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Por Ignacio Ramírez Si Juan Manuel Roca cuando era niño fue quien más influyó en Juan Manuel Roca para llegar a ser grande, yo —que tengo por qué saberlo porque compartí las fantasías cuando él no era poeta sino niño— no dudo que Juan Manuel Roca en aquel tiempo fue Rocamadour, el bebé de Rayuela, quien antes de aprender a hablar hablaba y cantaba poesía y llenaba de olor a utopía los paisajes de las orillas del Sena, los puentes viejos y los amores nuevos, los sueños lúdicos y eróticos de La Maga con Horacio Oliveira, los corazones desnudos que palpitan en las calles interiores de quienes leen y juegan, arman y desarman crucigramas que no se construyen con palabras sino con sombras de pájaros en el rostro de los ciegos o pasean el tacto por los rincones de las casas viejas. Y no fue por estirpe de Cronopio que Roca fue Rocamadour cuando era niño. ¡No! Su rayuela está pintada en una piedra negra sobre una piedra blanca, en Lezámicos-Límicos viajes inmóviles, en Cháricas heridas tan cercanas al sol que lucidizan, en inmensos caballos grises de Rendón, medusas de Góngora, dedos en la llaga hundidos por Samudio en nuestro país en messotinta, violines de Chagall, señoras y señoritas de Degas y especialmente en el remolino erótico estético poético que son las mujeres que lavan el agua, quienes a su vez son o es la única mujer que lava el agua. Ahora Rocamadour, con solo sesenta círculos de calendarios alrededor del cuello embufandado, es Roca madura en la poesía y en sus vericuetos que son amor y humor al tiempo, refulgentes a veces y en otras drásticos como la irrealidad que soportamos. Roca madura en el galpón del tiempo, como tilda a la vida según ella cacaree o cante, porque el oído y los ojos del poeta son más que su lengua o que su pluma y en consecuencia las palabras del poeta no son palabrerío sino invención, imagen, diccionario de todo lo invisible hecho palpable. Ahí, el lector Ulísico descubre el universo de un singular vocabulario: el del poeta fuente del azogue que captura la imagen del otro lado del espejo. Rocabulario que encontró y captó Henry Posada, quien funge ahora de recopilador de los espejismos y las irrealidades que habitan las palabras sin las cuales estaría perdida la esperanza, porque tal como duermen y se desperezan los vocablos en los diccionarios de uso, ya nada significan, nada valen, son cruces y epitafios enjaulados en cárceles con barrotes de papel cada vez más amarillo, más cotidianamente invadido de polillas y de ácaros. Cada lector de Roca es libre de armar y desarmar su particular Rocabulario. Posada, por ejemplo, piensa que en días como agujas está la Soledad: “Estoy tan solo, amor, que a mi cuarto/ sólo sube, peldaño tras peldaño,/ la vieja escalera que traquea”. Yo encuentro más la Lejanía, esa dulce y tortuosa compañía que siamesa al poeta por sobre todas las demás. Y un curioso encuentro de antípodas en el Rocabulario, que por igual destila miel que curare. Bateman, por ejemplo: “Tenía un apellido bronco, de beisbolista, de hombre al bate, y un peinado de colmena o de trupillo que a veces semejaba el inmenso brócoli que es la selva desde el aire, una alacena vegetal bajo el aire caluroso del que cayó años después en una avioneta que revoloteaba como un Ícaro del Caribe”. Y al lado, codo a codo, Bateman y Benedetti sin duda resultan mucho más que dos: “Mario Benedetti es a la poesía lo que Oswaldo Guayasamín a la pintura, lo que Silvio Rodríguez a la música, lo que Eduardo Galeano a la historia, lo que Isabel Allende a la novela, es decir, lo que Julio Iglesias a la filosofía”. Ese es Roca maduro, poeta de alto vuelo cuando arma de alas a la palabra, de certero veneno cuando la dispara: “Aquel mal poeta pero famoso burócrata fue cortesano desde niño. Hay una fotografía de su infancia en la que está trepado en un triciclo con placas oficiales”. ¡Escóndanse todos los Benedettis y todos los burócratas, todos los vivos que matan a los muertos, aquel que tenga pecho de cristal y acuda a los motines, los narcisos que no saben nadar, llegó el Rocabulario y en sus predios el poder de la palabra se hace imagen y todo puede suceder como en los sueños