El nefelibata y el opio

Rafael Chaparro Madiedo

Por Ignacio Ramírez

Director de Cronopios

 

La noche de anoche fue una noche buena. Una nochebuena con marzo pasado por agua. Llena de soye bacano, pitos de ambulancia y maullidos rosados. Noche de humo no contaminante y de recuerdos gratos como el olor de las pomarrosas o la recuperada música de una bella canción que habíamos olvidado.  

La pesca milagrosa trajo de nuevo a mis manos y a mis ojos y luego a mi mente y a mi alma a Opio en las nubes,  la novela de Rafael Chaparro Madiedo, ganadora en 1992 —tres años antes de la muerte de su autor— del Premio Nacional de Literatura y postulada al año siguiente para el "Rómulo Gallegos", la más alta distinción literaria entre los latinoamericanos.

El protagonista es Pink Tomate, un gato gozón y vagabundo, filósofo y enamoradizo, que logra escurrirse por las 200  páginas con idéntico  sigilo y desparpajo al de los mininos que merodean la noche. Allí, pocos renglones antes de concluir la historia que transcurre en una atmósfera de muerte tácita, todos los olores de todas las cosas, hálitos de ciudad enloquecida y vibrante sonido de pesadísimo rock, el finisecular gato bandido anuncia contundente que ya lo ha decidido: se va, porque tiene una cita con el Club de Muertos, una singular cofradía donde hay quienes sienten que Dios acaba de mover el dedo y llegó el turno.

   En Colombia, donde la única crítica que existe es la situación, muy poca gente ha leído Opio en las nubes,  pero se hizo habitual que los opinadores de coctel, los pontífices criollos expertos en el chascarrillo y el ditirambo, acudieran a la salida facilista de comparar la novela de Chaparro con la obra del caleño Andrés Caycedo, por la irreverencia, por la música, por la ciudad nocturna que hierve y huele a sangre. Pero no: la obra de Chaparro es autónoma y distinta, el lenguaje y los elementos que maneja, son otros: encuentra sucias las mañanas de los lunes, bebe whisky y vodka en el Acuario nuclear y en el Bar Kafka, da café negro a las palomas, dialoga con el Señor Viento y la Señorita Tetas de Mantequilla y revive a la víctima de La canción del verdugo  para que se convierta en un pastor de cebras en Zimbawe.

  José Viñals, de Argentina; Héctor Rojas Herazo (+), de Colombia, y Salvador Garmendia (+), de Venezuela, quienes fueron los jurados que calificaron las novelas en el concurso que ganó Chaparro, afirmaron que se trataba de “un trabajo profundo, de gran riqueza poética y literaria, un sueño lleno de esperanza”. Es muy posible que en el mismo  hubiese obras mejores, como acontece en todos los concursos; quizás el tiempo dictamine reconocimiento u olvido, porque ese es el destino de los libros de literatura, pero la verdad por la que sí se puede meter las manos en el fuego es por el talento de escritor que había en Chaparro, simple cuestión de justicia con un gato que amaba todas las cosas que son posibles con las palabras.

  Nadie puede afirmar que Pink Tomate fuese su encarnación literaria, pero como el prodigio de la literatura permite que el lector especule y arme el rostro y la sicología de sus personajes de  papel, a muchos nos ha dado por pensar en un gato con gafas redondas, que quería acabar con la existencia de todos los cigarrillos Pielroja, todos los chicles, todas las botas de gamuza, todas las nubes y todos los aromas. Un nefelibata silencioso pero dueño de un humor inteligente y corrosivo, amante de la noche y de los recovecos de la ciudad. Los no lectores, los facilistas, los lenguaraces, los críticos de borrachera, jamás entenderán que esta novela, más que para leer, se escribió para fumar. El humo de la literatura no produce cáncer sino nefelibatas que rondan los tejados en las aguacerosas noches del marzo bogotano. ¡Miau!

 

 

 

 

 

 

 

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