HASTA MAÑANA TIO


Por: Benhur Sánchez Suárez

Escritor colombiano

bsansu@telesat.com.co

 

      Llego y no lo miro. Para qué. Me sé de memoria su casa y su figura. Además, creo que ya no quiere hablar conmigo. Tal vez sea por pena que no lo hace. O que se le acabó la furia de otros tiempos. Imagino que en su interior se agiganta como un tumor la afrenta que le hacen a diario de permitirle recoger los frutos podridos como si tal cosa. O tal vez sea por su convencimiento de que sólo por piedad permiten que lo haga y no quiere que yo me percate de su decadencia.

Para qué penas conmigo, viejo, entiendo lo que pasa.

Yo no sé. La tristeza nos ha invadido a los dos de la misma manera. Me acuerdo de cuando me contaba sus cosas con entusiasmo. Sus aventuras de joven. Sus proyectos. La enredadera de una cabellera negra que se desligó de su destino un martes por la tarde, quizá por su pereza de brindarle una caricia duradera. De tantas otras cabelleras y de tantos martes por la tarde. Que siempre era en febrero, o algo así. Hoy desdice sus historias con su quietud de roble caído, de mirada que mira sin mirar y de boca que aprieta escasos dientes para romper con crujidos el silencio.

El viejo está cansado. Se nota en su compostura. Yo dejo que camine el caminador por otro rumbo. Que tiemble la tembladera de su sueño largo con ritmo acompasado y moscas que rondan su ronquido. Sólo que frente a él me camina por el cuerpo el dolor ajeno de su agotamiento. Es que se ve su deterioro. Yo me pregunto qué se hizo su vitalidad arrolladora, por qué lo abandonó tan de repente. No entiendo ahora su estatura. Porque así están de acabadas su contextura y sus palabras.

—Tío.

No me contesta. Permanece mudo después de ser un charlatán sin contendor, después de tanto hablar y hablar en cementerios y reuniones, en desfiles patrios y fiestas familiares, en cantinas y en paseos. Toda una época en que hizo sentir su voz y la metió en la mente de todos sus paisanos. Ahora permanece con los ojos clavados en el techo, pero sin mirarlo.

Yo sé que no lo mira para nada.

Sólo mira para adentro.

He venido a saludarlo. A traerle noticias. Pero me frena su postura y no le digo nada. Yo sé que ya no me contestará ningún interrogante. Es una historia que se repite en todas partes, viejo. No es sólo nuestra. Continúa dormido o se hace el que duerme. Mientras tanto yo revivo el trajín de su rostro, que traga aire desde su ronquera taciturna, en los años de su esplendor. Y es como si se me viniera el olor de los guayabos y su presuroso caminar por el valle y las laderas, con su cargamento amarillo para las fábricas caseras.

Como una abeja.

Así es como recuerdo su antes.

Su antes de tirarse en este camastro a no mirar nada.

Pienso que los demás sienten como yo su deterioro. Porque los fabricantes de dulce de guayaba están cansados de luchar. Y es verdad. Han destripado una y mil veces la masa informe y han echado el rojizo componente en los fondos de cobre con la misma esperanza de otros tiempos. Tiempos duros, claro, aunque mejores para algunos, ¿cierto. tío? Sin embargo, ninguno de ellos recuerda que Peregrino Rodríguez, roble caído de hojas ceniza y ramajes sin savia, tuvo mucho que ver con la iniciación de ese sustento. Tal vez por rencor no lo recuerdan, como yo, aunque son partícipes de su mismo deterioro. Rencor por los que vinieron después, se adueñaron de las tierras e hicieron con esa actividad su propio fruto.

El no se ha lamentado por eso, que recuerde.

Solamente calla.

Ahora los recuerdos pesan más que los billetes. Más que la cara del dueño de la fábrica, a quien he visto jactándose de su opulencia. Y mucho más que la cara del otro, aquel que no ha dado bien la cara pero que, sabemos, también es dueño de todo este progreso. Y de las tuercas de las máquinas. Y de los camiones. Y de las llavecitas y las puertas que dan acceso al hormiguero tapiado de la producción: mister Smith. Dicen que los dos se ven en la capital y desde allá deciden paso a paso la vida de la empresa. Por más pequeño que el siguiente aparente ser ellos ya lo tienen planeado. Eso dicen, tío. Y que han amenazado con traer de su gente si los de acá se ponen remisos en el trabajo... Debe ser porque tú los incitaste a organizarse para que no desconozcan sus derechos.

