Nuestro gran campeón de la tristeza

Pambelé:

 ¿Feliz cumpleaños?

 

Por Ignacio Ramírez

Director de Cronopios

 

Hoy 23 de diciembre de 2005, Antonio Cervantes –Kid Pambelé—cumple 60 años de vida irónica y conmovedora, que primero lo catapultó de la miseria absoluta a la riqueza pasajera, luego lo estrelló con furia contra el suelo y ahora lo arrastra sin misericordia como una jarcia al viento en el incendio de un país que convierte a quienes nacen sin nada entre las manos en fugaces objetos de poder oportunista y luego los olvida y los aplasta y los humilla y enloquece, como sucede con este campeonísimo cuyo avatar fluctúa  entre los recuerdos de una gloria efímera que nunca volverá y el presente cruel e ignominioso que hace apenas unas horas nos lo mostró por la televisión con las manos esposadas, atrás, los ojos delirantes y el gesto inconsolable de quien lo tuvo todo y ahora que ya no tiene nada, es sometido al escarnio de nuestro bilioso periodismo especializado en promover, en la misma cosecha, el dolor del secuestro, la bendición del Papa, las turgencias artificiales de las reinas, el magnicida que casi llegó a la Presidencia, los guerrilleros, los paramilitares, la farsa de los gobernantes y los legisladores, el reality, lo que reelige, lo que vende, la basura, el espejo.

Es medianoche y el primer segundo del día del acceso a la sexagenidad del personaje, me sorprendió leyendo el último renglón de El oro y la oscuridad, la vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé, escrita por el gran cronista contemporáneo llamado Alberto Salcedo Ramos, quien me noqueó de entrada sin dejarme caer y –por el contrario—obligándome a seguir en pie hasta el último asalto, cuando concluyo el libro que leí de un sorbo y que ahora al cerrarlo me asesta una imborrable lección de periodismo: todo lo que en él cuenta, yo ya lo sabía. ¿Conclusión? Esta inmensa tragedia pambeleana se oxigena y amortigua por obra y gracia del talento del autor, quien maneja la arquitectura de la crónica con magistral dominio de los golpes del silencio, que hace al lector que se retire a su esquina a respirar por un minuto para volver al combate con el texto donde las dosis de adjetivos, la sintaxis, el equilibrio del lenguaje, el espacio, la atmósfera y el tiempo configuran un todo narrativo que no se da silvestre. Salcedo Ramos ratifica su condición de periodista capaz de manejar un tema sensacionalista llevándolo a la respetuosa ecuanimidad del verbo, sin someter al personaje a manoseos, sin erigirse en juez, sin dejarse llevar por la fiebre de protagonismo, tan vacua como abundante en nuestros más soberbios y mediocres reporteros.

Estas ya no son horas de comparar a los maestros de la crónica de comienzos del siglo XXI con Capote, Talesse, Gabo y hasta el gato. Tales preceptos implican falta de imaginación o recurrencia. Quien tiene talento y logra un estilo gana un lugar y un nombre. Y este es el caso: Salcedo escribe después de una investigación juiciosa durante la cual va gestando el tono y la densidad de su relato, el perfil humano de su personaje, y, lo más importante: el entorno. Por eso, aunque esta es una biografía de la tragedia de Kid Pambelé, es también la radiografía del país desalmado que utiliza en los tinglados políticos a sus héroes populares y luego los convierte en engendros infortunados donde el hazmerreír, la bronca, el escamoteo, el hambre, la ignorancia, la vergüenza, forman parte del drama. La culpa de la mala educación del pueblo no es del pueblo sino de los ladrones que lo han malgobernado siempre. Y eso que Pambelé ha sido (¡qué ironía!) afortunado:  goza una pensión decorosa, han intentado maradonizarlo en Cuba y hasta hay quienes no pierden la esperanza de sacarlo de su pavoroso laberinto donde hoy es bueno, mañana malo, hoy bueno, mañana malo, como cuando los enamorados deshojan margaritas...¡Aquí está pintado el país! Ahí está con nombre propio el oportunista Andrés Pastrana que en cierta ocasión preelectoral saltó por encima de una sugerencia médica y se fue a hacer retratar con Pambelé en la clínica para que la prensa del día siguiente publicara, como en efecto publicó, que el deportista en recuperación se sumaba a la campaña del futuro expresidente, quien tenía el gesto bondadoso de ir a visitarlo hasta su lugar de enfermo en Cartagena. Primogenituras por platos de lentejas, como pasó con la Embajada en Washington, en una historia donde de Presidente para abajo están mezclados los que atizan la guerra, quienes salen por la televisión gimiendo por la muerte de los soldados inocentes y después de comerciales se arriman al sol que más caliente.

El Oro y la oscuridad es otra excelente crónica de Alberto Salcedo Ramos. La biografía vibrante de Antonio Cervantes, Kid Pambelé, nuestro gran campeón de la tristeza, quien hoy 23 de diciembre de 2005 cumple 60 años de vida a la colombiana. Campeón: ¿Feliz cumpleaños?

 

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