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<<La batalla de Salamina contada en renovado estilo>>
(Realizada el día 29 del mes de Boedromión, ó “mes de las Carreras”, del año 296 de la Primera Olimpiada (29 de septiembre de 480 a.C.) juan dager nieto
De cómo una batalla puede causar admiración Aunque pueda parecer inane, sobre todo por no tener uno el sentido militar de las cosas en manera alguna, en absoluto, constituyen los relatos de batallas, la lectura de libros sobre las acciones bélicas y las biografías de los grandes mílites, que en el mundo han sido, además de sus actuaciones en el teatro o los teatros de la guerra (eufemismo en boga para significar campo de batalla o de confrontación armada en general) situaciones que atraen poderosamente la atención y la imaginación, y mediante ellas la emoción de miles, de millones de personas, que mediante el libro, la prensa escrita o los medios informativos en general o el cine conocen de ellas, y que colocadas en dicho trance no sabrían qué hacer ante lo tremendo de la barbarie de la guerra. Que un militar ame la guerra en sí y odie al propio tiempo sus calamidades es aún comprensible. Cómo lo es también que haya habido aquellos que sólo se sentían bien armando o dirigiendo conflictos. Los amantes de la estrategia como arte de la dominación son de otra categoría. Los que están llenos de odio hacia otras etnias a las cuales quieren borrar de la faz de la Tierra, etc., en fin , creo que una clasificación sobre el tema se quedaría corta. Pero que haya personas de mentalidad civilista que comprendan que la guerra es algo muy complejo para dejársela solo a los militares, como dijo Clausewitz, además de ser esto una paradoja, y de que es admirable que dediquen sus ratos de ocio, o bien todo su tiempo como escritores, a describir, ahondar, analizar e historiar hechos o acciones de guerra, parecería a todas luces extraño. Algunas batallas admirablesQuién no se emociona, por decirlo de esa manera, con la historia del paso de Aníbal, con sus elefantes, por los Alpes, para acabar con el poder romano en la segunda guerra púnica. O por la intensidad del recuento, sea escrito o fílmico, de la batalla de Dunquerque. O la de Marengau, o distrito, (en alemán <gau>) de Maren, en Suiza, que dio origen al famoso <pollo a la Marengo>. Repitiendo los hechos básicos de una anécdota ya empleada repetidamente en acciones parecidas en relación a que el héroe del momento no tenía “nada, nadita qué comer”, como la viejita de las fábula de Pombo y que entonces su recursivo cocinero, que de cualquier cosa preparaba un platillo regio elaboraba uno tan bueno que pasaba a la historia del mundo por ello. O la mítica batalla de Azincourt o la de Rocroi, donde la guardia no se rendiría nunca o la de San Quintín, que hizo que Felipe II construyera el monasterio de El Escorial. ¿Quién no ha soñado con haber podido ver la acción acaecida en las Navas de Tolosa entre islámicos y góticos en España? Y por otra parte se necesita carecer de hipotálamo para dejar de rebullirse en el sillón, cama o hamaca, según sea el caso, al leer en Garcilaso el Inca, la batalla de Jaquijaguana, cerca del Cuzco. O sobre el asedio que puso el general Von Paulus a Stalingrado, que no les impidió a los rusos el estrenar allí, bajo un intenso bombardeo en una sala subterránea la 5ª Sinfonía de Shostakowich, según diapositiva que poseo, en que una anciana rusa aparece bajo la nieve vendiendo los boletos para entrar a la función. ¡Y qué decir de la aparentemente ridícula “Batalla del Camello” que hizo Alí y que le concedió la victoria decisiva para la creación del Islam, como Estado-Universal! ¿Fue el sitio de Cartagena una batalla realmente? En todo caso la guazábara o escaramuza de Alonso de Ojeda al entrar en el territorio de los indios Yurbacos fue más dramática. Hay en la historia muchas, miles de acciones de guerra, enfrentamientos, confrontaciones, asaltos, batallas, campañas militares, guerras de 30 años (tuvo ocasión en ella la batalla de Rocroi), la llamada de los Cien Años (en ella ocurrió la batalla de Azincourt), las conflagraciones generalizadas que se llamaron I y II guerras mundiales. La batalla de Midway, la indecisa de Lepanto, en que participó Cervantes, el Manco de Lepanto, la de Iwo Jima, y tantas y cuantas, que sería cosa imposible el sólo mencionarlas en formato de catálogo, aun cuando fuese posible, de tan abundantes como las ha habido en la historia de la humanidad. Pero particularmente hay una que es, digámoslo así, mi preferida, mi recordada, mi mimada, la que de modo imposible, hubiera querido yo presenciar desde un alto, como lo hizo el rey persa Jerjes, invasor de Grecia, y que desde cuando, sin entenderlo bien entonces del todo por estar apenas en el ejercicio de la Secundaria, la oí mencionar de manera tangencial en el curso de H. Universal por allá en los tiempos lejanos del Bachillerato, y es ella la Batalla de Salamina, (en griego Salamis), en la antigua Grecia. Toda mención que de ella se hace me emociona, sus trucos me maravillan, la astucia empleada de parte y parte me asombra, el coraje en ella desplegado me estimula, el sigilo en ella me seduce, la sensatez de Temístocles me enseña, la <patria antes que todo> de Arístides, llamado el Justo, me conmueve, por deponer ante el inminente y decisivo peligro de la Patria común la enemistad política que tenía con aquel, el cálculo de los oportunistas en ella demostrado me indigna, la voracidad de los que prefieren el oro a la patria me asquea, y la doblez que muestran en el proceso de la contienda los traidores de toda laya, nos repugnan igualmente. Pero no quiero pasar adelante sin decir cómo fueron los antecedentes de dicha batalla, su desarrollo y sus resultados. La Isla de Salamina. En lo accidentado de la costa de Grecia, Salamina es una isla que tiene al oeste enfrente una península larga que lleva el nombre de Cinosura (la “Cola del Perro”, por su forma), y que con otro accidente geográfico, situado enfrente y al lado de ella en la costa continental de Grecia encierra una gran caleta o tal vez una bahía, llamada igualmente de Salamina. Más al norte del país, donde termina la Tesalia hay un estrecho después del cual está la isla de Eubea, que está situada a lo largo del continente en dirección norte-sur desde la Lócrida en Beocia, y la península del Ática, (de manera parecida a aquella en que la isla de Tierrabomba cierra el lado sur-occidental de la bahía de Cartagena de Indias), y que del lado exterior tiene al Mar Egeo. Al noreste de dicha isla de Eubea está localizado el puerto de Artemisio o Artemisión, lugar donde estaba reunida la flota griega. Esta es atacada allí por la armada persa del rey Jerjes y que después de dos combates, señalados en el plano de dicha batalla, que tengo a la vista, por una convención gráfica representada en una estrella mitad blanca y mitad negra, convención que es de obligado uso para señalar que hubo allí una victoria griega, inicialmente, y que después en una segunda batalla dada, días después, se finalizó con otra, esta vez una relativa victoria persa. Conclusión, no fueron estas dos batallas decisivas sino, como se dice, quedaron tablas Griegos y Persas. ¿Quiénes conformaban la armada griega? Heródoto nos lo detalla: Atenas dio 127 naves, tripuladas por atenienses y gentes de la ciudad de Platea; Corinto aportó 40 naves; los de Megara 20; los de Cálcide, otras 20, prestadas por Atenas a éstos; los de la vecina isla de Egina entregaron 18 naves; los de Sicia concurrieron con 12 naves; los lacedemonios o espartanos sólo 10 (su poder era básicamente terrestre); los de Epidauro contribuían con 8 naves; los de Eretria mandaron 7 naves; 2 naves otorgaron los de Stira; los de Ceo dieron 2 naves y 2 penteconteras o naves provistas de cinco hileras de remos; los locros opuncios entregaron 7 penteconteras o galeotas de socorro. En total, pues, los griegos defensores de Grecia (pues otros griegos eran aliados del Persa) eran allí en Artemisión 271, exceptuando las galeotas. El naumarca o almirante de la confederación griega era Euribíades, nombrado por los espartanos, quienes aunque no eran un poder naval dijeron al entrar en la alianza o anfictionía militar que ellos no aceptarían un jefe de la flota ateniense y que si no era un esparciata de entre ellos disolverían la alianza. Por otra parte, los atenienses, que constituían el grueso de la flota en aras de mantener viva la unión resolvieron aceptar. Y lo hicieron porque reflexionaron sobre el hecho de que una desunión doméstica sería peor que una guerra concorde. Por lo menos, hasta cuando se probara que la alianza necesitaba mucho de los atenienses. Los griegos, apostados en Artemisión, vieron que los persas traían muchas naves, llenas de tropas y se llenaron de pavor, y quisieron por ello bajar a tierra e internarse en lo más profundo de Grecia. Los de la isla de Eubea, donde está Artemisión al norte, le rogaron al almirante Euríbiades que esperase hasta poder ellos sacar de la isla a sus familias. El espartano respondió negativamente y los eubeos en segunda instancia hablaron con Temístocles, el naumarca ateniense, y pactaron con él darle 30 talentos de plata (un talento equivalía a 34 kilogramos de plata) si daba la batalla naval enfrente de la isla de Eubea. El astuto Temístocles le dio de ese dinero al espartano 5 talentos, diciéndole que se los daba de suyo, si se quedaba allí. Al jefe corintio Adimanto, que era reacio a permanecer allí le mandó 3 talentos de plata a su nave. Y se guardó el resto para sí mismo. A todos les dijo que su ciudad, Atenas, había remitido esa plata. Por otro lado, los Persas, al ver que las naves griegas en Artemisión eran pocas quisieron tomárselas a todas. Con el propósito de que no dieran el aviso a la otra escuadra griega, si se escapaba alguna después de la batalla, de que ya la flota persa estaba allí. Lo que se armaba era atenazar a los Griegos. Se hallaba en el sitio el buzo Scilias, quien quería pasarse a los griegos, sin poder hallar cómo y aprovechó dicha ocasión. Heródoto nos dice que no entendió cómo se pasó Scilias a los griegos, sus contrarios, y yo confieso que lo entiendo menos. La gente decía de él que siendo el mejor buzo nadó hacia ellos buceando 80 estadios. Pero yo tengo para mí, apoyándome en Heródoto, que lo que hizo Scilias fue tomar un barco para llegar a Artemisión. Llegado que hubo Scilias, contó seguidamente a los griegos (en una tarea de inteligencia a favor de estos sus antiguos enemigos, y que en cierto sentido era una traición al bando escogido inicialmente por él, el de los persas) que estos últimos darían un rodeo a la isla de Eubea para poder atenazarlos. Primera batalla naval de ArtemisiónLos griegos de Artemisión (recordar que es del gato la noche) en la oscuridad levaron anclas para enfrentar a las naves que pretendidamente iban a encerrarlos. Pero al ver que nadie venía contra ellos acometieron a la escuadra persa, en el sitio de Afetas, para demostrarles cómo combatían los griegos en el mar. Los soldados de Jerjes manifestaron: ¡Qué insensatos estos griegos, que nos atacan con tan pocas galeras!, y se aprestaron al combate con sus numerosos barcos, ventajosos también en velocidad. Y los encerraron, despreciándolos. Pero allí saltó la liebre, los jonios (griegos étnicos al servicio mercenario del persa Jerjes) se recordaron de que eran griegos también, y acabaron condoliéndose de sus hermanos de raza. Pero no obstante eso apostaron entre ellos a ver quién abordaba de primero a una de las galeras áticas, esperando ganar así el galardón o premio de parte del rey persa, pues tenían en mucho respeto la fama que como combatientes navales tenían los atenienses. La orden ateniense fue dirigir la proa al enemigo y la de unir las popas de los barcos en círculo, y embestir (recordar que estaban rodeados). Hicieron los atenienses presa de 30 naves persas y capturaron al hermano de uno de los reyes confederados de los persas. Allí ganó la palma del triunfo Licomedes. Cuando vino la noche, se separaron las dos armadas, la de los griegos tornaron al puerto de Artemisión, y por su parte la de los persas se dirigieron a Afetas, muy golpeados. Primer round para Grecia. Era verano, y un temporal lluvioso se desató durante toda esa noche, los Persas pensaban, funestamente, en que habían tenido, en primer momento, un naufragio en Pelio, después la batalla presentada la habían perdido, pues llevaron la peor parte, y ahora, por último, se les venía encima este temporal. Y el pavor sobrecogió sus almas toda la noche. Pero para la flota que circunnavegaba la isla de Eubea las cosas resultaron aún peor, ya que se fue a pique en su totalidad en un punto denominado Cela. Con la llegada del día en Afetas descansaban los Persas del día y de la noche anterior. A los griegos les llegó un refuerzo de 53 galeras más, que la ciudad de Atenas les enviaba. Allí se enteraron del naufragio de la segunda flota persa. Animados por esta buena nueva para ellos, los griegos atacaron a las otras naves persas en Cilicia y averiándolas se devolvieron seguidamente a su puerto de Artemisión. Las TermópilasAl tercer día los Persas atacaron de primeros, avergonzados. Por la parte de tierra se dio la batalla de las Termópilas (“Puertas calientes”, llamadas así por las emanaciones de azufre caliente en las cercanías) en donde el rey espartano Leónidas cerraba el paso con 1400 hoplitas a los Persas, de los cuales 300 eran espartanos. Estos fueron derrotados al ser atacados por la retaguardia, debido a la traición del desertor Efialtes que señaló otro paso oculto a los Persas. Segunda batalla naval en ArtemisiónMientras tanto, el rey persa Jerjes atacó otra vez a la flota griega, que había permanecido en Artemisión. Los Persas estaban en formación de media luna para cerrar a los griegos, quienes les salieron al encuentro para dar una batalla en que quedaron tablas. Los mejores marinos de Jerjes fueron esta vez los egipcios. Del lado griego se lució el hijo de Alcibíades el Ateniense, quien como hacían los ricos, a instancias de la ley, fletó a sus costas una nave con 200 hombres ( en aquella guerra también hubo un <impuesto de guerra>). Por sus pérdidas, los griegos pensaron en huir al interior del país. La espía que tenían los griegos en Polias, con un barco listo para avisar al ejército de tierra que defendía las Termópilas en el supuesto caso de que la Armada griega perdiese alguna batalla naval, tenía una correspondiente cerca del rey Leónidas, para que este avisase a la Armada, a su vez, de alguna eventual derrota en tierra.
