Carta abierta a los Colombianos y a Antonio Navarro.
 


ARTURO PRADO LIMA


(Madrid. APL) -En Colombia hay dos grandes realidades: una real y otra aparente. Y 44 millones de verdades distintas divididas entre las dos primeras. No exactamente en igual número. Intentaré agruparlas en verdades más o menos afines y que se amontonan en partidos políticos, religiones, Ongs, gremios, sindicatos, independientes, comerciantes, terratenientes, banqueros e industriales; organismos secretos, guerrillas, pseudoguerrillas, artistas y antiartistas, Poetas y antipoetas, terroristas, apolíticos, clases sociales, guerreritas y pacifistas, machistas y feministas, etc. Cada movimiento, grupo o grupúsculo, con o sin bases históricas, tenemos nuestra propia verdad. Y la vigilamos, la cuidamos con esmero. Es nuestro“YO”. A todo honor. Los colombianos somos seres de honor, en la política o la poesía, la delincuencia o la ternura, la construcción o la destrucción, la tortura o el amor, el machismo o el feminismo, la religiosidad o el ateísmo, el trafico de drogas o el consumo, el servilismo o el patriotismo..

Los Políticos que han hecho de la delincuencia su arma moral tienen como verdad la manipulación de las masas a través del miedo: el terrorismo selectivo, la destrucción de la democracia, el fin de Dios y las instituciones. No hay otra forma de hacer política: la destrucción del enemigo, que son todos, es una necesidad histórica. Es el pesudomaltusianismo moderno. Para ellos la pobreza, la guerra por la supervivencia, la ignorancia, el hambre u otras necesidades imprescindibles para vivir son un negocio de supervivencia política. Esa es su verdad. Y tienen que cuidarla: tienen que evitar la desaparición de la pobreza, del narcotráfico, del analfabetismo, de la corrupción aparentando que la combaten. Si estos males desaparecen, ¿Con qué hacer política?. Es más, ¿Qué sentido tiene la política?.

La fe, la esperanza, el futuro, incluso después de la muerte, es la verdad de los curas. Políticos y curas hacen una verdad más grande. La plusvalía, la explotación de la mano de obra es la única verdad de los industriales y los banqueros. Los militaristas, los organismos secretos, los paramilitares al servicio de régimen,(quienes ejercen el terrorismo estatal a nombre de un estado-delincuente) los mercenarios extranjeros, los espías del espíritu y los simples policías cumplen los designios de los políticos: Matar. Matar con saña, matar dos veces: Del cuerpo se encargan los militares y del alma las religiones y el sistema educativo imperante. Políticos, curas, banqueros y militares unidos hacen una verdad supremamente más grande que las demás.

Si sumamos el Orden Económico Internacional, tendremos la formula exacta con que se hace a un gobernante de un país como Colombia: un ser inferior dispuesto a ser inferior, hecho para obedecer. La inferioridad es un gusano que destruye el corazón, dicen los expertos. Y un gobernante sin corazón es un psicópata con metralleta en mano. Imagínense. Con un ejército constitucional y otro ilegal a su mando..

Es por eso que algunos prefieren ignorar. Inician, eso sí, pequeñas batallas cuya guerra se perdió hace muchos años. Pero no lo saben. Por fuera de las corrientes universales de la técnica, la globalización, la informática, el ciberespacio, estos guerreros marginales tienen, sin embargo, su verdad certera: Son ellos mismos. Es lo que más se asemeja al hombre o mujer honestos. La verdad del lustrabotas, del gamonal parroquiano, de ciudadano desprevenido, del empleado oficial es otra: mantener su puesto de trabajo o su privilegiado caciquismo criollo. No hay moral. No hay lealtad. No hay pasado ni presente. Hay el ahora. Al fin y al cabo todos son los mismos.

