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Arturo Prado Lima reside en Madrid, España, donde continúa ejerciendo su oficio de escribir y su profesión periodística. Los siguientes cuentos hacen parte de su libro “Cuentos urgentes”, fruto de su experiencia tanto en Colombia como en varios países de Europa.
Protesta
En la primera estación de Metro, después del Aeropuerto Tegel, de Berlín, una mujer rubia, de ojos irreales y muslos imposibles, piel de alguna divinidad extraviada en la memoria de los hombres, se prende a los labios de su hombre. Lo ciñe por el cuello. El, resbala sus manos por las pendientes y llanuras verticales de la piel, desciende a la cintura, a las caderas, a los muslos y, con la velocidad de la nostalgia en ciernes, le sube la minifalda azul a la cintura. Ella suelta un lamento feliz que se da bruces contra los anteojos, los avisos publicitarios y los rieles y se pierde por la oscuridad profunda del túnel. Hay un sitio en el mundo donde no existe el mundo. Dos turcas, con atuendos turcos, escandalizadas y creyéndola víctima de una dicha ciega, tratan de llamar a la policía para que la vengue de aquella súbita misericordia de la carne. Jaime, el pintor, les arranca el teléfono móvil de las manos y pide apoyo a los curiosos para expulsar a las dos mujeres de la estación: “No se puede permitir que las turcas aun le tengan miedo a la desnudez del amor”, grita. Fuera de la estación, en la calle, está lloviendo a mares, pero los pasajeros, y nosotros, preferimos cargar las maletas y escoltar a las turcas hasta la próxima estación.
Antiracismo La fiesta está en su fulgor en los patios del Theaterhuas Mitte am Koppesenplaz, donde hemos leído poemas, bailado y cantado. Hay vino y cerveza para todos. El trata de tomar la mano de la mujer que se sienta a su lado y parece su esposa. Quiere imaginar su antigua dulzura. Es una mujer rubia, del porte de ella misma, de espaldas anónimas y cintura de alambre. En sus manos antes vivía una manda de cisnes. Un negro argelino la invita a bailar y ella se muestra diestra en una cumbia colombiana que sale por las ventas y se riega en las calles del viejo Berlín. El esposo, rubicundo y alto, interrumpe a la pareja, que baila a toda prueba, para ofrecerle a su esposa un cubo de queso parmenasano ensartado en un palillo. Ella lo rechaza con ojos, boca, nariz y cuerpo completo, sin decir nada. En seguida es el esposo quien la invita a bailar. Ella no puede negarse, la sorprendió con la guardia baja. Entonces el negro argelino toma otro cubo de queso parmesano en la punta de un palillo e interrumpe el baile de la pareja para ofrecerle a ella el queso parmesano. Se lo acerca a sus labios, carnosos, suculentos. Ella recibe el queso entre sus dientes, esquivando los labios para no despintarse el rojo de ciruela, lo degusta hasta el límite, y le agradece a gritos, para que todo el mundo la oiga. En un silencio entre dos canciones, el esposo le pide una explicación a la que parece su esposa. “Es muy simple”, dice ella, “las alemanas no somos racistas”.
Cumpleaños Quiero que vamos a mi castillo, dijo Malena Barreiro, que acababa de llegar de Munich. Le habían asignado ese castillo a diferencia mía, que me dieron un hotel para vivir cuatro días. Malena se sentía naufraga en el castillo berlinés y no quiso pasar ni una noche sola. Cuando supo que Estlanda, una de las mujeres que nos invitaba al Encuentro Internacional de Literatura, estaba cumpliendo años, se le alegraron los huesos, la carne y el corazón, que es el único instante cuando el miedo se va de paseo. Felices de que la vida nos diera una oportunidad de agradecerle todo lo que había hecho para que visitáramos Berlín y participáramos de la jornada cultural, los invitados, dirigidos por Malena, nos metimos a un supermercado a comprar los detalles: vino, dulces, cogederas de pelo. Otros nos apresuramos a redactar en nuestros libros, algunos recién publicados, una dedicatoria digna de Estlanda: de su estatura, de su alegría, de su afán. Todos nos felicitamos por la inigualable sorpresa que le daríamos. Le dijimos que tenemos muchas dudas sobre la programación del día de nuestra presentación. Que la esperábamos a la diez en el Castillo de Malena. Malena preparó el aire, los cuadros, los suspiros, los segundos y los minutos para que sea una fiesta de gala. La mesa estaba puesta con el rigor de un protocolo. Cuando Estlanda entró, todos la aplaudimos y empezamos a cantar el Happy Berdy. Entonces Estlanda enrojeció, dio dos zapatillazos en el piso, arrojó la cartera de cuero contra la mesa con una violencia de espanto, gritó como una gata herida, se pegó contra las paredes del castillo ante el pánico de todos nosotros. Cuando nos disponíamos a recoger los destrozos, ella por fin dejó de llorar. Se despidió con dos besos a cada uno, a la española, de donde yo venía: “En Alemania celebrarle a una el cumpleaños antes de la doce de la noche es una maldición”, dijo. “Ahora estoy acabada”. Hace tres años pasó lo mismo y me casé con un prisionero peruano en una cárcel alemana. Por amor. Pero se acabó en seguida.
Infiltración Los 194 legionarios marchaban por ríos y montañas atrapando peces de agua y aplastando hojas secas de sus calendarios más recónditos. De pronto, Tito, el comandante, dijo: “tú y tú y tú. ¡Ha!, y tú también”. En aquel momento, el corazón rodó por los huesos rotos de la tropa. Les quitaron los fusiles, el uniforme, las esperanzas y el nombre y los fusilaron contra la pared de un cementerio de pueblo de sombra adolescentes, al tiempo que la población huía horrorizada. Al otro día, Tito dijo: “Tú y tú y tú y tú. ¡Ha!, y aquel”. Entonces los demás, con la nostalgia firme y el alma derrumbándose por abismos de crepúsculos mujeriles, les quitaron la risa, el semblante y los sueños y los ahorcaron con una cuerda de nylon, apretando el cuello contra una Ceiba paralizada por el pánico de la muerte. En los días siguientes, los que desarmaron y mataron fueron desarmados y desnucados, envenenados, lapidados, en una palabra, asesinados. Al otro día, los verdugos eran las víctimas. Y nada más. Con los últimos prisioneros, amarrados y encadenados por los pies, las manos y el cuello, recorrieron montañas adentro y montañas afuera. Cuando 171 legionarios habían sido sacrificados acusados de ser infiltrados del ejército enemigo, los últimos, en el postrero instante de la vida, antes de ser decapitados, se dieron cuenta que el único infiltrado era el comandante Tito. Pero casi toda la compañía estaba bajo tierra, y ellos lo estarían en segundos.
&NOTA: La foto del autor de los cuentos fue tomada por: Jaime de la Gracia |
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