Yo sé que de eso se da cuenta mi tío, aunque no diga nada. Ni una queja. Siempre tan conforme el pobre viejo. Como tan sin espíritu. Se le ve en la mirada, que parece detenida en su época de luchador. Y de ella también me acuerdo yo. Cómo no voy a recordar cuando tío Peregrino caminaba de madrugada con los cajones de madera al hombro, se internaba en las tierras de Fulgencio Varo, exponiéndose a los tiros o a las mordeduras de los perros. Caminaba con cuidado, encorvado, en esa forma de su andar y de su cuerpo que vino a caracterizar su figura y sus palabras en la memoria de los otros. Y en la mía. Hay que recoger las guayabas, sin mucho ruido, llenar cuantos cajones sea posible, el promedio exacto que piden en la fábrica, para después recibir unos cuantos pesos: para el arriendo, para la alimentación, para la ropa y, de vez en cuando, para un gustico fuera de rutina.

Decía esperanzado.

Tío Peregrino, a medida que escarbaba a tientas en la oscuridad, debajo de los guayabos, con seguridad recordaba, tanto como yo ahora, cómo antes no había problema con eso de la recolección de las guayabas. Y que él, ahora carcomido de canas y de sufrimientos, fue en su juventud el primero en negociar con ellas.

Antes... qué va. Se descomponían en los potreros y los que más las aprovechaban eran los cerdos. Nadie, que recuerde, le prestaba atención al hecho de que unas cuantas familias las recogieran del suelo o estropearan los árboles con piedras y palos para hacerlas caer como lluvia amarilla, y sacaran los sábados al mercado unos bloquecitos oscuros, de a cinco centavos cada uno. Ni que los llamaran bocadillos o espejuelos, según su consistencia. Qué va. No importaba. Parecía un juego tolerable por los propietarios de tantos potreros poblados de guayabos. Hasta permitían que los directores de escuelas y colegios programaran tardes de recreo en sus propiedades, con tal que se cargaran con esos malditos frutos que reproducían como curíes. Sólo cuando unos forasteros hablaron de una gran industria de la guayaba, comenzaron a pararle bolas al asunto. Que era un producto local, muy folclórica la cosa, digno de ser promocionado no sólo en el resto del país sino también en el exterior.

— ¡Qué delicia!, exclamaban entusiasmados.

Los notables de Laboyos abrían atónitos los ojos pues no llegaban a entender por qué los forasteros se entusiasmaban y ponderaban un producto que cuatro pelagatos hacían por rutina.

Cosas de la vida.

Fue entonces cuando hablaron de la fábrica.

De billete en cantidades.

—Claro, progreso y empleo dijeron unos.

—Cimientos de ciudad próspera barruntaron otros.

Y hablaron del señor con dinero y hablar raro que financiaría el proyecto. Del precio que iban a pagar por cada kilo de fruta recogida. De los productos que harían para vender en todo el país y en el extranjero. Y sin que se hubieran percatado de ese nuevo símbolo, como por arte de magia, los potreros se cercaron y lo que antes no servía sino de estorbo y alimento para cerdos, pasó a ser causal de denuncias, amenazas y disparos, cuidanderos armados y camiones cargados de cajones. Y uno que otro muerto junto a la alambrada. Y el pitido uuuuuululante a las doce meridiano, que reemplazó el rítmico accionar de las campanas de la torre de San Antonio. Pleno empleo para otros, digo yo. Y promesa de casa para los obreros y una piscina muy grande y limpia para el dueño.

Para turistas también, dijeron otros.

Por patriotismo llamaron a la fábrica La Laboyana, con la intención quizás de que todos quedaran satisfechos y se apropiaran sin más de su existencia. Menos mi tío, claro, que ya empezaba a perder movilidad y a sentirse desplazado de su oficio. Por eso fue de uno de los pocos que no asistió a la inauguración, con el alcalde a la cabeza, ni a la fiesta que ofrecieron después, que se prolongó hasta pasadas las doce de la noche.

¡Cuánta ingratitud! Olvidaron que tío Peregrino fue el primero en descubrir que las guayabas se podían vender y que eran un futuro promisorio para el pueblo. Fue el mejor juego de su vida. Salía de madrugada para hacer su recorrido por los potreros, saludaba la neblina con ojos legañosos, y recogía, en sus cajones de madera burda, la desperdiciada fruta.