Los guerrilleros, los rebeldes sin causa y con causa, los anarquistas, los apolíticos y políticos de ocasión tienen otra verdad: buscar el derrumbamiento del régimen cueste lo que cueste. Su verdad es alterar el orden establecido.

Los políticos, debido a su profesión de manipulares, trabajan sobre la realidad aparente. Opinan y hacen sus programas de gobierno de acuerdo a esa premisa. Los demás también, pero como no somos manipulares de masas, nos manipulamos a nosotros mismos y de acuerdo a nuestros intereses inmediatos actuamos y opinamos, condenamos y absolvemos. Y votamos, claro. Quines se ocupan del país real son subversivos, peligrosos. Pero no de los subversivos de las FARC o el ELN, que en muchas ocasiones también trabajan sobre la realidad aparente, sino de esos que no representan a un país, sino que son un país, que lo sueñan y quieren construirlo porque hay que construir un país que pueda manejar esa realidad que hoy nadie puede manejarla.


Más de doscientos años de historia, (desde que nací se viene diciendo “hace 200 años”) hemos sido gobernados por triunfadores. Desde Bolívar a Uribe Vélez. Entran y salen del poder por los pasillos repletos de muertos, pero salen triunfantes. Cada periodo presidencial Colombia es menos país, (si alguna vez fue un país) menos nación, menos patria, menos Estado; hay más hambre, más descomposición social e institucional, pero los gobernantes han triunfado. Han pasado a la historia a nombre del glorioso Partido Liberal o del Divino Partido Conservado. Deberíamos leer la historia oficial de estos partidos. Laureano Gómez y Uribe Vélez, los que con más muertos han adornado su acceso y su ejercicio de poder, son los grandes triunfadores de nuestra historia patria. Al final del mandato ¿repetido? de Uribe Vélez habrá más de un millón de muertos, más pobreza, más delincuencia, mas narcotraficantes, más asesinos a sueldo del régimen, las guerrillas serán más fuertes ideológicamente, en hombres y armas, pero será un triunfador. Su gloria está asegurada. Sus oponentes en la campaña política que se avecina no serán capaces de desenmascarar la trama. También trabajan sobre el país aparente. Son de los mismos.

Uribe Vélez, y me disculpan que me centre en este, es el último representante, cronológicamente hablando, de esta serie de gobernantes que esconden su inferioridad bajo una máscara de superioridad frente a la realidad. Lo que no quieren hacer no es culpa de ellos, es culpa de otros. La guerrilla, por ejemplo Y además sirve de pretexto para paramilitarizar la justicia, la política y los organismos descentralizados, los vigilantes privados y “un millón de colaboradores de la justicia” civiles: los ojos del sistema. Entre tanto, Las guerrillas esperan. El blindaje estatal es también una máscara en la que sólo creen ellos. Una máscara sobre otra. Uribe tiene que irse a disfrutar de su gloria más temprano que tarde y dejará tirado el blindaje estatal paraco.

La dirigencia actual es la fiel representante de la inferioridad de la clase política y social. Por eso engendra seres aparentemente superiores para que gobiernen, y cuando son excepcionales los puede reelegir. La superioridad es una máscara. Está sostenida por miles y miles de muertos en sus más de 20 décadas de hegemonía liberal-conservadora. En matanzas y detenciones injustificadas. En la Ley de tierra arrasada, en la quema de cultivos con armas químicas de destrucción masiva a nombre de la lucha contra los traficantes de drogas. Se sustenta en diferentes tipos de armas: la manipulación, la inocencia, la cruz y sus obispos, la mentira, el chantaje, la paramilitarización total de las instituciones y la sociedad civil, la mentira y las fuerzas armadas.