Muerte de Leónidas en las TermópilasY llegó la infausta noticia: “El basileus Leónidas y sus hombres han muerto todos, ¡los Persas pasaron el desfiladero! (por otro paso, como hemos dicho, lo obviaron), un coro de llanto, semejante a los compuestos por Esquilo en sus obras, o como aquel fragmento de Sófocles que dice: < Muchas fuerzas poderosas laten...> se elevó en el aire caliginoso proveniente de la gente de la Armada griega, los hombres pensaron inmediatamente en sus madres, en sus mujeres y en sus hijos, en las ovejas que daban la leche, el queso y la lana, y en los amados bosques de olivos, que los proveían de las aceitunas, carne vegetal. La Hélade (el <País del Aceite>) caía en manos del Persa. El gobierno del Demos estaba en peligro. Y comenzó la retirada, los atenienses al último. El naumarca Temístocles, con sus naves más céleres, iba recorriendo los puntos donde se hacía aguada y dejaba escritos mensajes en las piedras que estaban cerca de aquellas, diciendo: <<Jonios, no combatáis contra nosotros, pues somos el mismo pueblo. Si no podéis retiraros del ejército del Persa, por lo menos abandonad el mar y decid a la gente de Caria lo mismo. Vosotros sois nuestros descendientes, pues vuestras ciudades fueron fundadas por nuestros antepasados!. El Persa nos odia porque en el pasado nosotros os defendimos (evidentemente, la Hélade acudió a defender a las ciudades jonias -Turquía actual- para protegerlas del rey Darío, padre de Jerjes, años atrás). En el entretanto un barco llevó la noticia a los Persas de que los griegos se retiraban de Artemisión. Y los Persas entonces acudieron allí, atacando seguidamente todas las aldeas marítimas que encontraron a su paso.
Jerjes desembarca en las Termópilas
El rey Jerjes mandó sepultar los muertos que tuvo su ejército en las Termópilas (Heródoto los calcula en 20.000) en fosas comunes, allí abiertas con ese fin, pero con la oculta intención de que los marineros propios al bajar de las cóncavas naves no pudieran observar la horrible mortandad que los griegos les habían causado. Fue como un circo, un espectáculo- dice Heródoto- toda la marinería de la flota persa bajó al sitio de las Termópilas a contemplar el espectáculo: Jerjes dejó tan sólo 1.000 cadáveres de sus propios soldados, caídos allí y acullá, y en cambio, ordenadamente, como en exhibición, aparecían, para ser mostrados, 4.000 griegos ( este dato se contradice con otro que dice que el rey Leónidas tenía a su cargo en esa acción sólo 1.400 hombres, pero puede referirse -tácitamente- a que se quedaron sólo esos para contener a los Persas durante los diez días siguientes, realmente los contuvieron sólo dos días, mientras el grueso del ejército griego se retiraba. En otro lugar del teatro de las actividades bélicas unos aventureros (río revuelto ganancia de pescadores) de la Arcadia se presentaron al Gran Persa, y le dijeron al ser preguntados por el rey qué cosa hacían en esos momentos los griegos: “Que celebraban los Juegos Olímpicos” -fue la respuesta-. Jerjes preguntó seguidamente qué cuál era el premio a los que ganaban en ellos y oyó como respuesta que una guirnalda de olivo. Y se preguntaban irónicos los cortesanos que estaban al lado del rey, ¿quiénes son estos griegos, que reciben una corona de olivo y no de oro?.Pero Jerjes los miró de mal modo y se contuvieron en la burla. Después del daño inferido en las Termópilas, los Tesalios dijeron a los de Focea: “Ahora nos llegó el tiempo de desquitarnos del daño que nos habéis hecho en el pasado, dadnos por eso en compensación 50 talentos de plata y no os dañaremos a nuestra vez. Pues hay que saber que los Focenses eran los únicos que no ayudaban a los Persas, sólo por no estar del lado de los Tesalios, que sí eran aliados de aquellos, a quienes odiaban. Pero los focenses respondieron que ni un centavo les darían. Y que por otro lado ellos no serían traidores a Grecia. Al llegar el ejército persa, los de Focea se subieron al Monte Parnaso cuya cima era amplia y podía acogerlos. Los persas llegaron entonces a Panope donde el mayor cuerpo de su ejército se dirigió contra Atenas atravesando Beocia (patria de Hesíodo) aliada de Jerjes. Saquearon el templo de Delfos, aún más rico que Jerjes, particularmente porque Creso había entregado grandes riquezas al templo. Pero el oráculo de Delfos había dicho que no tocasen ninguna riqueza, pensaron en enterrarlas para salvarlas los griegos, diciendo que el dios protegería el tesoro. Y los de Delfos se huyeron a buscar refugio todos, menos 60 hombres que se quedaron allí con el pitoniso del oráculo.
Prodigios a favor de los Griegos
Y allí entra a jugar la fantasía: Según Heródoto, al acercarse los Persas se vieron varios prodigios: unas armas sagradas se salieron del templo por sí mismas pues estaba prohibido tocarlas por mortal alguno; una tormenta de rayos cayó sobre los Persas, se desgajaron dos riscos del Monte Parnaso y aplastaron a muchos persas y se levantó una algarabía dentro del Templo. Ante aquello los bárbaros se asustaron y los griegos de Delfos bajaron del Monte Parnaso y practicaron una carnicería entre ellos.
La armada griega se refugia en Salamina desde Artemisión
Entretanto, la armada naval griega que salió de Artemisión a petición de los atenienses vino a refugiarse en Salamina. La idea era estar cerca de Atenas para sacar del Ática a las mujeres e hijos de los atenienses pero también para que los jefes deliberaran qué hacer. Los espartanos que defendían Beocia del persa no lo hicieron como se suponía sino que se atrincheraron en el Istmo de Corinto, puerta de entrada de su tierra y sólo pensaban en sí mismos.
¿Quiénes formaban la flota griega del Peloponeso?
Atenas recibió a sus hombres y se dio la voz: “que cada ciudadano salve como pueda a sus hijos y familia”, fue el pregón del bando dado. Se dirigieron a toda vela a unirse con su otra armada en Salamina. Allí se reunieron todas las armadas griegas. Había ahora allí más naves aún. Y el número mayor era el de las atenienses. Los lacedemonios dieron 16 galeras; los corintios las mismas que en Artemisión; los sicionios 15; los epidaurios 10; los trecenios 5; los herminonenses 3. Todos ellos eran de origen dórico y macedonio menos los dos últimos. Era la flota del Peloponeso. Los atenienses aportaban 180 naves, número superior a todos. Los de Platea se habían retirado para salvar a su gente; los de Megara, dispusieron de tantas naves como en Artemisión. Los ampraciotas dieron 7 naves; los leucadios 3 fue lo que aportaron, estos últimos eran de origen dórico. Los isleños estaban representados así: de la isla de Egina 30 galeras; los de Calcidia eran 20; Eretria aportaba 7; estos eran jonios de origen. Los de Ceo, con el mismo número de Artemisión estuvieron representados; los de Naos dieron 4 naves; los de Stira llevaron el mismo número que en Artemisión; los de Citno 1; otros pueblos ayudaron, a saber: serifios, sifnios, melios, que no le dieron al Persa, en signo de vasallaje, un poco de tierra y agua. En un gran total eran 378 naves.
Deliberación dubitativa griega en Salamina
Reunidos en Salamina los generales griegos confederados deliberaron. Euríbiades, el estratiota espartano, pidió opinión sobre cuál lugar sería, a juicio del generalato, el mejor para dar batalla al Persa. Atenas había caído días antes. La mayoría contestó que en el Peloponeso. Que en Salamina no, en todo caso, porque si eran vencidos quedarían allí sitiados en aquella isla, sin poder recibir socorro, que en cambio, era de la opinión, de que en el Istmo de Corinto o del Peloponeso se haría la batalla con más posibilidades de éxito para los Griegos. Y que en caso de derrota, podían juntarse con su gente.
A propósito del Canal del Istmo de Corinto en 2002
Incidentalmente, Cayo Suetonio Tranquilo nos da en su semblanza sobre Cayo Julio César, contenida en el aparte XLIV de su obra <Los Doce Césares>, la noticia de que el político y general romano tenía en mente el plan de abrir el Istmo de Corinto, este Canal de Corinto sólo fue practicado entre los años 1883 y 1893, (ya a finales del siglo diecinueve de nuestra era), con una longitud de 6.300 metros y 8 metros de profundidad para unir el Mar Adriático y el Mar Jónico con el Mar Egeo).
Jerjes toma la ciudad de Atenas
Mientras, llegó la noticia de que el Persa estaba ya en el Ática y entraba en Atenas destruyéndolo todo. En cuatro meses el Persa logró su objetivo: el tomar a Atenas. Los que no huyeron, pocos, se encerraron en la muralla de madera de Atenas. El oráculo había respondido que se protegieran con una “muralla de madera” pero no entendieron al oráculo sino después de culminada la batalla en victoria cuando se hizo evidente que la “muralla de madera” a que se refería el pitoniso era la flota. Los atenienses resistieron (los Pisistrátidas les pedían que se rindieran con capitulaciones). Hipías, el hijo de Pisístrato, había sido expulsado de Atenas por el cargo de tiranía y después de derrocado, se fue a excitar a la guerra contra los atenienses, sus compatriotas, en la Corte del rey persa Jerjes. Como antes narrabámos en el caso de las Termópilas, también un paso oculto permitió que los Persas entraran en la sitiada Atenas por el lado de una muralla que era muy alta y se suponía inexpugnable y por esa razón fue desprovista de guardia. Al llegar los Persas algunos defensores desesperados se tiraron muralla abajo suicidándose y otros buscaron refugio en lugar sagrado entrando al templo de Minerva, donde fueron degollados todos. ¡Ohimé Athinai! ¡Pobre Atenas! Hubo un gran alboroto al llegar la noticia a los griegos acantonados en Salamina: ¡Atenas ha caído! Algunos tomaron sus naves y se fueron; otros acordaron batallar en el Istmo. Temístocles se opone a la batalla naval en el Istmo de Corinto y propone la isla de Salamina como teatro de la misma. Temístocles preguntó qué se había decidido y oyó como respuesta que en el Istmo corintio se daría la batalla naval. Y un paisano suyo que estaba a su lado le dijo que la Patria acabaría si era así. Cada uno se iría a su ciudad. Y le recomendó entonces Temístocles a su compatriota que fuera al general Euríbiades y le dijera que recapacitara, que no moviera de allí la flota. Sin chistar, Temístocles va acto seguido directo a la nave del almirante Euríbiades y subiendo a bordo le dijo a éste tantas cosas que el Almirante bajó a tierra y llamó a los generales a Consejo. Temístocles les rogó a cada uno en particular que no zarparan de Salamina. Que huir era una cobardía insistió. Que el general tenía en su mano la salud de Grecia, que le oyera, que diera la batalla allí mismo. Y le dijo: “Si la das en el Istmo del Peloponeso o de Corinto, estarás en la mar abierta y con oleaje, y nuestras naves son más pesadas que las del enemigo además de que tenemos menos. Aun si vencemos, perderemos Salamina, Megara y Egina (todas estas ciudades importantes, la segunda en tierra firme y la primera y la tercera islas). Entonces el ejército de tierra persa –continuó Temístocles de manera vehemente- se unirá con su flota. En cambio aquí en Salamina, en primer lugar, como es el paso estrecho, podremos bloquearlo al enemigo fácilmente con muy pocas naves, y además cerrar o enfrentar muchas naves. Lo angosto del Estrecho nos conviene y al enemigo le conviene la anchura del mar abierto. Además, en Salamina tenemos asiladas a nuestras familias. Desde aquí defenderás y cubrirás el istmo del Peloponeso del mismo modo que si dieses la batalla allí pues está cerca y no cometerás el error de guiar a los enemigos al Peloponeso. Si ganamos, como espero, ya victoriosos en el mar, lograremos con esto que los Persas no pasen el Istmo ni vayan más allá del territorio del Ática, sino que los desbandaremos y huirán en desorden y tendremos así la ventaja de que las ciudades de Megara, Egina y Salamina, nos queden además de libres, intactas, en donde el Oráculo nos ha predicho que seremos otra vez superiores en las armas. El buen éxito es fruto de un buen consejo porque “ni Dios hace la prosperidad de aquello que no nace de la prudente deliberación”. El corintio Adamanto, después de lo anterior, agravió a Temístocles diciéndole que él ya no tenía patria (como se recordará Atenas había sido conquistada días antes), pero Temístocles le ripostó que con sus 200 naves Atenas era más ciudad que ninguna otra. E insistió con el almirante: “Euríbiades, atiende bien, si te quedas aquí (en Salamina) serás la salud de Grecia, de otro modo (si sales de aquí al mar abierto) serás la ruina de Grecia. Y echando el resto-como al póker- añadió: “Si no haces la batalla aquí en Salamina los atenienses sacaremos a nuestras familias de aquí y nos iremos a Italia, a Siris, que es nuestra hace ya mucho tiempo. Al irnos con nuestra flota lloráreis al recordar lo que digo”. Porque es de saberse que la flota sin los Atenienses era poca cosa. Euríbiades, impresionado por lo que Temístocles le dijo antes, decidió dar la batalla allí mismo en Salamina y dio la orden en ese sentido. Comenzó a prepararse, pues, la flota para ello. Vino el día (los debates eran nocturnos) y con el sol se sintió un terre-maremoto, y oraron, llamaron a los Eácidas y fueron a la vecina isla de Egina a traerlos juntos con Eaco.
El niño-dios Iaaco anuncia el triunfo a los Griegos
Un refugiado griego, entre los Persas, dijo que a una gran polvareda que se vio siguió un canto religioso, llamado la <Oda Iacco>, (era justamente el día 20 de boedromeón o sea el 20 se septiembre la fecha fija para pasear la estatua del niño-dios Iacchos, hijo de Zeus de los espacios subterráneos y de Perséfone. Uno que allí estaba que no sabía preguntó qué era ese canto y el griego le dijo: “Una maldición caerá sobre el Persa. La ayuda divina vendrá a los griegos y el rey persa estará en peligro si esa ayuda es dirigida al Peloponeso, pero si en cambio el apoyo de los dioses se encamina a Salamina entonces peligrará la flota persa. Lo que has oído es la fiesta ateniense anual dedicada a la Madre y a su Niña (Deméter y Proserpina), en la cual cualquier griego puede ser cofrade o miembro y lo que oyes es lo mismo que con su cantar hacen, la <oda Iacco>”. Y una nube de presagio como la mitología representa en la literatura griega el poder de los dioses se dirigió rauda con el viento a la isla de Salamina a posarse sobre el ejército Griego, por lo que supieron que Jerjes perdería la batalla naval allí.
