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COLLOQUIUM
Más de 30 escritores colombianos residentes en el exterior y convocados por la Feria Internacional del Libro de Bogotá para que contaran sus experiencias, trazaron las primeras señales de identidad de nuestra literatura en marcha a comienzos del siglo XXI. Julio Olaciregui y Luis Fayad se dieron un abrazo efusivo y prolongado al encontrarse después de muchos años; tantos, que ninguno de los dos supo precisar. Se miraron a los ojos y volvieron a abrazarse, sin palabras. Y cuando se les preguntó si el hecho de que los dos vivieran en Europa —Julio en París, Luis en Berlín— les hacía más fácil la comunicación entre ellos que con sus colegas en Colombia, respondieron al tiempo: “¡No, nunca!”. Saben uno del otro porque el correo verbal de los visitantes ocasionales les lleva chismes y noticias, pero a la hora de la verdad cada cual anda en lo suyo en esos lugares distantes de Colombia, que escogieron para ejercer su oficio de hombres de palabra. En episodios como este comenzaron a configurarse las señales de identidad de lo que constituyó el tema principal de la 17ª Feria Internacional del Libro de Bogotá, a la cual asistieron como invitados de honor, junto con cerca de 30 colegas residentes en diversos lugares del mundo: Escritores colombianos en la diáspora – El pensamiento que regresa. Esa señal, que ninguno de ellos mencionó por su nombre, es la insularidad, que se descubrió en sus emocionados relatos de cómo ha transcurrido la vida lejos del país, persistiendo en un oficio cuya materia prima son las palabras y enfrentándose a la vez con culturas y costumbres diferentes a las colombianas, que a pesar de los años no los dejan. En el transcurso de la Feria del libro y dentro de este plan de reencuentro de los escritores que vinieron del extranjero con los que viven y escriben en Colombia, todo el tiempo estuvieron relatando experiencias y debatiendo temas relacionados con la literatura colombiana y dando claves para que los asistentes a sus conferencias trazaran un mapa actual del país invisible que se escribe y que vuela en los libros como paloma mensajera, que lleva a los lectores las noticias de la fantasía —desde el cuento o la novela y la poesía—, el país que habita en el alma de los escritores. El acontecimiento literario fue propuesto desde dos años atrás por Cronopios a la Cámara colombiana del libro, donde encontró acogida ferviente y ejecutiva en el director cultural de la Feria, el escritor Guido Tamayo. Como moderador y coordinador del proceso actuó siempre el escritor, crítico y ensayista Alfonso Carvajal. Primero fue el sueño, luego la tejida de la telaraña, más tarde la realidad, ahora el recuerdo, mañana la historia, porque pasarán muchos años antes de que se haga posible la reunión en prolongada fiesta de los hombres y mujeres que escriben y describen a Colombia. Se notaron ausencias todo el tiempo. Los tres que nunca van a nada y sin embargo están en todo (viven tan ocupados que no tienen tiempo, o están hartos ya de la fama y de los éxitos): Gabo, Mutis, Vallejo. Pero son, aunque no estén. Y otros que no pudieron venir, pero cuyos nombres y obras estuvieron con nosotros todo el tiempo: Helena Araújo, Ricardo Cano Gaviria, Arnoldo Palacios, Miguel de Francisco, Marco Tulio Aguilera Garramuño, Rodrigo Parra Sandoval, Alexander Prieto, Antonio Ungar, Armando Rodríguez, Arturo Prado, Dasso Saldívar, Fernando Garavito, Gloria Cecilia Díaz, Gustavo González Zafra, Jaime Delagracia, José Luis Díaz-Granados, Juan Carlos Galeano, Lenito Robinson, Medardo Arias, Winston Morales, Neftalí Sandoval, Alba Lucía Ángel... en fin: muchos que también son pero no pudieron venir, aunque sí estaban. Pido perdón a los no mencionados. Bien saben, con seguridad, que no se trata de olvido ni exclusión, sino de cáscaras de plátano que pone la memoria al pie de los afectos y las admiraciones y cuyo resbalón ha de sentirse duro a la hora de las protestas, que serán