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No quise ser cantante… Por ANTONIO MORA VÉLEZ
Ahora que está de moda un programa
de TV que busca convertir en estrellas de la canción a jóvenes y a
abuelos con talento, resulta un obligado ejercicio de la nostalgia
volver a los tiempos de la Radio Colonial de Cartagena y de la Radio
Cordobesa de Montería, años 50, y repasar los nombres y canciones que
por esos tiempos hacían soñar, del mismo modo que hoy, a los padres y
familiares de los jóvenes que ponían a volar sus voces a través de las
ondas de radio. Eran los tiempos del bolero y de éxitos como La gloria
eres tú, Delirio y Tú me acostumbraste. Cartagena era un hermoso
corralito de ilusiones, un paisaje de mar y cielo que exhibía con
altivez su rostro colonial. Y Montería, un remanso de paz con un río de
fluir imperceptible que bañaba sus deseos de llegar a ser
industrialmente frondosa como sus montes y abundante de amor como sus
aguas. Los cantantes de entonces no cantábamos con la meta de un
contrato de grabación, ni soñábamos con nuestros nombres figurando en
las marquesinas de los grandes teatros. Lo hacíamos por los premios que
los organizadores de los programas conseguían en El Centavo Menos o en
La Mejor Esquina, y la más de las veces para hacernos notar de la joven
que motivaba nuestros alebrestados deseos de amor.
A diferencia de Gilberto Santa
Rosa, nunca quise ser cantante no obstante los buenos augurios de
Joaquín Mora, un pianista argentino que me acompañó en el escenario de
la Radio Colonial de Cartagena boleros como Mientras me quieras tú,
Soñando contigo y Contigo en la distancia. Y que me llevó a cantar en el
famoso Teatro Heredia en una velada de concurso que fue el episodio más
significativo de mi fugaz vida artística, al lado de Olga Payares y de
Nicolás Pájaro. Treinta años después, otro pianista, el maestro Tiburcio
Romero, me pondría a alternar con artistas de renombre nacional en
calidad de integrante del cuarteto Amadeus, decisión que tomó por
haberme conocido de quince años cantando Soy un extraño, Estrellita ven
a mí, Usted y Bájate de esa nube, en los programas de Radio Cordobesa y
Emisora Sinú que dirigían Ramón Correa y Augusto Yepes, respectivamente.
Pero nunca quise ser cantante,
siempre pensé en ser un escritor famoso, un abogado de prestigio o un
profesor con el reconocimiento de la sociedad. Y hoy que veo el llanto
de los participantes del programa de RCN-TV, al saberse eliminados del
camino de la fama, pienso con tristeza que yo renuncié tempranamente a
algo que ellos desean con todas las entretelas de su imaginación. Y
pienso también que a los cantantes de mi época –Nurys García, Hamilton
Lora, Pedro Espejo, Ana Zumaqué, Sofía Anaya y otros más-- les hubiera
cambiado la vida un programa cono el Factor X y que varios de ellos
estuvieran aún figurando en las etiquetas de los discos y en el corazón
de sus seguidores.
Y bien, no fui “cantante de cartel”
–aunque canto cada vez que puedo—pero tampoco abogado, profesión a la
que renuncié decepcionado por un fallo injusto que le puso fin al
proceso de mi vida y para no tener que sacarle diariamente mantazos a la
corrupción y a la muerte. Y si bien la literatura me ha deparado algunas
satisfacciones, no he alcanzado la gloria reservada a los genios y no
podría vivir de ella. Me queda el reconocimiento de la sociedad a mi
labor de treinta y tres años en la educación universitaria, primero en
la universidad que me vio crecer durante veinte años como maestro y como
persona y después en la institución universitaria que ayudé a forjar con
mi porción de sueños. Pero los arúspices me anuncian borrascas
procelosas que amenazan con hundir la barca. Y no por culpa mía, que he
sido fiel a mis principios desde siempre, sino de la fatalidad, que me
puso a amasar el futuro en el taller equivocado. Tal vez si hubiera sido
cantante hoy no viera con temor la posible pérdida de la tranquilidad
que creo me merezco a mis casi 64 años, después de haberle cumplido a la
sociedad con mi trabajo académico, modesto pero digno y fructuoso, y con
mi pequeño pero reconocido aporte a la literatura nacional.
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