"Melodía Inmortal"
 
Por ANTONIO MORA VÉLEZ
 
 
Hace muchos años, por los tiempos de la Montería de calles polvorientas y casas de palma, de esa Montería amable y pastoril a la que aún no le habían "surcado de cicatrices el rostro", como lo digo en uno de mis poemas "realistas"; hace mucho tiempo –repito--, cincuenta años exactamente, vi en el Cine Naín, por entonces el lugar de cita de los amigos del buen cine, un filme con Tyrone Power y Kim Novak, titulado "Melodía Inmortal" (The Eddy Duchin story, en inglés) y en el cual el pianista Carmen Cavallaro y una soberbia orquesta, hacen la banda sonora con las canciones que Duchin interpretó como pianista durante su exitoso tránsito por el mundo del espectáculo. La historia de Duchin, magistralmente interpretada por Tyrone Power, me conmovió bastante, y hoy –después de tantos años-- todavía recuerdo la tristeza de la escena final del pianista que muere de leucemia, tocando en su piano su "melodía inmortal", que no era otra que To Love again, basada en el Nocturno de Chopin. Más tarde, a mediados de 1960, pude escuchar las canciones del filme en un disco de acetato de 33 rpm, gracias a mi vinculación como programador y locutor de la Radio Cordobesa de José Pupo Jiménez.
 
No había vuelto a saber ni del filme ni de las canciones, hasta hace unos días, luego de que mi hija Glitza me regaló un CD con canciones de películas famosas como La Novicia Rebelde, El mago de Oz, Casablanca, entre otras, y yo recordé las viejas canciones de The Eddy Duchin Story y decidí buscarlas en el arrume de discos de los coleccionistas, para volver a disfrutarlas. Hoy, al momento de escribir estas notas, he vuelto a vivir esos hermosos episodios de la juventud con toda su carga de nostalgia, y escucho, con el mismo entusiasmo de 1960, esa cascada de notas de Dizzy fingers, canción en la que los dedos de Cavallaro vuelan por encima del teclado y dejan la impresión de ser no un piano y un hombre sino un encordado de hilos de agua tocado por pájaros. O la calidez y la ternura de You’ re my everythings en donde, al contrario de la anterior canción, los dedos de Cavallaro acarician las teclas como si temieran dañarlas. O la alegría al mismo tiempo que la elegancia de la versión Cavallaro de Brazil, la inmortal samba de Ary Barroso. O la tristeza de Manhattan, que me acompaña ahora, en este instante en el que la escucho y escribo este artículo en mi computadora. Y vivir la emoción que despierta la "melodía inmortal" de Chopin y la hermosura de los arpegios del virtuoso pianista seguir a los demás instrumentos de la orquesta y ese hermoso aunque fugaz diálogo entre el piano y unos violines íntimos, diálogo que nos descubre les profundidades del alma humana más allá del fuego y del silencio.
 
No les miento si les digo que se me salieron las lágrimas. Y no solo por el sentimiento que despierta la historia de Duchin, ni por la belleza de las interpretaciones del pianista Cavallaro, ni por el recuerdo de Kim Novak, que fue mi actriz favorita y mi romance oculto, ni por los primeros amores y esas aventuras deliciosas e inenarrables de la juventud, sino porque todo eso: el filme, las canciones, los actores, el pianista, la radio y el cine, son el símbolo de una época llena de muchas posibilidades pero que transcurrió lastimosamente en medio de la indiferencia de quienes no pensaron en las consecuencias de la desidia frente a las obras sociales que había que hacer para evitar la tronera, del egoísmo frente a las necesidades insatisfechas de los pobres –que han crecido-- y de la intolerancia agresiva frente a quienes buenamente veíamos entonces el mundo y el futuro del país de un modo diferente.

 

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