Los Persas desembarcan y vienen desde las Termópilas a Atenas <cum ferrum et igne>
En el entretanto, los Persas bajaban, innumerables, desde las Termópilas, y después de tomar a Atenas a sangre y fuego habían conseguido llegar al puerto de esta, Falero, y hasta allí llegó el mismo rey Jerjes para hablarle a la marinería y medir sus sentimientos (lo que llaman “tomarle el pulso a la opinión pública”). Sentado en un Monte en lo alto, contemplando el mar, el rey Jerjes escuchó decir en deliberación a la reina Artemisia (única mujer en la confederación persa) que no entrase en batalla, pues los griegos les eran superiores en el mar. ¿Para qué exponerse –decía- a una batalla naval? ¿No eres ya el dueño de Atenas? ¿No fue ese –acaso- el motivo de tu expedición? ¿No sois ya el dueño de toda Grecia? Al no presentarles batalla el ejército griego se dispersará hacia sus respectivas ciudades. Temo que si con tanta precipitación les dais la batalla naval serán deshechas vuestras tropas de mar y el ejército de tierra no sabrá qué hacer. A Jerjes le gustó la opinión de Artemisia ( Heródoto lo muestra al rey Jerjes siempre de manera indecisa o bien confuso, pero es de imaginar que lo que ocurre es que lo que dice un rey no es materia que el enemigo sepa y además dicho Historiador nunca lo vio y menos escuchó directamente a Jerjes). No obstante la orden de ir a Salamina fue dada y los Persas se formaron lentamente para dar la batalla cuando finalizaba ese día. Un tal Sicimno fue en su barco a los persas y les dijo que los atenienses estaban huyendo y añadió que no perdiesen la oportunidad de acabar con ellos. El Persa ordenó invadir la isla Psitalea , a medio camino entre Salamina y el continente. A la media noche ordenó que el ala de la armada persa del oeste se alargara para rodear a la isla de Salamina y que las naves cerca de Ceo y de la península de Cinosura (Cola de Perro) ocuparan el estrecho hasta Muniquia. Querían coger a los griegos como ratones. Querían desquitarse de los daños recibidos en Artemisión. Por otro lado los jefes griegos seguían altercando, pero no sabían que ya los Persas los tenían cercados.
Resulta bueno el truco de Temístocles
En eso estaban cuando llega Arístides el Justo, uno de los diez dirigentes griegos de la guerra y llamó a su adversario político, Temístocles, y le dijo que no era esa hora de enemistades; que los Persas cercaban el lugar y que se lo dijera a los demás griegos. Pero Temístocles le respondió: <Díselo tú que lo has visto. Los Persas hicieron eso porque precisamente yo se los sugerí a través del ayo de mis hijos>, le añadió. <Lo hice para obligar a los griegos a dar la batalla aquí>. Y así, fue Arístides con la noticia a los jefes griegos pero ellos seguían discutiendo al saber la noticia. De Leno llegó una nave confirmando la noticia. Con esta nave los griegos redondearon el número 379, y con otra que llegó de Lemnos tuvieron 380 en total. Al salir la flota griega de la bahía de Salamina los Persas les enfilaron la proa pero los griegos alzaron los remos, o bien remando atrás, huían del abordaje y de popa se acercaban a la playa, en ese momento el capitán ateniense Aminias Paleneo esforzando la remada clavó el espolón de su nave en la panza de una nave persa y allí enseguida los otros griegos arremetieron contra el Persa. El destrozo causado a los Persas fue grande, cada griego se mantenía en su puesto y en su lugar, mientras que los Persas no terminaban aún su formación de combate y allí llegó a ellos el desconcierto. En el capítulo 87 Heródoto confiesa que no está muy bien informado de cuánto se esforzó cada griego y cada persa. Celebró la acción de la reina Artemisia, quien huía, y decidió acosada, hacer una maniobra que consistió en atacar a otra nave persa ( de un su enemigo personal un tal Demasátimo), y los atenienses creyeron o bien que era una nave griega o que Artemisia desertaba del Persa. Y así con esa estratagema la reina pudo huir. El rey persa Jerjes que estaba en el Monte Egaleo mirando el desarrollo de la batalla dijo que la reina Artemisia era muy valiente por haber hundido una nave griega, pero dudoso aún preguntaba sí se trataba realmente de ella y fue respondido por uno que estaba a su lado que sí, que él conocía bien cuál era la insignia de la nave de la reina. Jerjes dijo entonces: “A mí los hombres se me vuelven mujeres, y las mujeres hoy se me hacen hombres”. (<Si non è vero è ben trovato>, N. del A.) Muchos persas y medos murieron, lo mismo que sus aliados. Pocos griegos, en cambio, murieron, pues sabían nadar y alcanzaron la playa de Salamina nadando.
La flota persa es derrotada en Salamina
Si alguna nave se les iba al fondo, los que no habían perecido en la acción se iban nadando a Salamina. Entre los Persas las naves más avanzadas comenzaron a huir y así murieron muchos porque los que estaban en la retaguardia, queriendo que el rey Jerjes, los viera también, -ya hemos dicho que estaba el Rey en lo alto de un monte viendo el encuentro bélico-, maniobraban y chocaban con las que iban adelante. De una flota de 350 barcos los Persas perdieron 200, mientras que los Griegos sufrieron la pérdida de 40 barcos. Los Bárbaros que pudieron escapar huyendo, llegaron al puerto de Falero para ampararse con el ejército de tierra. En esta batalla naval fueron tenidos por los que mejor pelearon de todos los Griegos los eginetas, y después de ellos los atenienses. De los comandantes, los que se llevaron la palma fueron Polícrito, el de Egina, y dos atenienses, Eumeses, el anagirasio, y Aminias el Paleneo, quien perseguía a la nave de Artemisia sin saber que ella iba en esa nave, pues de haberlo sabido a fe que no la dejara sin antes apresarla o ser apresado por ella, porque la orden que se les había dado a los trierarcos o capitanes de galera de Atenas , era que se les prometía un premio de 10.000 dracmas si alguno la cogía viva a la reina , no pudiendo sufrir el orgullo ateniense el que una mujer militara contra Atenas. Pero ella se les escapó con la treta empleada, ya dicha, que igual que otros como ella fueron a refugiarse al puerto de Falero.
Algunos Griegos se burlan de Adimanto, pero Heródoto da las dos versiones de lo sucedido
Una anécdota tragicómica- si no fuese al mismo tiempo más trágica que cómica- inserta en el relato de la Batalla es la referente a un tal Adimanto , de quien dicen los atenienses que al empezar la batalla se llenó de pavor y escapó a todo trapo acompañado de su gente, los de Corinto. Tanto huyó que ya iba –dice Heródoto con cierta sorna mal velada- por el Templo de Minerva la Scirada ( de Scira), donde se les hizo encontradiza una chalupa por una maravillosa providencia, sin dejarse ver quien la guiaba, la cual se fue acercando a los Corintios, que nada sabían de lo que pasaba en la Armada naval griega; de donde dedujeron que el suceso era portentoso o mágico – de lo <real maravilloso> de Carpentier, propio de la literatura de los descubrimientos o de las navegaciones-. Dicen -pues- que llegándose a las naves les habló así:- “Bien haces, Adimanto; tú virando de bordo te apresuras a huir, escapando con tu escuadra y vendiendo a los demás Griegos. Sábete, pues, que ellos están ganando ahora mismo de sus enemigos, los Persas, una completa victoria, tal cual ni siquiera soñaban desear”. Y como Adimanto no les creyese le decían añadiéndole: “Estamos listos a ser tomados como rehenes e incluso morir si no es verdad que los Griegos han vencido en Salamina”. Con esto Adimanto volvió la proa para volver donde estaban los Griegos llegando cuando la acción ya terminaba. Pero los Corintios -y en esto es justo Heródoto dando la otra versión en elemental derecho a la defensa- para responder a semejante irrisión decían que no fue así, que ellos se hallaban entre los primeros en la dicha batalla naval, y a su favor lo atestiguaban así los demás entre los Griegos. En medio de la confusión y el trastorno causado por la derrota de Salamina obró como el mejor entre los Griegos, Arístides el Justo, hijo de Lisímaco, aquel ilustre varón, porque tomando bajo su comando buena parte de la infantería apostada en las costas de la Isla de Salamina y desembarcándola en la cercana isla de Psitalea, pasó a cuchillo a todos los Persas que allí halló”. Desocupados ya los Griegos de la batalla y retirados los destrozos y fragmentos de las naves, al ir a Salamina se preparaban para un segundo combate, convencidos de que el rey utilizaría las naves que le quedaban para entrar nuevamente en batalla. En cuanto a los restos del naufragio el viento Céfiro o del oeste impelió y sacó una gran parte de ellos a la orilla de la Península del Ática llamada Colíada. Y así se cumplió lo dicho por el oráculo de Bacis y de Museo, acerca de esta batalla naval lo mismo que el preferido por Lisístrato, adivino ateniense, en relación a que los fragmentos de las naves irían a tal sitio años después de que lo habían predicho, no habiendo sido entendido por nadie en el momento en que lo dijo el Oráculo: “El remo aturdirá a la hembra Colíada”.
Jerjes piensa en regresarse a Persia
Al observar Jerjes semejante pérdida temió que sus aliados, los Jonios, sugiriesen a los Griegos que pasasen al Helesponto o de que estos últimos lo pensasen por iniciativa propia y le cortasen el puente de barcas que los fenicios le construyeron allí. Y temeroso de perecer cogido así en Europa resolvió huir. Pero ocultando su pensamiento mandó a los fenicios le construyesen hacia Salamina un terraplén y junto a él mandó unir en fila unas urcas fenicias, que le sirvieran de puente y de baluarte como si se dispusiera a continuar la guerra y dar una segunda batalla naval. Viéndoles los otros ocupados en estas obras creían todos que el recursivo Jerjes se preparaba para guerrear muy firmemente. Mardonio –su cuñado y lugarteniente- fue el único que, teniendo muy conocido su modo de pensar, entendió qué era lo que planeaba. Al mismo tiempo que hacía esto el rey Jerjes, envió a los Persas un correo noticiándoles de la derrota sufrida. Heródoto habla entonces del maravilloso sistema de postas de los Persas -recuerda al que Garcilaso de la Vega el Inca describe en su Historia General del Perú y en su obra Comentarios Reales el que usaban los Incas en el Perú con los <chasquis>, corredores de a pie, mientras que el Persa denominaba, según Heródoto, Angareyo, el sistema de postas que ellos practicaban de a caballo. Al enviar Jerjes un correo avisando que había tomado Atenas los Persas llenos de alegría habían adornado sus calles con arrayán y las habían perfumado con aromas, además de que habían celebrado sacrificios y fiestas. Pero con el aviso de la derrota de los Persas en Salamina se perturbaron y rasgaron sus vestiduras, ¿habrán tomado de allí los Hebreos esa costumbre o era práctica general en Oriente?-gritando a grito herido y culpando al general Mardonio, llenos de miedo de perder al rey Jerjes, hasta cuando el Rey, ya en su Palacio en Persépolis, los consoló con su presencia. Se ha considerado que Jerjes es el mismo rey a quien en la Biblia llaman Asuero, en aquel episodio de Ester.
Consejos a Jerjes de parte de su cuñado y segundo, el general Mardonio
Viendo Mardonio que a Jerjes le había dolido mucho la pérdida de la batalla de Salamina, sospechaba que el rey quería huir de Atenas. Y consciente Mardonio de que había sido él quien había proyectado la campaña contra Grecia y que sería castigado por eso, convencido de que debía jugarse el todo por el todo en aquella empresa siguiendo la guerra hasta vencer o si no morir en el empeño llevado de sus altos pensamientos dijo al rey Jerjes: “No déis por perdido todo con esta desgracia, como si fuese una derrota definitiva, que la guerra no depende de la pérdida de 4 maderos sino del valor de los soldados y de los caballos. De todos los que se felicitan de haberte causado un daño mortal ninguno saltando de sus buques se atreverá a haceros frente pues los que ya lo intentaron pagaron caro su temeridad. Vayamos contra el Peloponeso y si deseáis dejarlo es tu decisión; lo importante es no dejar decaer el ánimo pues a los Griegos no les queda escape alguno sino ser tus esclavos pagando así el daño que nos han causado, analízalo y verás que es así: “De los Persas no debéis avergonzarte pues han hecho todo lo debido, han sido los responsables de esto los fenicios, los chipriotas, los cilicios, los que han demostrado ser unos cobardes. Si aceptas esto, vuelve a vuestra casa y corte con el grueso del ejército que yo aquí me quedaré con 300.000 hombres –Heródoto cita la increíble (imposible) cifra de 2.641.610 soldados para el ejército de Jerjes- para someter a toda la Hélade a tu imperio”. Colofón
Como colofón de esta extensa historia diremos finalmente que el rey Jerjes es asesinado al volver a su país en Persépolis, su ciudad capital, por el capitán de la guardia de palacio en 465 a. C. Mardonio, su cuñado y lugarteniente, falleció al año siguiente de la batalla de Salamina en la batalla terrestre de Platea en 479 a. C. Uno de los hechos históricos más claros en la globalización de las culturas en épocas pasadas fueron, sin duda, las contiendas denominadas Guerras Médicas y la posterior revirada de los Helenos sobre Persia con Alejandro III el Magno.
Abril de 2002
La batalla de Cunaxa(3 de septiembre de 401 a. C.)
Antecedentes.- Tras veintisiete años de lucha en la guerra del Peloponeso hubo paz de repente y muchos hombres crecidos en ambiente bélico preferían continuar su vida militar, posiblemente para hacer fortuna. La campaña empezó el día 6 de marzo del 401 antes de Cristo en la ciudad de Sardes en Lidia, en el oeste de la Turquía moderna. En Issos, puerto de mar sirio, cerca de Chipre, se le suma la flota espartana a Ciro el Joven; este muere el día 3 de septiembre de ese mismo año de 401 en Cunaxa, donde salió vencedor pero en un triunfo inútil pues al morir sus gentes se volvieron hacia su hermano el rey Artajerjes, y por otra parte los griegos mercenarios no tenían ya quien les pagara o reconociera sus esfuerzos en la guerra. La <Retirada> realmente comienza después de la batalla hasta llegar, tras innumerables peripecias a Trebizonda, en las costas del Ponto Euxino (Mar Negro), en el sur de Rusia actual. Después de costear entre Trebizonda, lugar en que llegaron al mar, y otras ciudades llegaron a Abidos, en el lado turco del paso llamado hoy día de los Dardanelos, y de allí a la ciudad de Pérgamo, donde en -399 Jenofonte entrega los mercenarios griegos a Tibrón. Ciro reclutó a un grupo de mercenarios griegos para que completaran su tropa preparada para combatir y derrocar a su hermano el rey persa Artajerjes II.
