Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca”

Por JOSÉ LUIS HEREYRA COLLANTE

 

“Ningún hombre es en sí equiparable a una isla; todo hombre es un pedazo de continente, de tierra firme. Si el mar se llevase lejos un terrón, Europa perdería, como si fuera sólo un promontorio y ya no sería Europa entera; es como si tú perdieses la casa solariega de tus amigos o la tuya propia. La muerte de cada hombre me disminuye porque soy parte de la humanidad. Por eso, no quieras saber nunca por quién doblan las campanas: están doblando por ti.” Este poema del siglo XVI, escrito por el poeta metafísico inglés John Donne, atravesó misteriosa y silenciosamente los siglos hasta ser escogido por el inmortal Ernest Hemingway como epígrafe y título de su famosa novela “¿Por quién doblan las campanas?”, terrible acto de contar la cruel historia fraticida de la Guerra Civil Española de 1936 a 1939, donde todavía los ríos de sangre no han secado y preguntan por los ojos secos de los miles de hermanos enfrentados y muertos en esa guerra, insana como todas las guerras. Guerra fratricida, como la que también va perpetuándose por más de medio siglo en nuestra Patria.

El hombre no fue hecho para la desgracia, sino diseñado por el soplo divino, primigenio y eterno, para la felicidad. El que nos empeñemos, a nivel de especie o a título individual, en destruirnos no tiene más respuesta que la enfermedad que por toda la historia humana nos ha aquejado: la soledad de individuos que somos parte de ese continente de carne, sueños y nervios, y la sumatoria de nuestros miedos que sólo sabemos expresar en agresiones, para ahondar más nuestra propia soledad. De allí, que el amor erótico, apenas un paliativo en la búsqueda del amor universal, totalizante e integral con la Divinidad y el Cosmos, se nos torna muchas veces inmanejable y nos lacera, no se sabe si desde bien afuera o desde muy adentro, como cuando Julio Cortázar escribe desgarradamente “Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitás a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo más profundo de la posesión no estás en mí, no te alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa, hay horas en que me atormenta que me ames… me atormenta tu amor que no me sirve de puente porque un puente no se sostiene de un solo lado...”

Es que nosotros sólo demostramos que queremos “un amor pasaporte, amor pasamontañas, amor llave, amor revólver, amor que nos dé los mil ojos de Argos, la ubicuidad, el silencio desde donde la música es posible, la raíz desde donde se podría empezar a tejer una lengua…” Además, reflexiona: “Dadora de infinito, yo no sé tomar, perdoname. Me estás alcanzando una manzana y yo he dejado los dientes en la mesa de luz… y resulta que te quiero. Total parcial: te quiero. Total general: te amo…Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al vesre. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige, como vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto…”

En suma, la historia humana no hace más sino ilustrar el miedo paralizante a la imposibilidad de posesión del ser amado, pero devenido en reafirmación de la poesía dolorosa pero plena de esperanza del amor por fin cumplido algún día. Porque sin amor nada tiene sentido ni valor ninguno, como lo reafirma la Escritura: “Si yo hablase en lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase montes, y no tengo amor, nada soy. Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve. El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece, No hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor. No se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad.
Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará…”

Y la fe que proviene de lo sagrado, que mana como una suave y silenciosa lluvia en nuestra alma, está también reafirmada en nosotros como un ineluctable destino de especie, como un ineludible código genético donde habrá siempre un plácido amanecer después de la desgarrante tormenta y, así, el mismo Cortázar que escribía con el doloroso escepticismo anterior ahora susurra: “Toco tu boca, con un dedo todo el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja. Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos, donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.”

Dedico estas palabras a todos mis compañeros y compañeras del Sena Sucre, con los que día a día formamos, como grano de arena, una esperanza, un sueño de ser mejores como seres humanos y como nación. Y a Gloria María Arsanios, a quien, en nombre de todos, le deseamos un viaje sereno, enriquecedor y feliz, que se extienda hasta la poesía, la miel y las arenas de sus ancestros, parte de su corazón.

 

 

Sincelejo, 15 de septiembre de 2006

 

 

 

VER OTROS ARTICULOS DE JOSE LUIS

 

[Noticias de la cultura] [Café Berlín] [Libros virtuales] [Cronopios] [Audios] [Fotografía] [Deutsch] [Cartas de poetas]