Poco a poco, la política ha degenerando en pura producción de miedo. Una sociedad amedentrada es fácil de manipular. Los últimos gobiernos, y sobre todo éste, entraron de lleno a monopolizar el miedo. El miedo estaba disperso en muchas manos: guerrilla, Paramilitares, asaltadores de caminos, narcos, organismos secretos del estado, Fuerzas Armadas. Entonces los unos hostigaban a los otros y los otros a los unos. Y para monopolizar el miedo había que eliminar a quienes lo ostentaban. Matar a los asaltadores de caminos, a los guerrilleros, a los pobres, a los soñadores, a los dirigentes sindicales, a las Ongs contrarias a sus doctrinas. Los que ejercían el miedo a nombre del régimen por fuera de Ley había que legalizarlos. Debían entregar el miedo a las Fuerzas Armadas. Sólo estas pueden utilizarlo para mantener el régimen en el poder. Eso han hecho con los paracos. Quitarles el miedo a los guerrilleros es más difícil. Ellos son políticos, no criminales. Pero les llaman terroristas. “Si nos entregan el miedo”, dicen, “dejamos de llamarlos terroristas”. Hay que concentrar el miedo en manos del Estado al precio que sea: incluso vendiendo el alma al diablo.

La filosofía es clara. Se debe desconfiar de todos, menos en ellos. Los que creen en otros y es sí mismos son subversivos. El glorioso establecimiento es este, el actual. No hay alternativa. Así se educa a los colombianos. Nos enseñan a creer en nuestros símbolos patrios aunque la realidad que representan ya no exista. Son eso, encarnan la realidad aparente. El amarillo de la bandera es el oro que saquearon los conquistadores y los colonizadores europeos y las empresas gringas. El azul es el cielo controlado por los norteamericanos y el mar intervenido por los mismos. Sólo el rojo está vigente: representa la sangre que todos los días se derrama en nombre de un país que no existe. Y sobre ella, en surcos de dolores, el bien germina ya, como reza el himno nacional. El escudo está lleno de cóndores que hace años desaparecieron de nuestras montañas. El corazón de Jesús, los tres poderes del Estado, el mapa, todo representa al país aparente, no la realidad. Pero así se nos educa.

Entonces, ¿qué hacer?.

Necesitamos a un ser superior a las circunstancias, necesitamos a un hombre- país o una mujer-país, (esto sería hermoso) que le quepa la nación dentro y que ella l@ contenga a él. Ese es el reto. Un ser superior. Una superioridad que brote del corazón, no de las circunstancias. Alguien dispuesto a gobernar con la verdad humilde de los grandes iluminados, no con el miedo. Alguien que le dé identidad a este pueblo diferente a la del miedo y sus problemas cotidianos, que es con lo que se identifica el colombiano actual.

Alguien que no se arrodille a los Bush de siempre. No queremos mendigos que nos representen porque no somos mendigos, ni lacayos que laman el culo del imperio a nombre de nuestro pueblo. Ese espectáculo vulgar debe desaparecer de la mente de Colombia si aspira a ser algún día un gran país. Todos los presidentes que hemos tenido hasta hoy, son presidentes de un país inferior. Ese crimen moral debía ser castigado por traición al pueblo, no al país, porque ellos a su país irreal jamás lo han traicionado. Son su guía espiritual y material, como no.

Un gobernante que se asuma a sí mismo y asuma al país. Y para ello hay que empezar ya, en las tribunas de estas elecciones. Quién diga lo que piensa, lo que sale del corazón, no lo que conviene, ese es. Quien grite en las plazas no lo que arrastra votos, sino lo que se arranca de sí mismos cuando lo deposita en las urnas. Uno, o una, que se quite la mordaza. Que se quite el bozal. Alguien en quien confiar. Alguien que diga lo que se debe hacer, aunque duela, no lo que agrada, lo que será. Estoy seguro que ese candidato, cuando sea presidente, no necesitara 80, 100 guardaespaldas para salir de las trincheras de Palacio porque ve enemigos por todas partes.