tan bienvenidas como esperamos que sean aceptadas las disculpas. ¿Y entonces, quiénes sí? Vinieron de muchas partes: la poeta y traductora Anabel Torres, quien vivió 15 años en Holanda y ahora lleva 3 en Barcelona. Lanzó aquí su más reciente libro de poesía, Agua herida, y participó en coloquios, conferencias, mesas redondas, lanzamientos, entrevistas de prensa, radio y televisión, lo mismo que todos los escritores visitantes, para quienes la Feria no solo fue una gran fiesta sino que abrió muchas puertas al reencuentro con amigos, lectores, editores y especialmente país, al que la mayoría, después de mucho tiempo, vieron y vivieron tal como es ahora, frente a frente y comparado con el que traían en la imaginación. También de Barcelona el joven novelista y cuentista Juan Gabriel Vásquez. Roberto Rubiano y Antonio Correa, de Quito, Ecuador. El escritor Víctor Rojas, a quien pocos conocían en Colombia, residente en Suecia desde hace mucho tiempo, cuentista y novelista, pero a la vez abogado, con un cargo oficial en el departamento sueco de criminología, traductor notable del sueco al español, encargado de interpretar las obras de los miembros de la Academia de Estocolmo, para convertirlas en libros de gran circulación e inmenso aprecio en los países nórdicos. De Madrid vino Consuelo Triviño, novelista, cuentista, ensayista, columnista de prensa española, al frente de la página virtual del Instituto Cervantes. De México Mario Rey y Jorge Bustamante; el primero sostuvo durante cerca de 15 años un festival de cultura colombiana en el Distrito Federal y publicó la Revista Casa Grande, punto de encuentro multinacional de autores colombianos. Bustamante, el poeta, presentó una ponencia magistral que sentó bases concretas para generalizar el hecho de cómo, a pesar de los años transcurridos y la distancia de por medio, los escritores colombianos que viven geográficamente lejos del país, permanecen anímicamente ligados a su recuerdo y al deseo de regresar. También Freda Mosquera, de Florida, USA, donde aparte de escribir es creadora y sostenedora de un Club de lectura que se reúne periódicamente en la sede de la librería Barnes & Noble, una de las más prestigiosas de los Estados Unidos y a donde acuden ávidos hispanoamericanos que han descubierto que en la lectura encuentran el sosiego y la esperanza que parecían habérseles escapado en el ejercicio de una vida solitaria y cruda en medio de sociedades que no los tienen en cuenta para nada distinto a segregarlos. De allí también Luis Alberto Miranda, José Álvarez y Adriana Herrera, quien sostiene que a ellos “los acerca también lo que a todos los seres humanos: la sombra de la muerte, la atadura del eros, y las tejeduras de la memoria; pero en ellos, esas huellas se vierten en un oficio único: son inventores de mundos levantados sobre el lenguaje. Además, escriben en ese tiempo en el que, como anota Vargas Llosa en El lenguaje de la pasión, los escritores no trabajan para la posteridad, con la esperanza de que sus libros serán “pasaportes hacia lo eterno”. No: escriben para poder vivir. Escriben, en medio de todos los vértigos que impone la supervivencia, para defender el oficio más libre del ser, el fiero espacio de la creatividad. Escriben porque de otra manera enfermarían de angustia. Y, de un modo soberano, para divertirse”.** Eduardo García Aguilar, también procedente de París, confiesa algo que los demás aludieron sin sostenerlo de manera tan contundente: “Llevo 30 años fuera del país, pero de aquí nunca me he ido”. Y contó sus experiencias de joven sociólogo caldense llegando a París por primera vez, hace justo tres décadas, con la decisión de convertirse en el escritor que hoy es, con tres novelas y muchos libros de cuentos, poesía y otros géneros publicados y traducidos en diversos países y para públicos heterogéneos. Cáustico por naturaleza, reclamó más rigor y crítica objetiva y seria en torno a la literatura y la poesía. Otros, como Magil —Manuel Giraldo— quien hace casi 