Música, misteriosa forma del tiempo 


Por JOSÉ LUIS HEREYRA COLLANTE

 

“En el principio era el silencio. Y vio Dios que todo lo que Él había creado tenía Su alma, tenía Su aliento. Y entonces, para mover eternamente la vida según Su ritmo, creo la música…” En algún texto sagrado oculto, de esos textos sacros aún no descifrados por el hombre,  debió haberse escrito en estos términos la génesis de ese proceso indescifrable de la vida en el cual estamos inmersos, que no cesa y cuyo inicio se pierde en la oscura faz del tiempo primigenio. Porque nada representa el rostro y el ritmo de la Divinidad como la música. Porque música hay en la lluvia, en el susurro del follaje de los arbustos y los árboles empujados y acariciados por el viento, en el eterno oleaje sobre la huérfana tierra… Porque música hay en los cascos de las grandes manadas cuando hieren multitudinariamente las estepas, las praderas… Porque música hay en los rugidos de las fieras, en el estruendo hondísimo del trueno que nos sobrecoge y del fuego cuando crepita e ilumina nuestros miedos y nuestras alegrías frente a su calor y su luz en las largas noches de invierno… Porque música son las internas saetas acústicas de las aguas de los océanos que murmuran el amor de las criaturas que buscan perpetuarse sin saberlo y que copularán la naciente vida…

Desde niño, en esa cálida Arenosa que sigue siendo en su seno Barranquilla, cuando llegaban los diciembres, me quedaba sin respiración casi para oír mejor en las noches los lejanos tambores que habían llegado del África atravesando los mares y que ahora se enredaban con las estrellas del despejado cielo decembrino barranquillero y las flautas de millo, y así tejían los acordes de las cumbiambas que ensayaban sus cantos ancestrales que reinarían en los Carnavales inminentes.  Iba siguiendo los acordes y temblaba cuando oía ya cerca esa música que me repercutía al compás del corazón. Hasta que una noche sentí tan cerca la Cumbiamba que, con el corazón palpitando al galope, me vestí y salí sin ruido de la casa. En la esquina de abajo iba la multitud y una bocanada de brisa me pegó, con música y algarabías, en el alma. Llegué corriendo hasta frente a ellos y todavía sigo allí, junto a las caderas de las mujeres meciendo el Universo, las velas oscilando hipnóticamente desde sus manos y sus pies que eran como alas finísimas despegando de la Tierra sin renunciar a ella. Siempre me acompaña esa madrugada mágica en los momentos sublimes. O en los tristes, aciagos e ineluctables.

Por eso, mi alma siempre está iluminada por la música. Toda la música del mundo me acompaña, muchas veces sin que nadie vea que está allí. Porque la mayoría de las veces me acompaña por dentro. La voz de Felipe Pirela, Miltinho o Tito Rodríguez interpretando los boleros de Agustín Lara o de Rafael Hernández, marcando el recuerdo del primer amor. Las porros, cumbias y merengues de nuestra música raizal costeña, caribe, como el inmortal “Carmen de Bolívar” de Lucho Bermúdez o “Atlántico” en la interpretación de Pacho Galán, o el “Lamento Naúfrago” de nuestro Rafael Campo Miranda. El blues o el jazz. Las grandes canciones populares italianas como “O sole mio” o la gálica voz de la Piaff o el “Venecia sin ti” de Aznavour. Los nocturnos de Chopin o el oleaje indetenible de Bach. La música pop norteamericana, con Fifth Dimension o el rock clásico con los Beatles o los Stones, Johnny Nash, Jethro Tull… La salsa clásica de Pete Rodriguez, los Lebron Brothers, Ricardo Ray, Joey Pastrana, Willy Colón y Héctor Lavoe. Y ahora me embriago con las voluptuosas caderas que acompañan el reggaetón de Daddy Yankee o Don Omar, y hasta con el grupo RBD, con los cuales he logrado seguir viviendo y entendiendo esa bendita, incomprendida y tumultuosa edad de la adolescencia. De allí que sienta siempre una revelación superior cuando los versos de “El otro poema de los dones” de Jorge Luis Borges me resuenan como un leve eco iluminado en el alma: “Por la música, misteriosa forma del tiempo…”  

 

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