Artajerjes hereda el trono de su padre Darío II
Este heredó el trono de su padre el rey persa Darío II, lo que suscitó que su hermano Ciro se pronunciara contra él, alentado por su madre Parisátide. Plutarco dice que Ciro era ambicioso, cruel y déspota, lo que contrasta con la imagen que nos da de él, en la Anábasis, Jenofonte. Esparta, que había sido enemiga de Persia en las guerras médicas, participó en la expedición de Ciro, pues aunque este era un príncipe persa estaba muy helenizado, y era además la vanguardia de un peligro grande para los griegos, representado como tal por el Imperio persa de los antepasados de Ciro, los reyes Jerjes y Darío I. Esparta nunca pensó que la expedición terminara en un fracaso como lo fue, pues aunque Ciro ganó la batalla de Cunaxa, que aquí precisamente referimos, murió en ella, con lo que este triunfo se convirtió en un triunfo inútil. Jenofonte, que era ateniense pero espartófilo, era uno de los mercenarios que por llamado de Próxeno entró al ejército persa de Ciro, llamado el Joven. Hemos relatado los hechos solo hasta incluir los resultados de la batalla de Cunaxa, como se denomina este capítulo, que va hasta el fin del libro primero de la obra, pues el segundo libro contiene la narración de la <<Retirada>> (eso significa, <anábasis>) de los mercenarios griegos dirigidos por Clearco. El ensayista Alfonso Reyes, de México, en las notas a su traducción de la primera parte de la Ilíada, <<Aquiles agraviado>>, señala que en la lengua griega el mar no tenía nombre propio, y que el griego para llamarlo siempre recurría a perífrasis o rodeos. El mar era el <amargo centro>, < la hondura>, <el abismo>, <el puente>, la palabra thalassa –dice Reyes- el inolvidable grito de los mercenarios de Jenofonte es palabra prehelénica. Thalassa, para mar en general; Pontos, para un mar determinado. Según Pedro Gómez Valderrama no hay palabra más sonora que Thalassa, acaso –dice- porque siempre la hemos oído vinculada al sabor marcial de la derrota (para el autor de estas notas a la alegría de <la salvación> al ver la tropa el piélago), en el pasaje memorable de Jenofonte, contenido en el libro cuarto de su obra la <Anábasis>, donde se lee:
<<Al quinto día llegaron a la cima de la montaña llamada Teques. Cuando los primeros alcanzaron la cumbre y vieron el mar, se produjo un gran vocerío. Al oírlo, Jenofonte y los que con él iban en la retaguardia, creyeron que se habían encontrado con nuevos enemigos, pues les iban siguiendo los habitantes de la comarca que había sido devastada. Los de la retaguardia habían dado muerte a algunos y habían conseguido apresar a otros, vivos, en una emboscada (...) Pero como el vocerío se hacía cada vez mayor y más cercano y los que se aproximaban corrían hasta los voceadores, como el escándalo se hacía más estruendoso a medida que se iba juntando un mayor número, a Jenofonte le pareció que debía tratarse de algo más importante; montó a caballo y se adelantó con Licio y la caballería para ver si ocurría algo grave. De pronto oyó que los soldados gritaban: << ¡el mar, el mar! >>, y que se felicitaban entre ellos.
Ciro llega a la ciudad de Carmanda
Estableceremos en este relato los hechos sólo a partir de la llegada de Ciro a la ciudad de Carmanda, (era esta una ciudad de Siria situada a la orilla derecha del Éufrates), posiblemente es hoy día Kalaat-Ramadi. Esto lo hacemos dejando de lado los capítulos iniciales de la obra base para este tema, <Anábasis> o <La Retirada de los Diez Mil>, escrita por Jenofonte de Atenas. Allí en Carmanda los soldados de Ciro se aprovisionaron y cruzaron el río sobre balsas hechas con pieles y rellenadas con paja. En el avance notaron muchas huellas de caballos y de estiércol de los mismos, calculando aquellas como las pisadas de 2.000 caballos. Allí Orontes, experto persa en la milicia, resolvió traicionar a Ciro, con quien se había reconciliado después de hacerle la guerra. Dijo Orontes a Ciro que le diese 1.000 caballos para hacerles una emboscada a los soldados de su hermano Artajerjes, que iban adelante para evitar que dieran el aviso al rey de que su hermano Ciro venía con un ejército sobre él. Ciro aprobó el plan pero Orontes –que era de doble faz como la hoja del caimito- escribió secretamente una carta al rey Artajerjes diciéndole que iba con la caballería y que dijera a sus tropas que iba como amigo y que le trataran como tal. El mensajero, en vez de llevarla al rey persa Artajerjes, se la dio a Ciro quien supo así de la traición de Orontes, y en juicio marcial le condenó a muerte. Desde allí, Carmanda, avanzó Ciro 12 parasangas (medida de longitud persa de 5.250 metros o sea 5 kilómetros y un cuarto) en 3 etapas, (una etapa es la distancia que recorre un ejército en un día o jornada), a través de Babilonia. En la última etapa, a la medianoche, Ciro, el pretendiente al trono de su hermano Artajerjes, pasó revista en la llanura a sus tropas y a sus auxiliares griegos. El griego Clearco tomó el mando del ala derecha del ejército, el general Menón, el del ala izquierda, ya al amanecer unos tránsfugas del ejército real informaron a Ciro dónde estaba situado el ejército de su hermano, el rey Artajerjes. Ciro se dirige a los Griegos antes de la batalla
Ciro convocó entonces a su Estado Mayor para deliberar cómo se daría la batalla y dijo las siguientes palabras: <<Griegos, no es porque me faltaran bárbaros por lo que os he traído como aliados, sino porque creía que valíais más y erais más fuertes que muchos bárbaros. Así, pues, procurad ser dignos de la libertad que tenéis y por la cual os envidio. Tened la seguridad de que yo cambiaría la libertad por todos cuantos bienes poseo y por otros muchos más>>. Y continuó diciéndoles: “Y para que conozcáis cual es la lucha que os espera, os lo voy a explicar, pues la conozco perfectamente. Nuestros enemigos vendrán en crecido número y dando gritos, pero si no os dejáis intimidar os daréis cuenta de la clase de hombres que da este país; por ello tengo vergüenza de mí mismo. Pero si vosotros os conducís como hombres y la suerte me favorece, yo licenciaré al que lo desee, de tal forma que sea envidiado por sus compatriotas al regresar a su casa; aunque espero que muchos preferirán lo que les daré si siguen a mi lado, a lo que puedan poseer en su patria>>. Cuando Gaulites, un exiliado samio, que se hallaba presente y era fiel a Ciro dijo a este que se decía que ahora prometía mucho porque estaba en peligro inminente pero que si las cosas le iban bien en el futuro ni siquiera se acordaría de cumplir todo cuanto había prometido. A lo que Ciro repuso con estas palabras: <Pero, amigos míos, el Imperio de mis padres se extiende por el sur hasta países en los que los hombres no pueden vivir debido al calor, y por el norte hasta donde no se resiste el frío y todo lo que se encuentra entre estos dos extremos lo gobiernan como sátrapas los amigos de mi hermano. Si obtengo la victoria haré a mis amigos los dueños de todo. Temo que lo que ocurra no es que falte para dar sino manos a las que dar. A cada griego daré una corona de oro>, (cf. el aparte en <La batalla de Salamina> donde la burla de los persas se nota al saber que los ganadores en los Juegos Olímpicos sólo recibían una guirnalda de laurel). Al escuchar lo anterior los griegos se sintieron enardecidos diciendo a los demás las palabras de Ciro. Algunos de los griegos fueron a Ciro a preguntarle qué les daría si salían victoriosos. Ciro los despidió colmando los deseos de todos. Y al decirle algunos que no batallara en persona sino que se colocara detrás de ellos respondió que su hermano Artajerjes, si era hijo de su padre y madre y hermano suyo también pelearía, y que él por su parte no tomaría el Imperio sin entrar igualmente en la lucha. Poderío del ejército de Ciro y del de Artajerjes
El ejército de infantería pesada (hoplitas) griego tenía 10.300 hombres, el de peltastas o de infantería ligera 2.500, sumado al de los persas partidarios de Ciro que eran en total 10.000, además de los carros de combate falcados (provistos de hoces filosas en los cubos de las ruedas) eran 20. Por otra parte nos dice Jenofonte que el ejército de Artajerjes tenía 1.200.000 y 200 carros falcados. (De igual manera que Heródoto da a Jerjes en la segunda Guerra Médica un impresionante ejército, el autor a quien seguimos en este caso, Jenofonte, da a los Persas de Artajerjes un ejército enorme, pero al menos es más creíble la cita del número del de Artajerjes, pues está el rey en su propio territorio y no como el de Jerjes, en el caso de Heródoto, que estaba fuera y lejos de su patria. Eso, si nos atenemos a las dificultades logísticas de sostener semejantes ejércitos). Amén de lo anotado Artajerjes disponía de 6.000 caballos comandados personalmente por él mismo y que iban delante de él.
Generales de Artajerjes
Los generales de Artajerjes eran cuatro: Abrócomas, quien llegó 5 días tarde a la batalla, desde Fenicia; Tisafernes; Gobrias, quien sólo es conocido por la mención que de él hace Jenofonte, quien en su libro la <Ciropedia>, sobre la vida y las obras del rey Ciro, menciona a otro Gobrias, partidario de aquel, llamado el Grande. Ciro el Joven, el pretendiente al trono de su hermano, conoce de estos informes, antes del combate, por unos tránsfugas que del ejército de Artajerjes se habían pasado al suyo, dato que fue confirmado por los enemigos que fueron aprisionados después de la batalla. Artajerjes no presenta batalla inmediatamente
Ciro el Joven recorrió 3 parasangas (15.750 metros, casi 16 kilómetros) en una etapa, llevando a su ejército formado en orden de batalla, igual que a su aliado griego, y creyó que la batalla se daría aquel mismo día, ya que hacia la mitad de dicha etapa había un foso hondamente excavado de 5 brazas de ancho y 3 de profundidad. Este foso lo había hecho Artajerjes al enterarse de que su hermano Ciro venía en armas contra él. Ciro y su ejército lo pasaron y quedaron al otro lado de la zanja. El rey no presentó batalla durante el día, las huellas de caballos y hombres mostraban que sus tropas se retiraban. Ciro dio al divino Silano 3.000 daricos (moneda persa de oro) porque le vaticinó que el rey no lucharía en 10 días. Y Ciro le había dicho que si así era el rey no batallaría ya y que si se cumplía el pronóstico le prometía darle 10 talentos (moneda ática que valía 6.000 dracmas). Basado en lo anterior al ver Ciro que el ejército del rey, su hermano Artajerjes, no estorbaba el paso del foso con su propio ejército, aquel había desistido de luchar. Por eso Ciro iba al día siguiente con menos precauciones. Ya al tercer día marchaba sentado en su carro, precedido por muy pocos soldados; la mayoría del ejército iba en desorden y numerosos soldados habían dejado sus armas en los carros y las acémilas. El noble persa, Pategías, a media mañana, entró en la plaza cabalgando a rienda suelta gritando en griego y en persa, que el Rey se aproximaba con un ejército muy numeroso en son de dar batalla.
Artajerjes se decide a atacar
A lo que siguió un gran tumulto, ya que griegos y todos los demás pensaban que caerían sobre ellos antes de formar filas. Ciro saltó del carro, se puso la coraza, montó a caballo y ordenó armarse y ocupar cada cual su puesto. El ejército se organizó velozmente. El general Clearco ocupaba el ala derecha, junto al río Éufrates; a su lado estaba Próxeno, y a continuación los restantes generales. El general Menón, con su cuerpo de ejército, ocupaba el ala izquierda. Los bárbaros se situaron a la derecha, junto a Clearco y a la infantería ligera griega; también unos 1.000 caballos de Paflagonia, y en la izquierda se colocó Arieo, lugarteniente de Ciro, con el resto del ejército persa de Ciro. Este y la caballería que le acompañaba, 600 jinetes más o menos, estaban armados con corazas, quijotes (pieza de la armadura para el muslo) y yelmos; Ciro no quiso ponerse el casco. Los caballos también estaban protegidos con armaduras en cabeza y pecho y los jinetes llevaban espadas griegas. Estaba mediando el día y los enemigos aún no habían comparecido, pero al empezar la tarde se divisó una polvareda, como una nube blanca, y poco después una mancha negra de gran extensión que cubría la llanura. En la medida en que se aproximaban se hacía más intenso el brillo del bronce de las armas, hasta que con nitidez se vieron las lanzas y las filas de los soldados. A la izquierda de los enemigos venían escuadrones de caballería armados con corazas blancas, de los cuales se decía que su jefe era Tisafernes; junto a ellos se acercaban los guerróforos (infantería persa armada de escudos de mimbre), y seguidamente la infantería pesada, con escudos de madera que les llegaban hasta los pies; se decían que eran egipcios. A continuación seguían otros cuerpos de caballería y arqueros. Todas estas tropas venían agrupadas por naciones, y cada nación formaba una columna profunda. Delante iban los carros armados de hoces en los cubos de las ruedas, muy separados uno de otro, las hoces estaban sujetas a los ejes oblicuamente, y algunas se hallaban debajo de los asientos dirigidas contra la tierra, de modo que cortaran todo lo que hallasen al paso. El plan era el de dirigir estos carros contra los batallones griegos con objeto de romperlos. Pero contrariamente a la advertencia que Ciro había hecho a los griegos sobre el hecho de que los Persas atacarían con algarabía, estos últimos avanzaron silentes y acompasadamente y tranquilos. En estos momentos, Ciro el Joven, al pasar cerca con el intérprete llamado Pigres y tres o cuatro más, le gritaban a Clearco que guiara sus tropas frente al centro del adversario porque allí se encontraba el Rey: <<Y si vencemos allí-decía-todo lo habremos ganado>>. Clearco vio el cuerpo situado en el centro y oyó a Ciro decir que el rey se hallaba fuera de la izquierda de los griegos (el ejército del rey era tan superior en número que su centro rebasaba la izquierda de Ciro); al observar esto, Clearco no quería alejarse del río, temiendo que le envolvieran por ambos lados; por ello, contestó a Ciro que ya vería lo que más conviniera. Mientras tanto, el ejército enemigo iba avanzando, y el de los griegos, quieto en el mismo lugar, acababa de formarse a medida que se presentaban los soldados. Ciro, al pasar por delante y a escasa distancia de los tropas, miraba a uno y otro lado contemplando ora a los enemigos, ora a los suyos. Jenofonte de Atenas-autor de la Anábasis- al ver a Ciro picó espuelas y le salió al encuentro preguntándole si tenía alguna orden que dar. Ciro le respondió que corriera la voz de que los sacrificios se mostraban favorables. Al decir esto oyó un rumor y preguntó qué pasaba. Le dijeron que era el < santo y seña> que corría por segunda vez. Se sorprendió de quien lo había dado, y preguntó cuál era el santo y seña. Jenofonte le contestó: <Zeus, salvador y victoria>. Ciro, oyendo esto, dijo :< Pues bien, lo acepto y así sea>. Después de decirlo se dirigió a caballo a su puesto.
