¡Vivan las desobedientes!

 

 

Por Ignacio Ramírez

Director de Cronopios

 

Mientras el señor Bush protagonizaba su sainete en tierra colombiana, yo preferí meterme entre la cama con mis mujeres favoritas: las insumisas que me esperaban hace tiempo en su casa de papel llamada “Las desobedientes mujeres de nuestra América”, que recordaba haber leído con admiración y deleite, repetidos ahora en un reencuentro tan vivificante y cálido como la oportunidad que de vez en cuando nos da el tiempo para volver a ver a alguien a quien mucho hemos amado, de quien tenemos vibrantes y fervientes recuerdos, aromas y hálitos que permanecen en el sueño de la espera, atentos al día del regreso, aunque sea fugaz, relampagueante.

Aquí hay historia de nuestras más aguerridas y bizarras mujeres, testimonios de su paso por este vertiginoso cruce de caminos misteriosos que es la vida. Mujeres revoltosas que supieron lo que hicieron y cuyas historias hoy nos iluminan el camino (¡Nada de bushes que oscurecen y asfixian ni de genuflexos títeres turulatos de glifosato!)

Por la dificultad de complacer a todo el mundo, es posible que aquí falten algunas de las irreverentes y beligerantes damas hispanoamericanas que en los quinientos años de opaca y violenta historia de conquista y pisoteo se le han plantado de frente al enemigo, elevado el grito, levantado el puño, dicho la verdad y hasta ofrendado la vida convencidas de que sólo con dignidad y justicia  vale la pena subsistir.

Como bien sabemos, ni el decoro ni la equidad se establecieron jamás por estos pagos, pero no porque el aporte haya sido inútil, sino porque la guerra es muy larga y desigual y la recuperación de la decencia y la cultura a partir de las ruinas, se parece mucho al popular proverbio de "buscar una aguja en un pajar".

Pero aquí están, estas son, no hay duda: "Las desobedientes, mujeres de nuestra América", retratadas con acierto en un libro de casi 600 páginas —tejido con la paciencia y la exactitud con que las arañas elaboran sus redes— por las profesoras Betty Osorio, del Departamento de Filosofía y Letras de la Universidad de los Andes, en Bogotá, y María Mercedes Jaramillo, catedrática en Fitchburg State College, Massachussets, Estados Unidos de América, quienes convocaron a expertos y expertas colegas para que nos contaran bien las historias conocidas y desconocidas de mujeres que entre nosotros, en su época y a la hora precisa,  fueron ejemplo de consecuencia y dignidad.

Son muchas y muy importantes. Todas. Tanto, que mencionar a unas pocas es injusto. Pero más que en el libro, en una pequeña página virtual cabe mucho menos de lo que uno quisiera decir.

 

En todo caso, aquí están, entre otras berraquísimas féminas, figuras de la talla de La Gaitana, valiente, astuta, echada pa´lante y ejemplar imagen de la altivez. Y María Cano, "rebelde y transgresora del poder oficial", lo mismo que Antonia Santos y Manuela Beltrán, Manuela Sáenz, Policarpa Salavarrieta, y la inmensa Débora Arango, que aún nos hace sentir (como las otras) que a estos pueblos lo que les falta son ¡cojones!.

 

No podían faltar ni esa primera gran poeta de América, Sor Juana Inés de la Cruz, ni aquella "hermosa como diosa y que por tal la tenían": La Malinche, símbolo altivo de la tierra y de la raza durante la conquista de México, ni la fundamental Rosario Castellanos, mujer que blandió la palabra como una actitud capaz de hacer valer derechos y respeto, ni la voz penetrante de Violeta Parra, ni la rebeldía de Magda Portal, ni la textura de las cejas y los pinceles espesos de Frida Kahlo, ni el alma aguerrida de Flora Tristán, ni la bullente sangre campesina de la hondureña Elvia Alvarado, ni la llama viva, ardiente y creciente de Rigoberta Menchú —"a quien muy pronto le nació la conciencia"—, ni el Taller de las Arpilleras de Puente Alto, en Chile, ni las muchachas de La Habana, ni las perpetuas Antígonas: Madres de la Plaza Mayo, cuyo llanto perpetuo más que plañido es grito de guerra y recorderis para que hoy tantos hombres y mujeres que no hacemos más que criticar, intentemos algo por lo menos digno, antes de que nos desaparezcan. Sí: aquí están, estas sí son. Señoras: ¡mis respetos! ¡Vivan las desobedientes!

Ahora por casualidad me topo con un noticiero de la noche. Los turiferarios están felices porque vieron pasar de lejos el Cadillac blindado y descubrieron que el plan de seguridad previsto para que nada le pasara al Irakundo y risueño visitante inconsciente llevaba cortejos idénticos como en las farandulescas películas de James Bond. ¿Qué clase de periodismo abyecto es este? ¡Qué vergüenza!

Aquí entre la cama, con todas ellas en plena orgía de orgullo latinoamericano… ¡Qué alegría! ¡Vivan las desobedientes!

 

* Las desobedientes mujeres de nuestra América, Panamericana Editores.

 

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