Una flor para la profesora Gloria

Por ALBERTO SALCEDO RAMOS

 

Me tropecé con los ojos de la profesora Gloria el primer día de clases y todavía no he podido levantarme. Eran grandes y de color miel, cercados por unas densas pestañas que parecían hechas de maldad para que a mí me gustara el colegio. Yo vi esos ojazos y adiviné en el instante que mientras estuviera cerca de ellos, ningún fantasma me atacaría, ni el techo del salón me caería sobre la cabeza.

De mi maestra me fascinaban, además, su piel acanelada, su pelo negro que le llegaba hasta la cintura y el hoyuelo que se le formaba en el mentón cuando se reía. Las profesoras de los chicos mayores no me parecían tan bellas como la mía, y eso me hacía sentir superior.

Yo la amaba porque, aparte de ser hermosa, me miraba con atención, me concedía importancia. Me dedicaba tanto tiempo que me hacía sentir único y, como si fuera poco, les mostraba mis trabajos a las otras maestras.

Además leía poemas en voz alta, nos ponía a escribir historias personales y nos recompensaba con dulces de menta. Nos enseñaba sin aburrirnos. En la hora de matemáticas, por ejemplo, ella no nos atragantaba con fórmulas esquemáticas sino que apelaba al ingenio: sumaba manzanas y restaba serpientes, con lo cual nos enseñaba a construir el paraíso con números.

Fue mi maestra hasta 1972, cuando yo cursaba tercero de primaria y tenía nueve años. Ella, tal vez, andaba por los veinte

El último día de clases me llamó aparte y me dijo que se retiraba del colegio, porque quería casarse y dedicarse por completo a su marido. Antes de irse sacó de su bolso un cuaderno y un bolígrafo nuevos. “Para que escribas una historia y me la regales cuando nos volvamos a ver”, dijo.

Cinco años después, en mi adolescencia, yo era el único chico del grupo que no tenía novia. Era tímido como un sauce. Los demás pasaban frente a mí tomados de la mano con sus muchachitas o me ponían a tragar saliva con los relatos de sus primeras aventuras amatorias. Entonces fue cuando me acordé del cuaderno y del bolígrafo, que había guardado en un viejo baúl. Arranqué las hojas del centro y escribí, cambiando la caligrafía, una desesperada carta de amor para mí mismo, como si me la enviara una mujer. En ella, la remitente me hablaba del hueco que le dejó mi ausencia, del sabor de mis besos y de la noche que pasamos juntos, sobre la hierba. Al final puse una firma que me pareció natural: la suya, profesora Gloria.

Deliberadamente dejé la carta sobre la mesa del comedor, para que algún adulto la encontrara y regara entre la familia la buena nueva de que ya yo tenía novia. Y preciso: el que la leyó fue mi abuelo, quien le contó el chisme a todo el pueblo. Faltó muy poco para que me condecoraran como héroe, por cuenta de aquel texto. De repente, gracias a la palabra, había fundado un amor donde tan solo había un vacío. La historia, lo reconozco hoy sin remordimientos, no era la mejor ni la más real. Pero resultó creíble en su momento y me sirvió de pretexto para seguir escribiendo. Permítame suponer, profesora Gloria, que ese era el regalo que usted quería.

 

Alberto Salcedo Ramos es uno de los más brillantes cronistas colombianos contemporáneos. Colaborador permanente de revistas periodísticas y literarias y autor de libros de perfiles humanos de figuras míticas de la costa atlántica colombiana, entre quienes se encuentran músicos, deportistas y todo tipo de personajes populares. El texto que hoy incluimos se publica por primera vez en Cronopios.

 

Cortesía de: Cronopios, agencia de prensa para la cultura

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