— ¡Buenos días, don Pere! —le decían.

Luego los llevaba a los dulceros para evitarles así, como les explicaba el viejo, pérdidas de tiempo en recolectas. Nadie cultivaba los guayabos. ¡Qué va! Eran silvestres. Como también era silvestre su costumbre de recoger la fruta, entregarla y darle gracias a Dios y a los dulceros, que se desperezaban a las siete de la mañana con el ruido de los cajones de mi tío.

— ¡Después vuelvo por la plata! les soltaba entusiasmado.

Y así. Un cajoncito en una puerta, otro en otra y en otra, hasta el sueño. A él nunca le dieron las gracias por el descubrimiento. Pero, claro, su negocio se vino al suelo y ahí comenzaron las canas y los sufrimientos. De él y de todos. Ya fueron muchos los que empezaron a madrugar por el asunto de la fábrica. Y los dueños de las tierras a creer que habían cultivado esos guayabos por herencia y a cercar sus propiedades con unas alambradas tupidas, erizadas de púas peligrosas, donde muchas veces se rasgaron las camisas de mi tío. Y a contratar peones para la recolección de la fruta, a bajos salarios por la gran demanda, y a armar a otros para defenderse de los madrugadores y metidos. Y a comprar tierras. Porque los baldíos, donde en un tiempo se refugiaron los recolectores independientes, con mi tío a la cabeza, también recibieron su alambrada y unos papeles en la Notaría. Fue una época difícil. Su oficio pasó a ser un oficio clandestino, con gruñido de perros y disparos, que disipaban las brumas del amanecer.

Tío Peregrino, sin embargo, continuó su recolección en las madrugadas a pesar de estar expuesto a un disparo o ser acusado de ladrón si era acorralado por los perros detrás de algún arbusto.

Eso es triste, tío.

Recordarlo ahora en la hora de su quietud.

Las familias que sacaban sus dulces al mercado han tenido que cambiar de oficio. Unos, muy pocos, fueron contratados en la fábrica. Ahora se las dan, aunque no ganen lo mismo que cuando eran propietarios. Pero se les ve reírse, tristemente satisfechos, cuando salen de la fábrica después de otra dura jornada de trabajo. No les han dado casa pero viven aferrados a esa ilusión, que cada año les renuevan en la reunión de aniversario de la Empresa. Los otros se han olvidado en el ruido de los camiones, atestados de cajas, y en el llanto de los niños cuyas madres hacen colas interminables en el puesto de salud.

Tío Peregrino, dicen, ha continuado con sus madrugadas, por costumbre, aunque ya los achaques no le permitan recoger lo suficiente para vivir. También dicen que, a veces, los peones de Fulgencio Varo lo dejan recoger los frutos podridos, como si fueran sus amigos y quisieran ayudarlo. Pero yo sé que lo hacen para burlarse de su efímera alegría porque saben que esos frutos no se los compran en la fábrica.

¡Mierdas que son!

Ahora se agita como si despertara de un sueño. Me animo. Le traigo la noticia de que por fin han comenzado el cultivo técnico del guayabo, con asesores agrarios, ingenieros forestales y suficiente maquinaria.

Que necesitan gente experimentada.

—¡Alégrate, tío!

Se lo digo como en chanza. Pero él sigue callado, traga aire por su boca desdentada y de vez en cuando sacude el matorral cenizo de su cabeza.

Creo que me mira con odio.

Ni siquiera gruñe el saludo como en tantas otras tardes.

Mejor me voy.

   ¡Hasta mañana, tío!


 

Benhur Sánchez Suárez, escritor y artista plástico colombiano. Autor de novelas, libros de cuentos y ensayos, historiador de la literatura de su departamento (Huila) y gestor cultural desde diversos cargos desempeñados durante muchos años en el Banco de La República, donde concluyó su labor activista en la Dirección de la Biblioteca Darío Echandía, de Ibagué, donde reside actualmente.

El cuento que hoy publicamos apareció recientemente en una antología alemana de relatos latinoamericanos (El milagrero). También están allí cuentos de los autores Pedro Badrán y Evelio José Rosero.

 

Cortesía de: Cronopios, agencia de prensa para la cultura

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