30 años vive en Barcelona y en los últimos tiempos regresa a Colombia cuantas veces puede, después de una trilogía de novelas donde refleja situaciones humanas, se ha encausado por narrativa y activismo social, que lo mantienen en trajines relacionados con la política y los derechos humanos y le han dado el piso y el espacio para afirmar que “en un mundo tan complejo y caótico, si no escribiera no podría vivir”. Vinieron muchos más: Jaime Manrique Ardila, de Nueva York; Andrés Burgos, de USA; Armando Romero, maestro de literatura en Cincinnati y viajero por el mundo, con su literatura y su poesía; Enrique Córdoba, quien aparte de su labor literaria ejerce el periodismo cultural recorriendo países y entrevistando personajes que luego habitarán sus libros. Vive en Miami y desde allí emite todos los días Cita con Caracol, un programa que se ha convertido en enlace de la cultura colombiana especialmente para los residentes en los Estados Unidos. Vino con su programa, que transmitió en directo día tras día. De allí, también, la profesora y escritora Luz Macías. Tomás González, quien residió mucho tiempo en Nueva York y vino esta vez ya para quedarse. Y muchos otros cuyos nombres se escapan en una crónica como esta, escrita de memoria y eslabonada por vivencias intensas de 20 días repletos de emociones y sorpresas frente a una realidad que estaba latente pero faltaba palparse así, cara a cara: el pensamiento colombiano expresado por los escritores, trabajadores solitarios y muchas veces anónimos por obra y desgracia de la indiferencia de los medios de comunicación masivos —que les niegan espacios cuando no les ignoran—, quienes de todas maneras constituyen una fuerza viva importante en un momento de crisis social, de guerra, de violencia, donde se hacen necesarias las alternativas del discernimiento como ingrediente básico en la búsqueda del equilibrio. Diáspora no es la palabra precisa para identificar a los escritores colombianos que viven hoy en el extranjero. Tampoco exilio. La mayoría de los que aquí vinieron están lejos porque lo decidieron voluntariamente y porque —desde sus perspectivas individuales— en Colombia no se respeta ni se tiene en cuenta la labor del escritor, como sí sucede en casi todos los países de donde proceden. Otros, la minoría, que sí se han acogido al asilo político porque son perseguidos o amenazados, cuentan en privado —sin excepción— historias dramáticas que piden no revelar ni publicar hasta cuando se produzca su regreso al lugar donde esperan que cambien las situaciones absurdas de la guerra colombiana, para volver, que constituye el denominador común de todos: estén donde estén, Colombia vive en ellos. Y no se trata de nostalgia tropical, ni de sentimentalismos primarios. No. El oficio de escribir es a la vez que disyuntiva para soñar, territorio para batallar, para decir, para permanecer aquí aunque estén allá. Por eso, al concluir el encuentro de los hombres y mujeres de palabra, quedó la sensación de haber cumplido un sueño donde fueron palpables señales y argumentos para consolidar el anhelo de los organizadores de esta Feria del libro: El pensamiento que regresa. Volver para vivir. En la palabra vida está la clave. * La revista Horas, en su Número 6 que comenzó a circular hoy en Colombia, publica este artículo solicitado a Cronopios durante el transcurso de la 17ª Feria Internacional del Libro de Bogotá. El texto que ustedes leen en nuestro diario virtual ha sido actualizado, tras la conclusión de la cita bibliográfica. ** El texto entre comillas ha sido tomado del prólogo del libro Letras en la diáspora – Cita de 6, publicado por la Casa de la cultura hispanoamericana, que contiene cuentos de Jaime Cabrera, José O. Álvarez, Martha I. Daza, Luis Alberto Miranda, Juan Pablo Salas y Rafael Vega, escritores colombianos residentes en Florida, Estados Unidos. El prólogo es de Adriana Herrera, quien también participó en el reencuentro. |
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