Los Griegos atacan a Artajerjes
Y apenas los frentes de los dos ejércitos se hallaban a una distancia de tres o cuatros estadios, cuando los griegos comenzaron a cantar el pean y a ponerse en movimiento para acudir al encuentro del enemigo. A medida que avanzaban, una parte de la falange se adelantó algo en un movimiento impetuoso, y el resto tuvo que seguirla corriendo para alcanzarla y a la vez que corrían todos daban gritos a la manera como se festeja a Envalio. También cuentan algunos que con las lanzas golpeaban los escudos para que los caballos sintieran miedo. Pero, antes de llegar a tiro de arco, los enemigos dieron media vuelta y huyeron Entre los griegos les persiguieron con todas sus fuerzas, gritándose los unos a los otros que no corrieran atropelladamente, sino que los persiguieran bien formados. Entretanto, los carros eran arrastrados, unos a través de los mismos enemigos y otros a través de los griegos; marchaban sin conductores. Y los griegos, cuando los veían venir, se separaban, aunque también hubo alguno que, desconcertado como si se hallaran en un hipódromo, se dejó coger. Sin embargo, según manifestaron, ni siquiera este sufrió daño alguno, como tampoco ningún otro griego en este combate; únicamente se dijo que en el ala izquierda uno había sido alcanzado por un dardo.
Ciro sabe que el rey Artajerjes va en el centro y lo ataca
Ciro, viendo a los griegos victoriosos por su lado y acosando al adversario, lleno de satisfacción y saludando como rey a cuantos se encontraban a su alrededor, no por ello se dejó arrastrar a la persecución, sino que teniendo recogida la fuerza de seiscientos caballos que le acompañaban, se mantuvo en observación de lo que haría el rey. Sabía que este se encontraba en el centro del ejército persa. Todos los jefes bárbaros se sitúan en el centro de los ejércitos que mandan, ya que creen que de este modo, se hallan más seguros, teniendo fuerzas a ambos lados y que si tienen que ordenar algo el ejército tardará en saberlo la mitad del tiempo. De acuerdo con esta costumbre, el rey permanecía en el centro del ejército, pero incluso así quedaba por fuera del ala izquierda de Ciro. Y al ver que nadie le presentaba combate, ni siquiera a las tropas formadas delante de él, les ordenó dar la vuelta con el propósito de envolver al enemigo. Entonces Ciro, temiendo que, al atacar por detrás, desbaratara al ejército griego, se dirigió a su encuentro y, cargando con los seiscientos de guardia, derrotó a las fuerzas colocadas delante del rey, puso en fuga a los seis mil, y aún se dice que mató con su propia mano al jefe Artajerjes que los mandaba. Viendo que los adversarios huían, los seiscientos de Ciro también se dispersaron, lanzándose en su persecución, salvo algunos que se quedaron junto a su jefe, casi todos de los llamados <compañeros de mesa>. Con estos descubrió al rey con el escuadrón que le rodeaba, e incapaz de contenerse exclamó: < Veo al hombre>, y se precipitó contra él y le dio en el pecho, hiriéndole a través de la coraza, según se supo después por Ctesias, el médico que afirmó haber curado la herida. Mientras atacaba al rey , uno le lanzó con gran ímpetu una flecha que le penetró por debajo del ojo. Puede verse por Ctesias, que estaba entonces en el servicio de Artajerjes, los que cayeron por el lado del rey en la batalla entre el rey y Ciro y entre los soldados de ambos a favor de cada uno. Muere Ciro
En el lado contrario murió el mismo Ciro, y los ocho más distinguidos de su guardia cayeron sobre su cadáver. Se cuenta que Arpates, servidor en quien tenía depositada la mayor confianza entre los portacetros, al ver a Ciro caído saltó del caballo y se precipitó sobre su amo. Según algunos, el rey ordenó que alguien le degollara sobre el cuerpo de Ciro; y según otros, él mismo se mató desenvainando la espada; tenía una de oro y llevaba collar, brazaletes y las demás cosas que suelen llevar los nobles persas, ya que Ciro le distinguía mucho por su amor y la fidelidad que le demostraba. De esta forma murió Ciro, varón que entre los persas, después de Ciro el Viejo, fue el que tuvo más condiciones de soberano y el más digno de gobernar, según coinciden en afirmar todos cuantos parece que le han conocido de cerca. Y de niño, cuando se educaba con su hermano y con los demás niños, se le consideraba como el más aventajado. Pues todos los hijos de los nobles persas se educan en las puertas del palacio real, donde puede aprenderse mucha cordura y no existe el peligro de que se oiga o vea nada feo. Allí conocen, en unas ocasiones viéndolos y en otras de oídas, a los que son honrados por el rey y a los que caen en desgracia, de modo que desde niños aprenden a mandar y a obedecer. Educado de esta forma, Ciro se mostró como el más sensato de los de su edad e incluso más dispuesto a obedecer a los ancianos que sus compañeros de inferior condición. Era asimismo muy aficionado a montar a caballo, y llegó a ser un consumado jinete; en todos los ejercicios militares, en manejar el arco y lanzar la flecha, sobresalía por su infatigable ardor. En cuanto alcanzó la edad conveniente, se aficionó enormemente a la caza y gustaba de correr en ella toda clase de riesgos, hasta el punto de que, en cierta ocasión, atacado por una osa y sin lograr herirla, fue embestido por la fiera y derribado del caballo, sufriendo diversas heridas hasta que pudo matarla y cuyas cicatrices aún tenía. Al primero que acudió a socorrerle le colmó de presentes. Cuando su padre le mandó como sátrapa de Lidia, Gran Frigia y Capadocia, nombrándole general de todas las fuerzas que habían de reunirse en la llanura de Castolo, Ciro, mostró, ante todo, que a lo daba mayor importancia era el cumplir con el mayor escrúpulo la palabra dada, ya fuera un tratado, ya un acuerdo, ya una simple promesa. De modo que confiaban en él tanto las ciudades que se le habían entregado como los particulares. E incluso, si existía algún enemigo, tan pronto hacía las paces con Ciro, podía estar seguro de no sufrir nada en contra de lo pactado. Ello explica que, al entrar en guerra con Tisafernes, todas las ciudades se inclinaran a su favor, excepto los milesios, que le temían porque él se negaba a abandonar a los desterrados. Efectivamente, había dicho, y los hechos corroboraron sus palabras, que no los abandonaría aunque fueran menos en número y sus cosas marcharan peor. Si alguno se comportaba bien o mal con él, se le podía ver afanoso por sobrepujarle, y, según algunos contaban, a veces manifestaba el deseo de vivir lo suficiente para vencer en los beneficios a los que le habían favorecido, y en la venganza a quienes le habían agraviado. De ahí que entre los hombres de nuestro tiempo nadie haya tenido mayor número de hombres dispuestos a sacrificarle gustosamente dinero, ciudades y hasta la vida. Y no podría decirse que se dejara burlar por los malvados y criminales, puesto que los castigaba sin ninguna clase de contemplación. A menudo podían verse por los caminos reales hombres privados de pies, de manos y de ojos; de tal manera que, bajo el gobierno de Ciro, a cualquier hombre pacífico, tanto griego como bárbaro, le fue posible viajar adonde quisiera, llevando consigo lo que le resultara más conveniente. Era un hecho reconocido que honraba de un modo especial a cuantos se distinguían en la guerra. Y en la primera que sostuvo, que fue contra los písidas y los misos, dirigiendo él personalmente la campaña en estas comarcas, a los que veía que afrontaban de manera espontánea los peligros les nombró gobernadores de las tierras conquistadas y les obsequió además con otros presentes. Así pues, parecía que su propósito era que los valientes fueran los que disfrutasen de mejor fortuna, y que los cobardes fuesen sus esclavos. De esta forma resultaba que siempre eran muchos los dispuestos a correr un peligro donde se creía que Ciro podía saberlo. Respecto a la justicia, si veía a alguno que intentaba destacarse en este sentido, procuraba por todos los medios hacerle más rico que a los que empleaban la injusticia para su propio provecho. Por esta razón, además de que la justicia reinaba para todos sus asuntos, su milicia era un auténtico ejército. En efecto, los generales y capitanes, que habían cruzado el mar en busca de ganancias, se convencieron de que les era más lucrativo obedecer a Ciro que cobrar la soldada mensual. Si alguno servía honradamente lo que le mandaba nunca se quedaba sin premio su buena disposición. Por eso, según se afirmaba, Ciro disponía de los mejores servidores en todos los puestos. Si admitía que alguien era un administrador hábil y justo y que mejoraba la provincia bajo su mandato, al aumentar su tributación, lejos de quitarle nada, aun le daba más. De forma que trabajaban con agrado, acrecentaban sus bienes con seguridad y no ocultaban a Ciro lo que habían adquirido. Nadie pudo descubrir en él envidia a los que gozaban públicamente de sus riquezas; por el contrario, trataba de despojar a aquellos que las escondían. Sabía que todos los amigos que tenía eran benévolos y pensaba que eran eficaces cooperadores para llevar a cabo lo que les encargara; también sabía cultivarlos como ninguno, según confesaban todos. Y, por la misma razón, que él pensaba necesitar de amigos para tener quien le ayudara, a su vez intentaba ayudar por todos los medios a sus amigos, según las necesidades de cada uno. Ningún hombre, según pienso, ha recibido tantos presentes y por tan numerosos motivos, así como nadie tampoco ha sabido repartirlos mejor entre sus amigos, siempre teniendo en cuenta las inclinaciones y necesidades de cada uno. Si alguien le mandaba galas, ya para la guerra, ya para el boato, exclamaba, según aseguraban, que su persona no podría adornarse con todo; y que el mejor adorno en un hombre, según su opinión era el tener amigos bien engalanados. Nada tiene de particular que venciera a sus amigos en magnificencia: su poder era mucho mayor; pero lo que considero mucho más digno de estimación es que los sobrepujara en obsequios y en intención de agradar. Con frecuencia les mandaba Ciro jarros medio llenos de vino, cuando lo recibía bueno, afirmando que no había hallado otro tan agradable desde hacía mucho tiempo. <Te lo envío, pues, y te ruego que lo saborees hoy con los seres más queridos>. A menudo les enviaba ánades a medio comer o la mitad de un pan y otro regalos y ordenaba al portador que dijera: <Con esto Ciro se regaló y quiere que tú también lo pruebes>. Cuando el forraje era escaso, Ciro, que podía conseguirlo por el número y el celo de sus servidores, enviaba a decir a sus amigos que tomaran de este forraje para sus caballos con objeto de que no padecieran hambre y pudieran cabalgar bien. Si pasaba por algún lugar donde había de mirarle mucha gente, reclamaba a su lado a sus amigos y charlaba con ellos gravemente como demostración a quienes apreciaba. Por esto, de cuantos han llegado a mis oídos, creo que nadie ha sido objeto de semejante pasión ni entre los griegos ni entre los extranjeros. Y lo demuestra esto: aunque Ciro no era más que un súbdito, ninguno se le marchó al bando del rey. Únicamente Orontes lo intentó, y este mismo encontró que aquel en cuya lealtad confiaba era más adicto a Ciro que a él mismo. Por el contrario, muchos pasaron del lado del rey al de Ciro, después que se declararon enemigos; y precisamente fueron los que más honraban al rey, pues pensaban que alcanzarían mayor honra mostrándose valerosos con Ciro que con el rey. Por otra parte, todo lo ocurrido tras su muerte prueba, también, el valor de Ciro y su acierto en escoger a los que le serían fieles, leales y dignos de confianza. Cuando Ciro murió todos los amigos y compañeros de mesa que se encontraban a su lado perecieron por defender su cadáver, a excepción de Arieo, que se hallaba en el flanco izquierdo, al frente de la caballería. Este, después que se enteró de la muerte de Ciro, se fugó con todo el cuerpo que tenía a sus órdenes. Allí mismo cortaron la cabeza y la mano derecha de Ciro. El rey, y los que estaban con él, al perseguir a los fugitivos, cayeron sobre el campamento de Ciro por una parte, y por otra Arieo y sus tropas, sin resistir más, huyeron a través de su propio campamento hacia el sitio de donde habían partido, según se decía, a más de cuatro parasangas de camino. El Gran Rey y los suyos lo saquearon todo y cogieron a la Focense, una manceba de Ciro, a quien llamaban la Sabia y la Bella. Pero la muchacha milesia, más joven que la otra, cogida por los del rey, logró escapar desnuda a donde estaban unos griegos que guardaban bajo armas los bagajes. Estos salieron en su ayuda, con lo que perdieron también a algunos de los suyos; pero no huyeron y así salvaron valerosamente a la muchacha y a todas las personas y cosas que les fueron puestas bajo su defensa. Entonces entre el gran rey y los griegos mediaba una distancia de casi treinta estadios. Los unos persiguieron a todos cuantos se les ponían por delante, como si les hubieran vencido a todos, y los otros pillando como si ellos fueran los vencedores. Pero cuando los griegos advirtieron que el rey con todo su ejército se había apoderado de los bagajes y cuando el rey se enteró por boca de Tisafernes de que los griegos habían vencido por su lado y que avanzaban persiguiendo a los fugitivos, entonces el rey decidió recoger sus tropas y las colocó en orden. Clearco, llamando a Próxeno, que era quien se encontraba más cerca, se puso a deliberar si enviarían un destacamento o acudirían a defender a los realistas. En esto era evidente que el rey, según parecía, se acercaría por detrás; los griegos dieron media vuelta y se prepararon, pensando que llegarían por allí y así podrían resistirles; pero el rey no guió sus tropas hacia allí, sino que regresaba por donde había avanzado primeramente, fuera del ala izquierda, recogiendo a los que habían pasado a los griegos durante la lucha y a Tisafernes con su tropa. Porque Tisafernes no huyó al primer encuentro sino que, siguiendo la orilla del río, atravesó con su caballería por entre los peltastas griegos, aunque no diese muerte a ninguno de ellos, porque los griegos, abriendo sus filas, herían con espadas y dardos a los jinetes enemigos. El jefe de los peltastas era Epístenes de Anfípolis y, según se comentaba, se había comportado con notable sagacidad. Tisafernes, al ver que llevaba la peor parte, se alejó de los peltastas y, renunciando a otro ataque, llegó hasta los reales y se encontró con el rey. Allí reunieron ambos todas sus tropas y regresaron juntos. Cuando ya se hallaba a la altura del flanco izquierdo de los griegos, estos temieron que les atacaran de lado y, envolviéndoles por uno y otro flanco, les despedazasen; por ello, les pareció que lo mejor sería replegar el ala y dejar el río a su espalda. Mientras decidían esto, el rey, cambiando en este mismo sentido la formación de sus tropas, puso enfrente la falange, como cuando se adelantó por vez primera en forma de combate. Los griegos, al ver que sus enemigos estaban ya cerca y formados, entonaron de nuevo el peán y se lanzaron al ataque con mucho más brío que la vez anterior. Sin embargo, los persas no esperaron su acometida, sino que, desde una distancia mayor que la primera vez, se dieron a la fuga; los griegos les persiguieron hasta una aldea. Entonces los griegos se quedaron allí; había una colina sobre la aldea, donde el séquito del rey había dado la media vuelta; ya no estaba allí la infantería, la colina estaba llena de jinetes de modo que no podían darse cuenta de lo que ocurría. Intentaron ver la enseña real: un águila de oro con las alas desplegadas en la parte superior de un palo. Cuando los griegos se retiraron, los jinetes abandonaron la colina, pero no en masa, sino en pelotones. La colina se despojó de la caballería y, finalmente, marcharon todos. Entonces Clearco no mandó que las tropas subieran a la colina; las mantuvo en su pie y envió a Licio de Siracusa, junto con otro, para que subieran y, una vez allí, reconociesen la colina y volviesen a comunicarle el resultado de su inspección.