Dice Ohso, el gran humanista oriental, que hay dos clases de enemigos. Los que hemos engañado y los que nunca podremos engañar. Esa clase de dirigentes es a los que debemos combatir. Están siempre alerta porque están rodeados de enemigos. Hasta sus amigos son enemigos. A estos amigos hay que adularlos, darles la comida en la mano: siempre hay algo que ocultar, aunque sea un país irreal, entre ellos mismo.

Tú, si piensas votar, haz el esfuerzo, aunque sea una vez en la vida, de rescatar a tu país. La suma de esas personas como tú nos sacara de la miseria moral y la podredumbre del sistema. Tú eres el país. No permitas que te sigan controlando y autocontrolándote a ti mismo. Eso es repugnante. Nos han engañado, hemos mentido, hemos fallado, eso es cierto. Aceptarlo es liberarse del miedo. La salvación de 44 millones de almas está en las manos de cada uno de nosotros. Salir de la podredumbre del sistema es prioritario hoy: la persona que se sienta responsable de asumir esa salvación, hoy y ahora, no importa que haya fracasado en algo. Si reorienta y se libera de las ataduras del sistema, será en realidad es estadista que estábamos esperando para que haga realidad el sueño bolivariano.

Un hombre que no se sienta inferior. Los inferiores siempre necesitan de un amo y un ejército para que los proteja, estilo Uribe Vélez y antecesores. Una persona superior que no criminalice la democracia, las Ongs, las organizaciones políticas que no se dejan amordazar; la amistad, el deber de rebelarse contra la podredumbre actual, el hecho de hablar con otra persona que tampoco se deja poner bozal. Una persona que no atrape a la gente y la enjaule con contratos, puestos públicos, credenciales, halagos, abrazos, títulos y pistolas. Alguien que libere al país prisionero de criminales entreguistas y ladronzuelos nauseabundos. Un gobernante que libere a Dios que los corruptos tienen prisionero para su servicio.

Alguien que haga de cada problema del país una bella oportunidad para surgir, para educar, para crecer como individuo y país, no el pretexto para armar a sus ejércitos y matar a todo el que diga que esa no es la solución al problema. Un hombre o una mujer. Alguien que disuelva a las mafias militares de las desapariciones, de las torturas, de la muerte. Alguien que sepa que todo cambia, que todo fluye, y que los gobiernos tienen que ser flexibles para ser justos. Alguien que haga de Colombia una nación insegura para los criminales. Alguien quien desmonte la paramilitarización de Colombia hoy apuntalada por la “seguridad democrática”. Queremos una Colombia insegura para los narcotraficantes y los paramilitares. Plantièmolo de esa manera. Es algo distinto, ¿verdad?.

Pero no. Mejor busquemos a una persona que se comprometa a construir identidad. No hay nada que rescatar. Hay que empezar a construir la mentalidad del colombiano. Hasta ahora sólo se identificamos con la magnitud de nuestros problemas. En el exterior se nos identifica como traficante o como subdesarrollado.

Un presidente que se dedique a crear identidad, ya y ahora. Que construya mentes democráticas, no esclavos, asesinos, sicarios y mercenarios como hasta ahora sucede, ni lacayos o hipócritas. Que construya sobre la base de un firme presente por incierto que parezca y no sobre la base del remordimiento del pasado o miedo al futuro. Que no se dedique a asegurar nada, sino ha dejar fluir. Cuando se asegura algo no hay democracia. Cuando se blinda un sistema político no hay democracia: Hay crimen abierto o encubierto, pero siempre hay crimen.

