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Los que no habéis gemido de horror y de pavor…
Por Ignacio Ramírez Director de Cronopios
Cuando se conocía la noticia de la concesión del Premio Nobel Alternativo de la Paz para el Festival de Poesía de Medellín, anunciado desde Estocolmo la semana anterior, en el programa 6 a.am. 9 a.m., en Caracol, algunos periodistas famosos y supuestamente cultos y brillantes —de cuyos nombres preferimos no acordarnos— trajeron a cuento la calidad y densidad de la poesía de Porfirio Barba Jacob, a quien citaron en una amalgama de errores y barbaridades que constituyeron toda una afrenta para el poeta, para la poesía y para los centenares de miles de oyentes que si no conocían la obra porfiriana, van a detestarla por el resto de la vida si se atienen a las desatinadas menciones de los reporteros que hablaron de lo que no tenían ni idea, como sucede cuando la información rebasa los límites de la politico-violencia, la silicona o el deporte. Ínfimo desagravio pretendemos al copiar textualmente dos de los poemas mencionados (Canción de la vida profunda y Futuro) y uno que sin ser tan popular (Un hombre) parece escrito por encima del tiempo para señalar la ligereza y la responsabilidad oportunista de aquellos que no han sido capaces de hacer ni el pan ni el lecho con sus propias manos. Recomendamos la lectura del volumen antológico de Barba Jacob, seleccionado, prologado y comentado por Fernando vallejo y editado por el Fondo de Cultura Económica. He aquí los poemas del cuento:
CANCIÓN DE LA VIDA PROFUNDA El hombre es casa vana, variable y ondeante MONTAIGNE Hay días en que somos tan móviles, tan móviles, como las leves briznas al viento y al azar. Tal vez bajo otro cielo la gloria nos sonríe. La vida es clara, undívaga y abierta como un mar.
Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles, como en abril el campo, que tiembla de pasión: bajo el influjo próvido de espirituales lluvias, el alma está brotando florestas de ilusión.
Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos. . . — ¡niñez en el crepúsculo!, ¡lagunas de zafir!— que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza, y hasta las propias penas nos hacen sonreír.
Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos, como la entraña obscura de obscuro pedernal: la noche nos sorprende con sus profusas lámparas, en rútilas monedas tasando el Bien y el Mal.
Y hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos, que nos depara en vano su carne la mujer: tras de ceñir un talle y acariciar un seno, la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer.
Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres, como en las noches lúgubres el llanto del pinar. El alma gime entonces bajo el dolor del mundo, y acaso ni Dios mismo nos pueda consolar.
Mas hay también ¡oh Tierra! un día. . . un día….un día… en que levamos anclas para jamás volver. . . Un día en que discurren vientos ineluctables. ¡Un día en que ya nadie nos puede retener!
FUTURO Decid cuando yo muera.. . (¡y el día esté lejano!): Soberbio y desdeñoso, pródigo y turbulento, en el vital deliquio por siempre insaciado, era una llama al viento.. .
Vagó, sensual y triste, por islas de su América; en un pinar de Honduras vigorizó su aliento; la tierra mexicana le dio su rebeldía, su libertad, sus ímpetus. . . Y era una llama al viento.
De simas no sondadas subía a las estrellas; un gran dolor incógnito vibraba por su acento; fue sabio en sus abismos —y humilde, humilde, humilde —, porque no es nada una llamita al viento. . .
Y supo cosas lúgubres, tan hondas y letales, que nunca humana lira jamás esclareció, y nadie ha comprendido su trágico lamento. Era una llama al viento y el viento la apagó.
UN HOMBRE Los que no habéis llevado en el corazón el túmulo de un dios ni en las manos la sangre de un homicidio; los que no comprendéis el horror de la conciencia ante el Universo; los que no sentís el gusano de una cobardía que os roe sin cesar las raíces del ser, los que no merecéis ni un honor supremo ni una suprema ignominia: Los que gozáis las cosas sin ímpetus ni vuelcos, sin radiaciones íntimas, igual y cotidianamente fáciles; los que no devanáis la ilusión del Espacio y el Tiempo, y pensáis que la vida es esto que miramos, y una ley, un amor, un ósculo y un niño; los que tomáis el trigo del surco rencoroso, y lo coméis con manos limpias y modos apacibles; los que decís: "Está amaneciendo" y no lloráis el milagro del lirio del alba: Los que no habéis logrado siquiera ser mendigos, hacer el pan y el lecho con vuestras propias manos en los tugurios del abandono y la miseria, y en la mendicidad mirar los días con una tortura sin pensamientos: Los que no habéis gemido de horror y de pavor, como entre duras barras, en los abrazos férreos de una pasión inicua, mientras se quema el alma en fulgor iracundo, muda, lúgubre, vaso de oprobio y lámpara de sacrificio universal, ¡Vosotros no podéis comprender el sentido doloroso de esta palabra: ¡UN HOMBRE!
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