El ejército de Artajerjes se retira después de saquear el campamento de Ciro
Licio picó espuelas a su caballo y, tras examinar el terreno manifestó que el enemigo huía con todas sus fuerzas; y con esto ya declinaba el sol. Entonces los griegos hicieron un alto en el camino y descansaron. Se asombraban de que, hasta entonces, no se hubiera presentado Ciro ni nadie de su parte; desconocían la noticia de su muerte y pensaban que todavía andaba persiguiendo al enemigo o que se había adelantado para tomar alguna posición. Mientras tanto deliberaron sobre si permanecerían en aquel sitio trasladando allí los bagajes o si volverían al campamento. Decidieron no regresar y llegaron a las tiendas a la hora de cenar. Este fue el fin de la jornada. Los griegos hallaron la mayor parte de sus cosas hurtadas, igual que las provisiones de comida y bebida. Los carros llenos de harina y vino que Ciro tenía preparados para repartirlos entre los griegos, en caso de que una extrema necesidad sorprendiera al ejército, también habían sido saqueados. Así que la mayor parte de los griegos se quedaron sin cenar y tampoco habían podido desayunar por la mañana, puesto que el rey se presentó antes de romper filas para el desayuno. De esta forma pasaron esta noche.
6 de junio de 2002.
Los últimos días del Bismarck(Noche del 22 de mayo de 1941)
El hundimiento del Bismarck, orgullo de la escuadra alemana, ha sido caso digno de estudio para los marinos de guerra del mundo entero. Al cabo de veinte años de construir barcos y de adiestrar las dotaciones destinadas a combatir en ellos, presentábase por fin la ocasión de comprobar, real y efectivamente, lo que ocurre cuando un acorazado moderno tiene que habérselas con aviones y con barcos de combate de todo tipo. El caso envolvía, por añadidura, una cuestión de moral militar: en el momento de la prueba suprema: ¿ qué es lo que mantiene a la gente firme y animosa?, ¿ qué lo que la acobarda? Todas las marinas de guerra han hecho cuanto ha estado a su alcance por allegar datos relativos a la pérdida del Bismarck. En el relato que aparece a continuación, hemos logrado reconstruir el drama de la agonía y muerte del acorazado. No hay un solo hecho, un solo incidente siquiera, que no sea rigurosamente verídico. El Bismarck navega entre Islandia y Groenlandia
En la noche del 22 de mayo de 1941, alejábase el Bismarck de la costa de Noruega y ponía rumbo al ancho canal que separa Islandia de Groenlandia. Acompañábalo el crucero Prinz Eugen. Al amanecer del 24 avistó al enemigo: el famoso y veterano crucero acorazado Hood, la mayor unidad de la escuadra británica. A poco apareció otro barco: el Prince of Wales. El Hood rompió el fuego. Contestó el Bismarck con los cañones de todas sus torres. Dirigió después la puntería al Prince de Wales. Tan maltrecho quedó este, que no pudo mantener el andar suficiente para seguir combatiendo. La acción se redujo entonces a un duelo entre el Bismarck y el Hood. El Bismarck hunde al buque británico Hood
A la tercera andanada de aquel, levántose de la cubierta de proa del crucero inglés una espesa y negra columna de humo. Viósele luego escorar a babor, arquearse y partirse en dos. La mitad de proa, desapareció en el acto. La de popa, flotó aun por unos minutos antes de empezar a hundirse lentamente. La noticia corrió por el Bismarck como un reguero de pólvora. Hubo explosiones de frenética alegría. La cubierta superior, desierta durante el combate, llenóse de oficiales y marineros que cantaban y se abrazaban. Poco le había costado al Bismarck la hazaña que privaba a Inglaterra de la mayor unidad de su escuadra. Ciertamente, lo habían alcanzado los proyectiles enemigos; pero los daños que le ocasionaron fueron insignificantes, y los heridos no pasaron de un puñado.
El vicealmirante Luetjens celebra la victoria
Tanto ese día como el siguiente reinó el júbilo a bordo. El vicealmirante Luetjens reunió a la gente en cubierta para inflamarla con un de sus fogosas y exaltadas arengas. El estruendo de los aplausos y los resonantes ¡Sieg Heil! de sus oyentes retumbaban de ola en ola en el silencio profundo del mar. La circunstancia de que el vicealmirante cumpliese cincuenta y dos años en esa fecha, era un motivo más de ese regocijo. Recibióse un alborozador radiograma de Hitler. El Führer condecoraba con la Cruz de Hierro al teniente de navío de Schneider, comandante de la artillería del Bismarck. El inalámbrico fue dando luego noticia de otras recompensas con que el jefe del Tercer Reich premiaba a los que se habían distinguido más en el combate.
Goebbels ordena filmar todo
Difícil hubiera sido hallar a bordo gente más atareada que los cinematografistas del doctor Goebbels. Tras de haber filmado la acción que terminó con el hundimiento del Hood, les tocaba ahora tomar una película de los festejos y ceremonias que siguieron. ¡Pronto vería Berlín en las pantallas de sus teatros el combate en que perdió Inglaterra el señorío de los mares! La tripulación del Bismarck
La mayoría de la dotación del Bismarck estaba compuesta de muchachos de poco más de veinte años. Iban también a bordo quinientos cadetes que no llegaban siquiera a su esa edad. En la gloriosa victoria alcanzada veían todos ellos la confirmación de lo que tan confianzudamente habían esperado. Para jóvenes así, el mundo anterior a la época de Hitler era apenas un recuerdo. Pertenecientes todos a la Juventud Hitleriana, los habían educado en la fe ciega de los destinos de la Raza Superior. <<Hoy gobernaremos a Alemania; mañana dominaremos al mundo>>, era el credo que les habían inculcado día tras día, hora tras hora. Una convicción inquebrantable los poseía: ¡ los alemanes eran invencibles!
El Bismarck era el buque más poderoso del mundo
E invencible era también este buque, su buque, el Bismarck. Era, sin duda, el más pujante de todos los construidos hasta la fecha. Su desplazamiento exacto era un secreto que guardaba celosamente el Alto Mando alemán. Pero, desde luego, sobrepasaba con mucho del límite de las 35.000 toneladas impuesto a Alemania por los tratados internacionales (realmente el Tratado de Versalles, firmado después de la derrota alemana en la Primera guerra mundial). Había quienes lo calculasen en 50.000. Cuanto al andar, decíase que, en las pruebas, había desarrollado una velocidad de 33 nudos por hora, superior a la de cualquier acorazado inglés o norteamericano. Si su cubierta lo diferenciaba poco de cualquiera de las otras naves de su clase, lo que había bajo de ella le señalaba, en cambio, puesto único entre todas. La obra viva hallábase protegida por cinco sucesivas planchas de acero, separadas entre sí por compartimientos estancos. Debido a esto, y a otras condiciones, el Bismarck era capaz de habérselas, no ya con cualquier buque inglés, sino igualmente, con cualquier conjunto de buques que le presentara batalla. Así se le había explicado a la dotación, enterándola, además, de que era absolutamente imposible que el buque pudiera irse a pique. Y toda la gente lo creyó tal como se lo aseguraron. Había, empero, a bordo del Bismarck algunos marinos viejos que no compartían esa creencia. Así, por ejemplo, el capitán Lindemann, comandante de la nave, sabía muy bien que a aquel acorazado alemán, como a cualquiera otro barco, podían echarlo a pique. Educado en la antigua tradición de la Armada alemana, era Lindemann un oficial competente y modesto al cual le preocupaba la profesión más que la política. No le ocurría lo mismo a su superior jerárquico. El vicealmirante Luetjens era partidario furibundo del nazismo. Corto de estatura, compensaba esta desventaja física con la altivez desafiadora de la mirada y la violencia del carácter. Hombre de emociones, poseía el don de despertarlas en sus subalternos y de exaltarlos. Lo que ignoraban estos era que su jefe se dejaba dominar por el abatimiento con la misma facilidad que por el entusiasmo. El espíritu que reinaba a bordo del Bismarck era excelente, pese a la estrechez e incomodidad del alojamiento. Sobre no ser muy amplio el espacio destinado a este, pues se había escatimado para dedicarlo a compartimientos estancos y otras obras de defensa, se daba la circunstancia de que el acorazado llevara , a más de su dotación y los cadetes, varios cientos de supernumerarios, lo cual elevaba a unos 2.400 el número total de hombres. La marinería dormía a proa, en hamacas que casi se tocaban unas con otras. Los oficiales subalternos, a popa, de cuatro en cada camarote. El comedor de la gente era oscuro y mal ventilado. Pero todos entendían que gracias a estas incomodidades se había conseguido darle al buque mayor resistencia. Someterse a ellas era, pues, sacrificio semejante al que hacían quienes destinaban a comprar cañones el dinero que hubieran podido gastar en mantequilla. El destino del Bismarck era un misterio
Desde que el Bismarck se hizo a la mar, la tripulación había estado preguntándose a don de la llevaban, y formando mil conjeturas. La suposición general fue que se trataba de dar caza a buques mercantes ingleses. Luetjens era hombre que sabía hacerlo. ¡Bien que lo demostraron los grandes éxitos que alcanzó cuando mandaba el Scharnhorst y el Gneisenau! El llevar el Bismarck a bordo tantos supernumerarios inclinaba a creerlo así: acaso destinaran esa gente a marinar los buques apresados. No faltó quien dijese que a lo que iban era a tomar las Azores. Otros afirmaron que se trataba de ganar el Pacífico, para incorporarse a la escuadra japonesa. Esto último pareció, sin embargo poco probable, pues, de serlo, natural parecía que se hubiese provisto a la tripulación de equipo de verano propio para la navegación en mares tropicales. La acción en que el Bismarck había logrado triunfo tan completo, y a tan poca costa, lo ponía en claro todo. La misión que se le había encomendado era solo esta: ¡echar a pique al Hood! La exaltación engendrada por la victoria no podía sostenerse indefinidamente. Siguió a ella, un par de días después, la inevitable reacción.
El <Prinz Eugen> regresa a Alemania y el Bismarck queda solo
El Prinz Eugen se había separado del Bismarck, para tornar a Alemania. El tiempo se había vuelto desapacible. Del cielo encapotado caía, ya la nieve, ya el granizo. Alzábanse en torno al buque los muros misteriosos de la niebla. Esta navegación en que, día tras día, se siente perdido el tripulante en las soledades del océano, era, hasta cierto punto, cosa nueva para la mayoría de la gente del Bismarck. Acentuábase en ella la impresión de que se hallaba aislada, de que las costas de la patria quedaban allá, muy lejos.
Un avión Catalina norteamericano sobrevuela al acorazado alemán.
Sobrevino luego aquella intranquilidad que sienten los que saben que andan persiguiéndolos. En la mañana del 26 de mayo, oyóse el zumbido de un avión que venía del extremo occidental de Groenlandia. Siguió a esto la presencia de la aeronave, un Catalina norteamericano, que apareció casi encima del Bismarck, entre un desgarrón de las nubes. La artillería antiaérea del acorazado, entrando prontamente en acción, tendió mortífera cortina de fuego. Alejóse entonces el avión. Pero, a poco, se presentó otro. La gente del Bismarck experimentaba la sensación de que de los cuatro puntos del horizonte surgían manos ávidas que se alargaban hacia el acorazado. En esto empezó a circular a bordo una noticia alarmante. El vicealmirante Luetjens y el comandante Lindermann habían tenido un serio desacuerdo. Por entre las cerradas puertas de la cámara del vicealmirante se habían alcanzado a oír los gritos coléricos del jefe. Lindermann había manifestado a su superior que los ingleses lanzarían en persecución del Bismarck cuantas unidades estuvieran disponibles, que no cejarían hasta haberle dado caza. Le había instado a que volviesen cuanto antes a Alemania. Tras de rechazar airadamente lo indicado por su subalterno, el vicealmirante reunió a la tripulación y la arengó anunciándole su propósito de llevarla a conquistar nuevos laureles. Todos lo vitorearon. Y no obstante, aunque se sentían más tranquilos, dirigían de cuando en cuando miradas escudriñadoras al horizonte en el cual esperaban ver surgir la silueta de barcos amigos.