Alguien que utilice la generosidad, la palabra y la responsabilidad nacional para hablar con las guerrillas y juntos construir un nuevo ejército de escritores, poetas, músicos, estadistas, hombres de honor, y claro unas nuevas fuerzas armadas armas de humildad y justicia, no armadas de odio y muerte como las actuales. Ese es el hombre superior que necesitamos. Si las guerrillas no pactan el silencio de los fusiles con un gobierno presidido de estas características pasaran a formar parte de la inferioridad y la criminalidad del país. Los unos que devuelvan a los senadores, candidatas presidenciales, concejales, policías y soldados, a todos los que tengan “secuestrados”. Los otros que nos devuelvan el país, si es que lo pueden devolver, porque no solamente lo tienen secuestrado, sino que hace tiempo lo saquearon y lo vendieron. Feriaron al mejor postor los mares, los cielos, la tierra, el subsuelo y el trabajo de sus gentes. Con nuestra pobreza mantenemos a los ricos nacionales y extranjeros. Los unos que dejen hacer de hacer de jueces, maestros y guías espirituales en el monte. Los otros que liberen la mente de ese pueblo que tienen engañado desde hace tantos años.

Un gobernante que rescate los verdaderos ideales de Bolívar, San Martín, Martí y todos los americanistas que forjaron nuestra independencia. Alguien a quien le quepa en la cabeza un Mercado Común Latinoamericano en condiciones dignas y no esté pensando en entregar nuestro país con el Tratado de Libre Comercio a los Americanos del norte; en una moneda común, en una política de fronteras abiertas para sus ciudadanos.

En fin. Aunque Usted no lo crea, cada cual y cada uno de nosotros somos responsables de la guerra civil de nuestro país, esa guerra real que los ilusionista llaman “conflicto” en su país irreal. Somos responsables del exterminio masivo de campesinos de esa “dictadura paramilitar” que los magos del entorno llaman “Seguridad Democrática”. Somos responsables. Ya es tiempo de comprender que aceptar sobornos electorales es derrotarnos como personas, como seres vivientes, como humanos. Es perpetuar la podredumbre espiritual del país, la mendicidad política, el lacayismo y la personalidad inferior. Es condenar a nuestra descendencia a seguir siendo esclavos hasta quien sabe cuando.

Cada individuo es el país. ¿Es Usted capaz de comprenderlo?. Cada hombre o mujer es Colombia. Todos juntos somos la patria. La verdadera política tiene que unificarnos para construir una nación orgánica, no un país mecánico. ¿Cómo puede haber un país pobre y un país rico, un país saciado y otro hambriento?. Uno para los negros y otro para los verdes. Otro para los rojos y otro para los azules. Otro para los indígenas y otro para los criminales de la política. Ya es hora de distinguir entre el país real y el país irreal. ¿Cómo ignorar la realidad de los muertos del país real con la “justicia” del país irreal?. Con esos muertos habríamos podido fundar otro país. Sino adquirimos conciencia política, harán de este país un cementerio. Como siempre, habrán muertos reales, pero la mayoría de vivos estarán muertos en vida, como la mayoría lo estamos ahora. Los políticos de hoy necesitan que este país sea un cementerio gigante. Así gobiernan a sus anchas. Pues no lo vamos a permitir. ¿Verdad doctor Antonio Navarro?.

Porque no ensaya a trasmitirle al pueblo este mensaje de un colombiano residente en el extranjero. Le hará bien a Usted y al país. Y estoy seguro que muchos, pero muchísimos de nosotros le ayudaremos a llegar a la presidencia. Es la única alternativa. No hay más. Usted sabe que en últimas no hay nada superior ni inferior. Todo es superior. Esa es la táctica, cuando viene del corazón. La inferioridad no existe. Sólo estos arrodillados son inferiores en el país real, aunque se creen los salvadores en el país irreal. Aproveche la reelección. No deje que un lacayo siga arrodillándose a nombre del pueblo colombiano y entregando el país a sus amos a nombre de la “Seguridad Democrática”, un diabólico engendro democratero que fuera de Colombia no es otra cosa que la legalización de los crímenes de lesa humanidad cometidos por los últimos gobiernos del régimen liberal-conservador y el último de Uribe Vélez.

 


ARTURO PRADO LIMA / Madrid, España, 17 de noviembre de 2005
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               

 

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