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Hace muchos años, por los tiempos de la Montería de calles polvorientas
y casas de palma, de esa Montería amable y pastoril a la que aún no le
habían "surcado de cicatrices el rostro", como lo digo en uno de mis
poemas "realistas"; hace mucho tiempo –repito--, cincuenta años
exactamente, vi en el Cine Naín, por entonces el lugar de cita de los
amigos del buen cine, un filme con Tyrone Power y Kim Novak, titulado "Melodía
Inmortal" (The Eddy Duchin story, en inglés) y en el cual el pianista
Carmen Cavallaro y una soberbia orquesta, hacen la banda sonora con las
canciones que Duchin interpretó como pianista durante su exitoso
tránsito por el mundo del espectáculo. La historia de Duchin,
magistralmente interpretada por Tyrone Power, me conmovió bastante, y
hoy –después de tantos años-- todavía recuerdo la tristeza de la escena
final del pianista que muere de leucemia, tocando en su piano su "melodía
inmortal", que no era otra que To Love again, basada en el
Nocturno de Chopin. Más tarde, a mediados de 1960, pude escuchar las
canciones del filme en un disco de acetato de 33 rpm, gracias a mi
vinculación como programador y locutor de la Radio Cordobesa de José
Pupo Jiménez.
No había vuelto a saber ni del filme ni de las canciones, hasta hace
unos días, luego de que mi hija Glitza me regaló un CD con canciones de
películas famosas como La Novicia Rebelde, El mago de Oz, Casablanca,
entre otras, y yo recordé las viejas canciones de The Eddy Duchin
Story y decidí buscarlas en el arrume de discos de los
coleccionistas, para volver a disfrutarlas. Hoy, al momento de escribir
estas notas, he vuelto a vivir esos hermosos episodios de la juventud
con toda su carga de nostalgia, y escucho, con el mismo entusiasmo de
1960, esa cascada de notas de Dizzy fingers, canción en la que
los dedos de Cavallaro vuelan por encima del teclado y dejan la
impresión de ser no un piano y un hombre sino un encordado de hilos de
agua tocado por pájaros. O la calidez y la ternura de You’ re my
everythings en donde, al contrario de la anterior canción, los dedos
de Cavallaro acarician las teclas como si temieran dañarlas. O la
alegría al mismo tiempo que la elegancia de la versión Cavallaro de
Brazil, la inmortal samba de Ary Barroso. O la tristeza de Manhattan,
que me acompaña ahora, en este instante en el que la escucho y escribo
este artículo en mi computadora. Y vivir la emoción que despierta la "melodía
inmortal" de Chopin y la hermosura de los arpegios del virtuoso pianista
seguir a los demás instrumentos de la orquesta y ese hermoso aunque
fugaz diálogo entre el piano y unos violines íntimos, diálogo que nos
descubre les profundidades del alma humana más allá del fuego y del
silencio.
No les miento si les digo que se me salieron las lágrimas. Y no solo por
el sentimiento que despierta la historia de Duchin, ni por la belleza de
las interpretaciones del pianista Cavallaro, ni por el recuerdo de Kim
Novak, que fue mi actriz favorita y mi romance oculto, ni por los
primeros amores y esas aventuras deliciosas e inenarrables de la
juventud, sino porque todo eso: el filme, las canciones, los actores, el
pianista, la radio y el cine, son el símbolo de una época llena de
muchas posibilidades pero que transcurrió lastimosamente en medio de la
indiferencia de quienes no pensaron en las consecuencias de la desidia
frente a las obras sociales que había que hacer para evitar la tronera,
del egoísmo frente a las necesidades insatisfechas de los pobres –que
han crecido-- y de la intolerancia agresiva frente a quienes buenamente
veíamos entonces el mundo y el futuro del país de un modo diferente.
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