Una escuadrilla aérea inglesa torpedea al enorme buque.
No fue ese ansiado refuerzo lo que llegó al siguiente día. Anunciada por zumbido semejante al de un enjambre de irritadas abejas, apareció una escuadrilla aérea. Formábanla aviones ingleses, de los que llaman <peces espadas>. ¡Y llegaban en busca de su presa! Picando hasta casi rozar el agua, esos aviones lanzaban sus torpedos y volvían a remontarse. Una de las mortíferas máquinas de guerra hirió al acorazado de lleno, en una de las bandas. Estremecióse el gigante de popa a proa, en tanto que se elevaba al costado de él surgente columna de agua cuya altura sobre pasó la de los mástiles. Aunque el buque no había sufrido averías que lo inutilizaran, el efecto que lo sucedido causó en el vicealmirante Luetjens fue profundo. Puede que a ello contribuyeran también las noticias que acaso recibiera de que los buques enemigos, en gran número, convergían para cerrarle el paso. Presumible es que esto, unido al ataque aéreo, provocara, en hombre tan poco dueño de sus emociones, una crisis que lo hiciera pasar de la exaltación de la victoria al abatimiento de la desesperación. Reuniendo a la tripulación, le habló en forma hasta entonces desusada en él. Posible es, les dijo, que el Bismarck se vea forzado a combatir. De esperarse es, asimismo, que acudan en su auxilio submarinos y aeroplanos para ayudarle a hacer frente a la arremetida británica. En todo caso, antes de irse a pique, la potente nave alemana sabría llevarse por delante a varias unidades inglesas. <<¡Alemanes!>>, concluyó diciendo: <<Recordad el juramento que habéis prestado al Führer: <<¡por él hasta la muerte!>> Desastroso fue el efecto que estas palabras causaron en los jovenzuelos que las oían. ¿No les aseguraron antes, y así lo habían creído ellos firmísimamente, que los alemanes eran invencibles y que nadie podría echar a pique al Bismarck? ¡A qué, pues, hablarles ahora, así tan de súbito, del hundimiento y de la muerte! Para contrarrestar la impresión causada por la inoportuna arenga de Luetjens, hiciéronse circular entre la gente especies alentadoras. Pronto llegarían refuerzos. Acudía, a todo andar, una flotilla de submarinos. Volaban, rumbo al acorazado, aeroplanos, unos doscientos, cuyas alas protectoras no tardarían en cernirse sobre él. Probable es que todo esto fuesen imaginaciones. Ello no obstante, la tripulación le dio entero crédito. Reanimóse la gente. Durante todo el día, las miradas anhelantes estuvieron interrogando el horizonte. El Bismarck, que desde el combate con el Hood había navegado primero rumbo al Sudoeste y luego al Sur, ponía ahora, a los tres días, proa al cabo de Finisterre, con la esperanza de avistar las costas de Francia y escurrirse a lo largo de estas hasta llegar a puerto seguro.
Aviones peces-espada inutilizan el timón del Bismarck
Pero, cuando los últimos resplandores de la tarde de ese tercer día iban desvaneciéndose en la creciente sombra que llenaba el mar, una escuadrilla de aviones peces-espadas, atacando de súbito al Bismarck, hizo blanco en él por tres veces. Las averías ocasionadas por dos de los torpedos, fueron leves. El otro, en cambio, dando de lleno en el mecanismo de gobierno, inmovilizó los timones en un ángulo con la quilla. El buque, falto de dirección, empezó a describir círculos. Reinó a bordo frenética actividad. Prometióse la Cruz de Hierro al que lograse reparar la avería de los timones. Pararon las hélices para que pudiera bajar un buzo. Pero, aunque trabajó con ahinco sobrehumano, cuando dio por terminada su tarea y las hélices volvieron a cortar el agua, el Bismarck continuó como antes, describiendo círculo tras círculo. La vida del barco, hasta entonces tan organizada, tan metódica, trocóse ahora en confusión y gritería. En medio del alocado ir y venir de la tripulación, recibióse -irónica nota de aquella tragedia- un radiograma del Führer: <<Acompañamos en espíritu a los victoriosos camaradas del Bismarck>>. Probóse, con porfiado empeño, a enderezar el rumbo con el solo auxilio de las hélices. Pero el buque avanzaba con lentitud, dando bandazos al describir círculos que formaban desesperante espiral. El buque es atacado de nuevo
A la una de la madrugada, salió de entre la sombra una escuadrilla de torpederos ingleses que, dando vueltas alrededor del acorazado, como una jauría en torno del oso herido al cual logró acorralar, iban acercándose sucesivamente para torpedearlo. Hubo más compartimientos inundados. EL número de bajas iba en aumento. Por ver si así se levantaba el ánimo de la gente, el mando del Bismarck apeló ahora, no a un rumor vago, sino a una noticia concreta: <<Mañana temprano llegarán a auxiliarnos varios remolcadores y ochenta aeroplanos>>. Hubo quienes se tragaran el anzuelo. Luetjens, en cambio, sabía a qué atenerse. En un último arranque de magnífica arrogancia dirigió a Hitler el siguiente mensaje: <<Combatiremos hasta quemar el último cartucho. ¡Viva el Fuehrer, jefe de la escuadra!>>. Hecho esto se desplomó. <<Hagan lo que quieran. A mí ¿qué?>>, contestó con voz enloquecida a los que llamaban a la puerta de su cámara para pedirle órdenes. A la mañana siguiente, el cielo estaba encapotado. Soplaba un brisote frío que rizaba, coronándola de blancas espumas, la gris superficie del mar.
Los buques ingleses Rodney y el George V se dirigen al acorazado alemán.
Dibújose en el horizonte la silueta de los dos campeones de la armada británica: el Rodney y el George V. Cuando estuvieron a unas once millas del Bismarck, rompieron el fuego con sus cañones de dieciséis pulgadas. Después fueron acortando la distancia, hasta reducirla a cosa de la mitad. Los proyectiles de una pieza de dieciséis pulgadas pesan mil kilos y llevan una velocidad de media milla por segundo.
El mando de fuegos del Bismarck quedó inútil
A cada impacto de uno de ellos, el Bismarck retemblaba de la quilla a la perilla. No obstante, se sostuvo por algún tiempo, devolviendo andanada por andanada, hasta que un proyectil le inutilizó el mando de fuegos. Esto fue el principio del fin. Desde aquel momento, el Bismarck dejó de ser una formidable máquina de guerra eficazmente coordinada. Los artilleros continuaron jugando, por mando directo, los cañones de las torres, pero la puntería era loca.
El Bismarck es literalmente machacado < cum ferrum et igne>>.
El Rodney y el George V empezaron a acortar la distancia que los separaba del Bismarck, hasta situarse a menos de dos millas. Disparando, entonces, con metódica precisión, colocaban certeramente todos y cada uno de los proyectiles en el blanco. Acribillado de ellos, el mástil del acorazado alemán semejaba fantástica trabazón de retorcidos sarmientos. Un nuevo impacto, cortándolo casi a ras de la cubierta, hízolo caer con terrible estrépito. Ondeó sobre la chimenea rojo penacho de llamas. Una de las torres, al irse de lado, quedó con las mudas bocas de sus cañones vueltas hacia el cielo. Nunca se había dado el caso de que un barco de guerra lograra resistir fuego tan aniquilador sin irse a pique. Pero, aunque el Bismarck resistía aún, el ánimo y la disciplina de su dotación flaqueaban por completo. Los artilleros de una de las torres se insubordinaron y huyeron. El oficial que los mandaba, tras de haber vacilado unos instantes, huyó también. El comandante de otra torre mató a tiros a sus subalternos cuando estos se negaron a obedecerle. El acorazado escoraba lenta, pero continuamente, a babor. Entrándose por los boquetes abiertos por los proyectiles y por las hendiduras del blindaje, el agua iba inundando una cubierta después de otra. Unas veces formaba ávidos remolinos, otras gorgoteaba monstruosamente; pero siempre seguía, implacable e invasora, llenando el laberinto de cámaras y pasadizos del Bismarck. La gente que se hallaba encerrada en alguno de los compartimientos, vio, sin poder escapar, que el agua les llegaba a la cintura, al pecho, a la boca. La que había en otros, logró salir, y se agolpó en tumultuoso apretujamiento, en las escalerillas. La cubierta superior era un infierno. Los proyectiles enemigos abrían enormes boquetes. La fuerza de las explosiones les arrancaba a los hombres la ropa. Aparecían dondequiera cadáveres ensangrentados. Los heridos, entre los cuales había muchos apenas salidos de la adolescencia, lanzaban gritos desgarradores. Enloquecidos de terror, los que aun podían valerse, trataron de buscar amparo bajo cubierta. Al intentarlo, dieron de frente con los que, huyendo de la inundación, llenaban ya las escalerillas.
El navío alemán se va a pique
A todo esto, el buque, al irse de banda, tenía la quilla casi a flor de agua. Gran parte de la gente se había lanzado ya al mar y braceaba entre las olas. Otra, deslizándose por la negra y reluciente comba del costado de estribor, se disponía a hacer otro tanto. Lentamente, con la proa levantada ahora hacia el cielo, el Bismarck se hundía en el océano. Los barcos ingleses procedieron al salvamento de los enemigos que aun quedaban con vida. Cerca de un centenar de alemanes lograron asirse a los cabos que les tiraban. Hubo en este punto aviso de que se aproximaban submarinos alemanes. No hallándose dispuestos a que los sorprendieran allí inmóviles, los barcos ingleses se alejaron de aquellas aguas, en las que quedaban centenares de alemanes, luchando, sin esperanza de salvación, entre las olas.
Los sobrevivientes del Bismarck parecían zombis
Los sobrevivientes del Bismarck tenían los ojos hundidos y, en general, el aspecto de gente que se hubiera visto sometida por meses a crueles padecimientos. Aun después de varios días de reposo, durante los cuales se les administraron enérgicos reconstituyentes, parecían alelados. Casi no hablaban, ni siquiera unos con otros. Al verlos, acudía a la memoria la leyenda de los zombis de Haití, esos seres que, según la creencia popular, son <muertos que andan>. En verdad, esos marinos alemanes acababan de pasar por la prueba más terrible de cuantas, en la guerra, pueden agotar la resistencia física de los hombres. Habían sentido derrumbárseles en el alma aquella confianza que les inculcaron desde niños y que era el fundamento de su vida: la confianza en que ellos, los alemanes, eran invencibles. 11 de junio de 2002.
Preámbulo al texto sobre la batalla de Lepanto
En el prólogo del <Quijote> aparecido con el nombre del supuesto autor de la obra, Alonso Fernández de Avellaneda, quien firma con ese seudónimo, dice de don Miguel de Cervantes irónicamente que: <como soldado tan viejo en años cuanto mozo en bríos, tiene más lengua que manos>. Al dicho prólogo de este libro, aparecido en 1614, a 9 años de la Primera parte del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, da cumplida respuesta en el Prólogo de su Segunda Parte don Miguel de Cervantes, de la siguiente manera: “ Lo que no he podido dejar de sentir es que me note de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo, que no pasase por mí, o si mi manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en las más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros. Si mis heridas no resplandecen en los ojos de quien las mira, son estimadas a lo menos, en la estimación de los que saben dónde se cobraron; que el soldado más bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga; y es esto en mí de manera que si ahora me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en aquella facción prodigiosa que sano ahora de mis heridas sin haberme hallado en ella. Las que el soldado muestra en el rostro y en los pechos, estrellas son que guían a los demás al cielo de la honra, y al de desear la justa alabanza; y hase de advertir que no se escribe con las canas, sino con el entendimiento, el cual suele mejorarse con los años.” Que las anteriores palabras sirvan de preámbulo al capítulo intitulado <La batalla de Lepanto>, pues fue en esa ocasión donde se hicieron a don Miguel las heridas que Avellaneda le afea y que a Cervantes le llenaban de orgullo, como se echa de ver en su famosa respuesta.
LA BATALLA DE LEPANTO(Llamada también de Naupaktos en griego e Inebahti en turco) (7 DE OCTUBRE DE 1571)
En 16 de septiembre salió el señor don Juan, de Mesina, con toda la armada para levante. Eran doscientas doce galeras y quince naves y seis galeazas. Fue a dormir a la Fossa de San Juan. De las galeras eran ciento de España con todas las de particulares y las demás de venecianos, y seis galeazas; y la misma noche se hicieron las escuadras. El señor don Juan de Austria llevaba una escuadra de sesenta galeras. Llevaba por divisa en la real el estandarte que el Papa envió, con un Cristo, y las armas de los de la Liga. En medio las armas del Papa; las del rey a mano derecha, a la izquierda las de venecianos, y abajo las del señor don Juan con un lazo que las ligaba a todas. Llevaba en la entena una flámula azul y una banderilla en el cárcel. Iba Juan Andrea con otra escuadra de cincuenta y tres galeras. Llevaba en su galera, en la entena, una flámula verde, encima de la cual tenía una banderilla verde; y todas las galeras de su escuadra llevaban una banderilla verde al cabo de la entena. Dióse otra escuadra a don Álvaro de Bazán, de treinta galeras. Llevaba su galera por divisa una flámula blanca. Don Juan de Cardona iba siempre descubriendo, con seis galeras. Todas las galeras de Venecia iban entretejidas con las nuestras por algunos respectos. Iban en esta armada cuatro tercios de españoles, dos de soldados viejos, y dos de bisoños. Llevaba más de un tercio de italianos y otros tudescos. Iba por maestre de campo general Ascanio de la Corna, de toda la infantería. Don Pedro de Padilla, maestre de campo, del tercio de Nápoles; don Diego Enríquez del tercio de Sicilia, don Miguel de Moncada del un tercio de bisoños; don Lope de Figueroa del otro de bisoños; del tercio de tudescos el conde Lodrón; de los italianos el propio Ascanio de la Corna. Capitanes generales de las galeras eran Gil de Andrada de las de España, de las del Papa Marco Antonio Colonna, de las de Nápoles, don Álvaro de Bazán, de las de Sicilia don Juan de Cardona: general de las de Saboya monsieur de Leim, general de las de Génova, Héctor Spínola; el señor Juan Andrea de las suyas; de venecianos, el señor Barbarigo. Iban en las galeras de venecianos, españoles e italianos y así también en las galeazas. A los 17 de septiembre salió la armada de la Fossa de San Juan, en la orden que tengo dicho.
