¿Cómo son los suecos?

Por ANTONIO MORA VÉLEZ

 

Los suecos visten igual, comen casi lo mismo y se ven todos los años, el 24 de diciembre a las 3 p.m., el mismo programa del Pato Donald y lo disfrutan como si fuera la primera vez. Y tienen todos en sus ventanas el mismo adorno de Navidad: nueve luces montadas en una base piramidal, correspondientes a los nueve domingos de adviento. Un sueco -como escribió un inmigrante con humor- es alguien con los ojos azules y los cabellos rubios que cree en sus gobernantes, que es honrado, puntual, que come sill con papas y fresas el día del solsticio de verano y que se acuesta todos los días a las 10 p.m. y se levanta a las 5 y 30 a.m. para leer la prensa y ver las noticias de la TV.


Los suecos saben desde la temprana pubertad que una vez llegado a la mayoría de edad deben abandonar el hogar y empezar a valerse por sí mismos. Lo que no les resulta difícil puesto que cuentan con el Estado que les brinda oportunidades de estudio y de trabajo. Con contadas excepciones, no se casan sino después de vivir varios años con su pareja. Trabajan en lo que sea, sin complejos, porque para ellos el trabajo dignifica y proporciona el sustento (El salario mínimo, como ya dije en un artículo anterior, equivale a 4 millones de pesos colombianos). No son religiosos pero se comportan como si lo fueran, con una moral que ya quisieran tener los fieles de nuestras iglesias. Y viajan mucho para saber lo que pasa en ese otro lado del mundo que no se parece en nada a lo que ellos viven todos los días en su patria.


Los suecos son unos personajes insólitos que no realizan un acto sin primero pensar y valorar si con él molestan o perjudican al vecino o a otro de sus semejantes. Como se dice en un mensaje de Internet, cuando llegan temprano al trabajo parquean en el último lugar para facilitarle a los que llegan tarde caminar menos desde su coche hasta la oficina. Los suecos son expertos en solucionar conflictos y en evitar la violencia. Si alguien los ofende primero preguntan: ¿Se dirige usted a mí, señor? Son respetuosos con sus semejantes y no se sientan en los puestos de los buses destinados a los ancianos ni ocupan los espacios destinados a los coches de los niños. Aminoran la velocidad de sus vehículos al llegar a una “cebra” sin semáforo para evitar arrollar a un transeúnte descuidado y detienen el vehículo así el transeúnte no haya alcanzado la calzada, para permitirle que pase. Son tolerantes con las ideas ajenas y aunque les sean contrarias o antipáticas defienden el derecho que tienen sus proponentes a divulgarlas. Son solidarios con los pobres del mundo y por lo tanto, capaces de llorar frente al cuadro lamentable de un tugurio de Sincelejo o Montería.


Los suecos pagan altos impuestos pero lo hacen de buena gana hasta el punto de haber derrotado en las urnas a un candidato que les prometió rebajárselos. Y los pagan porque saben que los funcionarios del Estado no se lo roban y gracias a ellos tienen el estado de bienestar del cual se enorgullecen. Saben que los cobradores de los trenes no piden, en el 90% de los viajes, los tiquetes pero los compran porque esa es la ley. Los diarios se expenden en puestos públicos, sin expendedor al frente, y todos depositan sus monedas para pagar el ejemplar que toman. Ese milagro de formación humana no es casual ni producto de la raza o de la geografía. Es el producto de la educación escolar y de la educación que les imparte el medio social y cultural. Elemental, amigo Watson, diría Sherlock Holmes: Un pueblo que vive bien, que tiene los problemas fundamentales de la familia resueltos -salud, educación, trabajo, recreación y vivienda- y que ha sido educado con una filosofía de respeto por los derechos de los demás y unos principios de solidaridad social, piensa bien y se comporta bien, con contadas excepciones.

 

(El Meridiano de Córdoba, mayo 17-07)

 

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