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THRILLERAntonio Mora Vélez
Aquella noche lluviosa de mayo, el poblado agricola de Mocari era apenas una fogata desde las alturas. En la garita de su cementerio, el celador y un amigo jugaban una partida de dominó, desentendidos de la apacible estancia de los muertos. Mataban el frío y el tedio con el delicioso aguardiente anisado y el juego. Hacía apenas un par de semanas que el cielo había asperjado sobre las sementeras una lluvia de partículas luminosas que hacían aumentar el brillo de las hojas mańaneras y que habían generado entre los pobladores toda clase de comentarios, a cuales mįs fantasiosos. "Es el abono de las estrellas", había dicho el padre Anselmo para aclarar las cosas y evitar mayores desmadres de la imaginación. Y el pueblo le creyó. Esa noche, la lluvia de partículas se hizo visible sobre la extensa zona del campo santo. Juan y Martin, los silenciosos jugadores, no se dieron cuenta sino al rato, cuando un rayo de luz que salía del torbellino celeste bañaba todas las tumbas. —Carajo, parece como si fuera de día! —dijo Juan. —Parece no, que es —le contestó Martin, impresionado. Ambos se pusieron de pie y salieron de la caseta para ver lo que ocurría. Un brisón barría el polvo de los caminos y mecía los arbustos de ornamentación en esos instantes. —Miércoles! —exclamó Martin—. Estas son vainas del Maligno. —Qué Maligno ni qué carajo ! —le contestó el celador—. Es como un sol chiquito -Mira! Martin miró hacia el cielo brillante y pudo observar en todo su esplendor de jaspe el disco desde el cual salía el misterioso rayo. Ambos quedaron absortos en la contemplación y por eso no notaron lo que ocurría en el suelo. Martin fue el primero en percatarse de la anormalidad. —Las tumbas se están abriendo! —gritó, visiblemente alterado. Y así era, en efecto. Las tapias fueron, una a una, saltando en pedazos. Las lapidas caian hacia atrás, removidas por el borbollón del suelo. Y los muertos salían de sus féretros y se dirigían hacia ellos en procesión macabra y amenazante, con los brazos extendidos hacia adelante y los rostros aún cubiertos de barro. —Vienen hacia nosotros! —advirtió Martin—. Corramos! —Espera... esta escena yo la he visto antes! Martin se quedó mirando a Juan con extrañeza y luego emprendió veloz carrera hacia la puerta del cementerio. —Espera, Martin. Ya sé de qué se trata! —le gritó Juan, quien seguía en actitud de expectación no obstante el peligro. Martin no lo escuchó y siguió en su fuga. Entretanto un hombre con rostro de lobo y vestido de lentejuelas hacía su aparición, ritmicamente, en medio de los muertos. —No te vayas, espera! —insistió el celador a su amigo. Este se detuvo un instante y miró a Juan en la distancia de la garita. —Ya sé dónde he visto la escena —le gritó Juan—. No es nada del otro mundo. Mira... son los seres de ultratumba de Michael Jackson!
Antonio Mora Vélez nació en Barranquilla, Colombia, en 1942, estudió la secundaria en Monterķa y la carrera profesional de Abogado en la Universidad de Cartagena. Ha publicado los libros de cuentos Glitza (1979), El juicio de los dioses (1982), Lorna es una mujer (1986) y La Duda de un Įngel (2000). Ha publicado también el libro de ensayos Ciencia Ficción: el humanismo de hoy (1996) Ha sido antologado en la antologķa internacional Joyas de la Ciencia Ficción (1989) y en Contemporįneos del porvenir: Primera Antologķa de la Ciencia Ficción Colombiana (2000). Un cuento en Axxón: "Iod, el śnico" (146).
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