Se aproxima la armada de los Turcos
A las siete, digo por la mañana, se descubrió la armada del Turco, a doce millas de la nuestra en el mismo cabo de la Salina. Cuatro galeras venían delante, y creímos sería don Juan de Cardona que iba descubriendo; pero fue Carahoja que venía a descubrir nuestra armada, la cual vista se fue a la vuelta de su armada, y dio aviso de nuestra venida, aunque ya los enemigos nos habían descubierto. Tócose alarma en nuestra armada, y a gran prisa se hizo la pavesada, y luego cada escuadra tomó dos galeazas a jorro, y púsose la armada de esta manera. La real se puso en orden con su escuadra: a su mano izquierda venía Barbarigo con su escuadra: a la derecha Juan Andrea. Don Álvaro de Bazán venía de retaguardia y socorro con treinta galeras, para favorecer donde necesidad hubiese. Llevaba la real de Su Alteza dos galeras de socorro y quince fragatas, de suerte que nuestra armada iba muy en orden. Dijeron después los turcos, que cuando nos poníamos en orden ellos pensaron que huíamos, y que tenían por cierta la victoria; y así habían puesto por la costa mucha caballería porque si vencidos embistiésemos en tierra cayésemos en manos de la caballería. Venía la armada turquesca con buen orden, en la cual había doscientos ochenta bajeles; las doscientas cincuenta galeras reales, las demás galeotas de veinte y de veintidós y de dieciocho sin muchas otras fragatas: y nuestra armada tenía doscientas doce galeras y seis galeazas. Salió Su Alteza con una fragata, y anduvo por la mayor parte de nuestras galeras animando y exhortando capitanes y soldados a la batalla con eficacísimas palabras, a las cuales con gran esfuerzo todos respondieron que Su Alteza no dudase que vencerían con el favor de Dios, si no que peleando todos morirían. Puestos en su orden caminaban los enemigos hecho un escuadrón como media luna; ni dejó de hacer Alí Bajá general, lo que a buen capitán convenía. Yendo las enemigas una contra otra, caminaban muy despacio. Los contrarios tenían viento y mar en su favor; pero permitió el Señor que en llegándose la una armada con la otra, mar y viento en nuestro favor se volviesen.
La Batalla.
Una milla estaría la una armada de la otra cuando la general del Turco tiró una pieza de artillería desafiando a la nuestra para la batalla. Nuestra real respondió con otra aceptando la batalla, y a esta con otra respondió el Turco. Cuando tan juntas se hallaron las armadas, que con la artillería se podían fácilmente batir, se hallaron seis galeazas nuestras delante nuestras galeras, dos en frente de cada escuadra. Las dos de la mano izquierda comenzaron a jugar la artillería porque por aquella parte se comenzó la batalla, e hicieron grandísimo daño en los enemigos. Lo mismo hicieron las otras cuatro galeazas a su tiempo. Luego Barbarigo arremetió con su escuadra de galeras, y se trabó una muy sangrienta batalla, en la cual herido el Barbarigo murió; pero ya certificado de la victoria. S u Alteza acometió con su real a la general turquesca, la cual, aunque tenía mucha y muy buena gente y era por la popa socorrida fue en breve rendida, muerto Alí Bajá general, y derribado el estandarte. Un cuarto de hora después Juan Andrea acometió por el cuerno derecho, al cual vino al encuentro Luchalí, renegado y rey de Argel; pero llegándose a la galera conoció que era de Juan Andrea, y no la osó acometer, y fuese contra la capitana de Malta con otras galeras, la cual, aunque peleó muy valerosamente, por la multitud de los enemigos fue rendida. Juan Andrea acometió la proa de Luchalí, y la rindió, y otra galeota echó a hondo otra galera y rindió algunas otras. En la real fue muerto de un falconete don Bernardino de Cárdenas, que le dio sobre la rodela acerada, y murió el tercer día. Viendo Luchalí su armada llevar lo peor, procuró salvarse y huyó con cinco galeras. Fue esta batalla muy grande, muy reñida y muy sanguinosa (sangrienta).
Después de la victoria.
Estuvo cerca de hora y media a declararse la victoria por los cristianos, lo cual conocido por muchos turcos, procuraron de arremeter y embestir en tierra, y así se salvaron algunos perdiendo sus galeras. Fueron rendidos doscientos cuatro bajeles con los echados a hondo y quemados. El daño que recibió nuestra armada, fue que fueron rendidas cuatro galeras de venecianos y dos echadas a hondo. La capitana de Malta rendida, San Juan de Sicilia casi rendida, la patrona del duque de Saboya rendida, y la capitana de Nicolás Doria, en la cual murió peleando el capitán Juan de Silva y toda su compañía. Duró la batalla y alcance de ella de las once de mediodía hasta las cinco de la tarde. Fueron enviados por Su Alteza embajadores don Lope de Figueroa, maese de campo, al rey, a Su Santidad, el conde de Pliego. Recogidas las galeras se retiraron al puerto de la canal de Petrache. De allí partimos con buen tiempo la vuelta de Santa Maura, llevando cada galera una de las rendidas. A las trece partiendo de allí, se tuvo consejo, y se concluyó se tomase Santa Maura. A las quince echaron en Santa Maura diez mil hombres. Fue a reconocer Ascanio de la Corna con cien soldados, y el príncipe de Urbino y don Miguel de Moncada, y por ser noche le mandaron volver. Los turcos habían ya quemado el burgo y rota la puente del Estaño, de suerte que la fortaleza quedaba ya aislada, y no se podía llegar artillería a ella sino con gran trabajo. Estúvose allí dos días e hízose el repartimiento de las galeras y turcos que se tomaron. Hallóse que habían tomado seis mil turcos, y muertos se cree que pasaron treinta mil, y siendo cincuenta y seis mil según se entendió por sus listas, los demás se salvaron o, dando en tierra, o huyendo con las galeras que se escaparon. De los nuestros, entre muertos y heridos fueron doce mil. (Los fragmentos que anteceden provienen de la <Relación de los sucesos de la armada de la Santa Liga, y entre ellos el de la batalla de Lepanto>, escrita por fray Miguel de Servia, confesor de don Juan de Austria). Tomado de la obra “Reportaje de la Historia”, T. II, Editorial Planeta. Barcelona. Selección y estudios de los textos: Martín de Riquer.
La Batalla Naval de Maracaibo(24 de julio de 1823)
El día A las dos de la tarde del 24 de julio de 1823, con viento y marea favorables, la Armada colombiana enfiló proa hacia el enemigo que esperaba fondeado entre Capitán-Chicó y Maracaibo. Instrucciones de Padilla a sus hombresPadilla instruyó a sus hombres así: los marinos y las tropas debían estar descalzos, como en los casos de incendio, también se lanzaría arena mojada sobre la cubierta para no resbalar con la sangre, debían mojarse las cobijas para apagar los incendios. Los cocineros y los sirvientes no debían cocinar sino ayudar a la tropa, debían usar un lazo negro en el brazo para distinguirse del enemigo y las escotillas debían cerrarse para que nadie pudiera salir y no quedara otra salida sino combatir al enemigo. La señal sería un tiro de pistola ya a punto del abordaje. Señaló a cada buque la nave contraria a tomar en abordaje, advirtiendo de no gastar las municiones sino hasta tocar a las naves realistas.
Comienza el ataque
A las tres de la tarde las fuerzas sutiles colombianas iban a la vanguardia de los buques mayores para acometer a la formación enemiga. Se desplegaron en forma de abanico. Avanzaron para acometer por estribor a los españoles, que estaban anclados en posición diagonal a la costa con la vanguardia protegida por sus buques mayores. La escuadrilla sutil del español Laborde varió a oeste-norte, y la colombiana maniobró con sus buques mayores impulsados por el viento que se desplazaron con dirección al adversario que disparaba su artillería. Padilla dio la orden de fuego disparando con su pistola. Las dos armadas, frente a frente, se combatían pero todo estaba indeciso aún, “El Independiente”, mandado por Beluche y con Padilla a bordo dirigiendo la batalla viró contra el bergantín español “San Carlos”, bien artillado. “El Independiente” le partió el aparejo, después le destrozó el trinquete y la nave española huyó hacia la costa pero hacía agua y sus tripulantes se lanzaron al lago cuando los colombianos los iban a abordar armados de hachas. Mientras tanto, el “Confianza” rendía a una goleta española, y la colombiana la “Emprendedora” se lanzaba contra el bergantín español “Esperanza”. El comandante de este último le prendió fuego a la santabárbara estallando el buque. El “Marte”, mandado por Joly, abordó y capturó a varias naves españolas, emulando. El buque español “Riego” luchó con valor pero al morir su capitán se rindió. Los colombianos perdieron la goleta “Antonia Manuela”, que los realistas abordaron pasando a cuchillo a su capitán Jean Rastique de Bugard y a los demás tripulantes. Fue rescatada más tarde, con sus muertos y heridos, por la goleta colombiana “Leona”, y un bote del “Independiente”.
Los españoles son derrotados
Derrotados los españoles realistas el comandante Laborde se escapó durante la noche a bordo de la fragata “Constitución” en dirección al castillo de San Carlos, y desde allí salir para Cuba, dejando al mariscal de campo español Morales librado a su suerte. De los buques españoles sólo se salvaron tres goletas, dos que iban a la vanguardia y la “Especuladora”, las cuales se refugiaron en Maracaibo con algunos faluchos y piraguas (fuerzas sutiles). El mariscal de campo Morales acusó a Laborde ante la capitanía general de Cuba como responsable directo de la derrota española. El triunfo de Maracaibo consolidó la libertad de Venezuela y permitió libertar a América. En la Nueva Granada cesó la amenaza de que el mariscal Morales la invadiera, lo cual permitió que Bolívar y Sucre prosiguieran su campaña del Sur para culminar con el triunfo de Ayacucho el 9 de diciembre de 1824.
Opiniones sobre la batallaEl contralmirante venezolano, de ancestros paternos libaneses, Eljuri-Yúnez escribe: “Los soldados y marinos a las órdenes de Padilla habían culminado su campaña con la resonante y grande victoria y le dieron gloria a la República de Colombia creada por el genio de Bolívar y sostenida por su espada, su talento y abnegación. Con ello se coronaban los anhelos de los militares, marinos y civiles que en actuación conjunta y coordinada contribuyeron a este gran triunfo, y se retiraron a sus bases con la satisfacción del deber cumplido”. Y añade que la batalla naval del lago de Maracaibo librada el mismo día del nacimiento de Bolívar dio un golpe de muerte al poder naval español en la Gran Colombia. Privados los españoles del control del mar no pudieron de allí en adelante seguir ejerciendo su soberanía. El historiador colombiano José Manuel Restrepo escribió que la victoria naval del 24 de julio y la posterior rendición del ejército realista español produjeron un júbilo universal, tanto del gobierno como del pueblo.
Pérdidas españolas y colombianasLos realistas españoles tuvieron 800 bajas entre muertos y heridos y 438 prisioneros hechos por los patriotas, incluidos 69 oficiales. Padilla perdió 8 oficiales y 36 marinos muertos además de 119 heridos. Al amanecer del 25 de julio se inventariaron los buques apresados y se repararon las averías de los propios. Consecuencias de la batallaComo consecuencia de la batalla naval del lago de Maracaibo fue cercado el resto de la flota española acoderada allí por una división naval colombiana comandada por Joly y D´Chitty. Francisco Padilla fue enviado al río Socuy con las fuerzas sutiles colombianas incomunicando así al mariscal de campo Morales en el fuerte de San Carlos. José Padilla intimaba rendición a Laborde ignorando que navegaba hacia Cuba para acusar a Morales del desastre. Padilla le intimó rendición entonces a Morales pero como el 29 de julio aun no se habían rendido el resto de los españoles el general Padilla ordenó al coronel López que tomara la flota restante por la fuerza. Esta consistía en un bergantín, nueve goletas, un pailebot y un falucho.
La rendiciónEl 2 de agosto Morales envió una comisión integrada por los coroneles José Ignacio de Casas y Lino López Quintana para negociar la rendición incondicional ante el mando patriota. Los republicanos colombianos enviaron al teniente coronel José María Delgado y al capitán Francisco Urdaneta. El 3 de agosto se firmó el tratado que fue ratificado por Morales y su secretario José Alvaro en su cuartel general de Maracaibo; el 4 fue aprobado por Padilla y Manrique. Entrega de la flota española Padilla recibió el resto de la flota española compuesta por: las goletas Zulia, Salvadora, Atrevida y Maracaibera; el falucho Resistencia; los guairos Pedrito, Vengador y Morales; la flechera Guaireña; las piraguas Raaya, Félix María, El Duende, Altagracia, Papelonera, San Francisco, Esperanza y Corbeta. A su vez Morales prestó juramento ante Padilla y Manrique de no volver a tomar las armas contra la República. Sesenta y ocho realistas, entre oficiales y tropa, se incorporaron a las filas republicanas, figurando entre estos, el subteniente Lucas Meléndez, quien había salvado a la esposa del teniente de navío Francisco Padilla, hermano del almirante, cuando Morales ocupó el fuerte de Maracaibo y los patriotas residentes no alcanzaron a huir. Fueron embarcados aquel día, 14 de agosto de 1823, 372 oficiales realistas, 230 suboficiales y 660 soldados. El 20 de agosto zarparon 3.000 personas más. Padilla informó a Santander que los buques que conducía la emigración española eran 8 y que había cedido la goleta Especuladora, como prueba de generosidad para que viajara en ella el mariscal de campo Francisco Tomás Morales. El 2 de septiembre, el Gobierno Nacional dictó decreto de honores al almirante Padilla y a sus fuerzas navales por las operaciones que culminaron gloriosamente en Maracaibo. Concluida la campaña de Maracaibo, Páez y Soublette solicitaron del gobierno la designación de Padilla para el sitio de Puerto Cabello, pero Padilla que estaba delicado de salud tuvo que regresar a Cartagena, cosa que hizo el 21 de septiembre a bordo del bergantín Confianza. En Cartagena fue honrado con festejos públicos.
Tomado de la obra <El Almirante Padilla> de Jesús C. Torres Almeyda. Ediciones El Tiempo, Volumen II, Bogotá, D. E., 1983
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