Carlos Perazzi

Argentina

Durante un tiempo fui testigo de la búsqueda incesante de Carlos Perazzi por un tema que pudiera volcar en una serie de poemas. Puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que el  tema finalmente apareció en el calor de alguna conversación  sobre poesia. A esto se le sumó, seguramente, el hallazgo de los versos de Edmond Jabes: 'Todos los Libroso escritos en el mar./ En el fondo del agua, la palabra se halla en su elemento /  Escucha, oh escucha, el agua en el vocablo". Este libro tiene una caracteristica particular, da la sensación de que el autor nos invita a situarnos en una geografia vasta y universal donde cada poema refleja en su oleaje "minuciosas historias' Poesia de contemplación y re‑creación. EI itinerario nos marca ese estado entre el silencio de la contemplaciön y la expansión creativa, tal como el movimiento del mar. EI poeta nos guia en las profundidades de esta geografía donde todo es posible, hasta "la nada inicial del tiempo perdido. Pablo Neruda confesó que necesitaba del mar porque "enseña". Carlos Perazzi se descubri6 en el "arduo laberinto" del mar. Dos imágenes, como forrnas posibles de diálogo con las cosas del mundo.

Pablo Montanaro

 

 

Poemas

El mar como un presagio de resaca implacable
en la memoria de cardúrnenes
sin redes apostadas tras la primera siembra.
 
Lo profundo
hilándose en la geografía
que lleva la corriente en sentido contrario
próxima a soltar los remos.
 
Se hace vuelo la noche en los ojos quietos de sal
sensación minuciosa del vacío
como una estaca clavada en el horizonte.
 
En alguna playa
un círculo oscuro
conforma los límites de historias mezquinas
 
                                         que no podrán ser
                                         que jamás empiezan.

 

 

De pronto / sumergirse
en la esquiva omnipotencia del oleaje
 
y enumerar /
por las formas sostenidas en el herrumbe /
las insaciables proas del puerto ebrio
 
girando / presuntuosas /

alrededor de un abismo / que no cierra

 

12

 

Y la lluvia elejándose hasta el vértigo
acuerda con Dios las veleidades de la orilla.
Aúllan suefíos secretos en la mano que sostiene
los susurros intemos de la primera marea.
Algo se cierra en el instante perdido para siempre,
roza la piedra y prosigue atravesado por la espuma.
Es aquí donde cae la sombra
y devienen los límites del acantilado.
Inmutable, el mar subraya en el cielo la memoria del ocaso
para regresar, luego, hacia la arena blanca.

 

 

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