exterior, a la tierra concentrada cada vez en menos manos, a los
campesinos cada vez más desplazados, los derechos laborales de los
trabajadores más recortados, al estado cada vez más distante de las
necesidades de la población, a muchos agricultores arruinados por el TLC,
al sector financiero cada vez más rico, a los jóvenes pobres con menos
oportunidades de ingreso a la universidad, a los politiqueros manejando
las divisiones territoriales como fincas de su propiedad y a los
militares y policías peleando con la guerrilla, en el monte y en las
calles, para defender la democracia
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