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Las muletillas las prefieren brutas
Por JOSÉ LUIS HEREYRA COLLANTE
Por supuesto que el título proviene del libro de moda, “Los caballeros las prefieren brutas”, de Isabella Santodomingo (Grijalbo Mondadori, 2006), quien a su vez tomó su título de la conocidísima película “Los caballeros las prefieren rubias” de Howard Hawks (1953), película en la cual actúan en los papeles estelares Marilyn Monroe y Jane Russell, lo cual demuestra un poco “la lucidez” de grandes pensadores que sostienen que “es muy difícil que haya algo de verdad-verdad original”. Además, es necesario, para completar esta breve historia, apoyarme “en la muleta”, quiero decir, en la segunda acepción del DRAE del diminutivo de “muleta”, que reza que “muletilla” es “voz o frase que se repite mucho por hábito”.
Todo lo anterior porque hay un límite para el sufrimiento humano. Y lo digo porque estoy a punto de elevar una cruzada santa contra las sendas secciones de farándula de tres programadoras colombianas de televisión (dos canales privados y un tal canal “independiente”) matriculados en la ordinariez estúpida de un formato televisivo donde “unas viejas” –que están, más o menos, “buenas”– chacharean de las frivolidades habidas y por haber, pero, apenas comienzan a “hablar” dan ganas, después de defecarse de la risa ante tanta estupidez, de salir corriendo de lo tapadas que son, las pobres. Por supuesto, han sido (tienen que haberlo sido) reinas o virreinas de belleza para estar ahí hablando de que todo es “divino”. Sí, porque todo para ellas es “divino, divino”. Es el término del nuevo milenio, equivalente al “fabuloso, fabuloso”, de los años setentas, la muletilla de las que son cincuentonas hoy en día. Pero, para llegar al “divino” ellas, las presentadoras de farándula, bastante bonitas pero con muecas y bocas torcidas sin remedio de cirugía cosmética, primero se saludan entre sí y acometen con la frasecita más muletillera de los últimos tiempos: "¡Qué rico verte! ¡Qué rico encontrarnos de nuevo! ¡Qué rico ir a ese tour! ¡Qué rico que se case fulanita con ese futbolista!..."
Uno de estos sábados anteriores iba en un cómodo bus de lujo rumbo a otra ciudad del Caribe colombiano y, en el doble y mullido asiento de delante, que parecía de primera clase de un “airbus”, y bajo el suave rumor del acariciante aire acondicionado que invitaba al silencio o a la confesión, dos chicas conversaban animadamente sobre los acontecimientos sexuales de la noche anterior. Al principio no quise oír por pudor viril, por ética personal, por no ser chismoso de los aconteceres epiteliales íntimos de las dos jóvenes, pero, cuando la conversación reiteró en lo lingüístico y el atropello baboso y vacuo de la muletilla de moda hoy, supe que tenía licencia para oír, ya que lo que soltaba el discurso era, palabras más palabras menos, lo siguiente: “Imagínate, mija, que conocí a un tipo espectacular. O sea, fue en el baile de Chuchita De Hoyos, que estuvo espectacular. O sea la música sonaba espectacular y el tipo, canoso él, se veía espectacular, o sea, se veía que tenía billete. Se acercó a mí y me sonrió espectacular. O sea, cuando habló vi que tenía un colmillo de oro espectacular. Me ofreció un whisky y, cuando fue a servírmelo, vi que tenía un reloj espectacular. O sea, bailamos un rato con todo bien puesto (donde sabemos) y por eso acepté cuando me dijo que quería que me fuera con él. Salimos y ¡prívate! se acercó a una 4 x 4 ¡espectacular! con una música espectacular. Ya el traguito me hacía cosquillas por dentro… Me llevó, primero, a un restaurante espectacular y después, o sea, a un sitio íntimo espectacular. Besaba espectacular y por eso me dije a mí misma que si todo iba a seguir así de espectacular ¡qué carajo! ¡O sea, que tenía que vivir algo tan espectacular!”
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