de Akira Kurosawa. Lean y vean otro botón de muestra: Ché: En esos años que ahora veo envueltos en niebla, regábamos el jardín libertario, aprendíamos el abecedario trunco en una remota escuela de Camirí, el A B C CH de la utopía. El Rocabulario es A B C CH D pero no tanto de la utopía cuanto de la lejanía y la ironía: Desamor: Dice el proverbio chino que no es posible atrapar un gato negro en un cuarto oscuro, sobre todo si el gato no está en él. Por eso mismo, quizá, es que no logro hallarte en mi corazón. Escritura: Marcel Proust decía que siempre terminamos haciendo lo segundo que mejor sabemos hacer. Por esta razón, quizá, en vez de dedicarme al ocio me dediqué a la escritura. Henry Posada, hombre de palabra, ha releído a todo Roca y en su Rocabulario ha descubierto su catálogo de imágenes poéticas desde el punto de vista del lector que en estos ejemplos aletea: Hombre: He sido un hombre cercado por la jauría, una mujer ciega a quien hiroshiman sus recuerdos, el pálido prisionero a quien alimentan con las aguas del oprobio. He sido la pupila fija de los desterrados o el hombrecito acorralado tratando de forzar las puertas del suicidio, el hombre, mal espejo de sí mismo. Gustavo Mauricio García, El Editor de Ícono, el sello del Rocabulario, ha cimentado su proyecto y puesto su visión y su esperanza en estas definiciones ingredientes para un apetitoso banquete bibliográfico: prestigio del autor, calidad y contenido, presentación y sustento, más dosificación exacta de lo indispensable, que nada falte, que nada sobre... Humor: Ángel de la guarda, el humor me ha salvado frente a los embates de un país donde no podría vivirse si no se contara con su extraña coraza. El humor es lo que me permitió trabajar varios años en un periódico aún después de recordar la frase de Guido Ceronetti citada por Cioran en sus Ejercicios de admiración: “¿Cómo una mujer embarazada puede leer un periódico sin abortar inmediatamente?”. El humor me ha salvado del miedo en un país cruento, tabla de náufrago. El humor me ha resguardado de enemistades aunque también me las ha granjeado, campo de guerra. El humor me permite burlarme de mí mismo, espejo bizarro. El humor entra a saco contra un país de políticos llenos de vacío, anómalo guerrero. El humor atempera mis anhelos de trascendencia, guardián severo. El humor me hace orar a un dios estrábico y casero para que su risa se ponga de mi parte. Olor: En la casa de mi infancia siempre hubo dos olores dominantes. Uno era el de las flores y el de la hierba recién cortada (fui un José Celestino Mutis de bolsillo) y otro era el de los libros (fui un Gutenberg de parroquia)... Ruido: Los niños ciegos reemplazaban el balón por una caja de lata y jugaban con el ruido. Cuando el ruido rodaba hacia algún lugar del patio, los niños lo perseguían, lo pateaban corriendo entre las sombras. De la A a la Z, el escrutador de significados obtiene el diccionario de imágenes del Rocabulario. El Editor labra una joya y la echa a brillar porque no requiere rodar como bola de nieve sino alumbrar el mundo que es sombrío y necesita como Fausto, luz, más luz. Yo, lector, me confieso: recuerdo a plenitud cuando Roca era niño y ni él ni yo sabíamos aún que influiría tanto en el poeta grande, a quien le doy la mano o el abrazo o lo miro a los ojos o al recuerdo y siento el producto del milagro de quien sin decir palabra ya parece un nido lleno de pájaros exóticos, de las especies de los escamoteos, los tranvías, los perros baconeanos, los caballos rendónicos, los zapatos llenos de cansancio, los relojes, el pellejo, los jorobados, los espejos, el verbo iroshimar, los lotófagos, Nadie y su fiel Argos, el albañal, la infancia, la noche, los fantasmas, Michaux, Pessoa, Rulfo, Machado, Coyoacán, Luvina, y Lejanía, siempre Lejanía, como cuenta la historia de Assurbanipal, el Rey Asirio con nombre de trabalenguas que ordenó inventar y luego construir el primer diccionario de la historia que vino luego a servirle de tabla de salvación a Homero para su Iliada y su Odisea, que fueron y serán siempre Lejanía como son el llanto de Rocamadour y la poesía de Roca, de donde emana este Rocabulario.
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