Miguel Ángel Tenorio Méndez

 

¿QUIÉN HABLA?

   ¿Cuántas veces lo habían utilizado las mujeres para detenerse una depresión, para vengarse de otro, para pasar el rato o para desahogarse de una relación inconclusa o de quién sabe qué? La respuesta nunca la sabría porque le mintieron a las mil maravillas, mejor que él, pensó Zárate; algunas ocasiones disfrazan algunos hechos verdaderos con las peores historias, levantaban una cortina de humo que en verdad cumplió con su cometido de confundir ¿Cuántas veces  mintieron al decir te quiero, al decir esto puede funcionar o al decir no hay ningún problema? Y es, sobre todo,  cuando dicen esa última frase, en la que más mienten ¿Pero qué hacía preguntándose esas cosas? ¿Estaba celoso o resentido o dolido o qué le pasaba? Nada, sólo pensaba en eso y ya, no le guardaba rencor a persona alguna y no pensaba en alguien en particular. Sonó el teléfono.

   -¿Sí?...

   -¿Zárate?

   -Sí, soy yo.

   -¿Estás ocupado?

   -No.

   -¿Puedo pasar a verte?

   -...sí...

   -Acabo de terminar con Arturo.

   -Ah.

   -¡¿Ah?!-Se quejó con ganas de pelear-¿Sabes que acabas de perder una oportunidad conmigo? Colgó.

   -Ah-¿Qué se suponía debía decirle? Nunca lo descubrió, como tampoco quién era esa mujer.

 

HUBIERA SIDO MEJOR NO HACER EL VIAJE

 

   Quedó en llegar a casa de Manecilla, el novio, un argentino, estaba volando en ese momento sobre Chile, visitaría a su madre. Lo que tenían entonces era tiempo de sobra. Para llegar con ella tomó uno de los microbuses más agonizantes en los que jamás alguien se haya transportado, dos madres cargaban cada cual a su hijo de meses que no dejaban de alardear, gritar y llorar; el chofer viajaba con su querida y del radio sonaba una música horrible, eso sin contar con el volumen. En otro de los asientos una niña peleaba a gritos con su mamá y el tránsito se aglutinaba cada momento más y el conductor aceleraba y frenaba de golpe meciendo a todos los que ahí viajaban. Dos paradas adelante subió una señora con bastón que a todos golpeaba al caminar, recargaba su cuerpo en la mayoría de los pasajeros, el desequilibrio la poseía. Después iniciaron los arrancones en aquel microbús, eso era repugnante, como casi todos los que conducen cosas como esa, tan miserable como casi todos los políticos de este país, despreciable como los policías y jueces y casi todo. Después de cuarenta y cinco minutos de suplicio, Avalon llegó a casa de Manecilla, cómo le gustaba esta mujer. Comieron, vieron televisión, y después en la cama, no hubo espacio para la lujuria, esa mujer era la excitación en carne viva; él pidió un tiempo libre, no podía más.

   -¿Qué más quieres de mí-Preguntó Manecilla mientras olfateaba un puro que sacó del buró del argentino.

   -...hmmm.. hmm... este... pues... no sé.

   -¡¿No lo sabes?!

   -Bueno, estar contigo-Fue lo único que ocurrió en mente para responderle.

   -¡¿Pero de qué manera?!

   -Pues así como estamos.

   -¡¿Y cómo estamos?!

   -Pues... bien.

   -¡¿Bien?!

   -Sí, bien...

   -¡Chingada madre! ¡No me has dicho nada! ¿Me quieres?

   -Sí, sí te quiero.

   -¿Y cómo me quieres?

   -Te quiero como a una mujer-Dijo sin pensarlo Avalon, lo que significaba sí quererla.

   -¿Qué ha significado todo esto que hemos pasado?

   -Pues... no lo sé.

   -¡¿No lo sabes?!

   -...bueno, me gustas.

   -¿Me quieres porque te gusto?

   Avalon no sabía qué responder, desconocía lo que sentía o no alcanzaba a distinguirlo, ella estaba ahí y eso era suficiente para él, no importaba su pasado, ni el clima y tampoco los vecinos; la estaban pasando bien y eso era lo conveniente, era lo que le interesaba hasta que empezó a querer saber algo que él tampoco distinguía.

   -¡Dime! ¿Me quieres porque te gusto o te gusto porque me quieres?-Continuaba preguntando Manecilla con los ojos desorbitados, él empezó a creer que ella empezaba a enojarse.

   -Me gustas porque me gustas-Hizo un gran esfuerzo con todos sus pensamientos para responderle.

   -¿Cómo es eso?

   -Me gustan tus piernas y tus senos.

   -¿Y qué más?

   -¿La expresión de tu cara?

   -¡¿Ni siquiera estás seguro de eso?! ¡Es el colmo! ¡¿Qué clase de hombre eres?!-Avalon tampoco sabía esa respuesta-¡¿Estás aquí solo por mi cuerpo?!

   -...yo creo que sí.

   -¿Sí o no? ¡Contéstame!

   Avalon levantó su cuerpo de la cama y comenzó a vestirse.

   -¿Qué haces?-Ella también se paró y lo hizo frente a él.

   -Adelantándome-Respondió.

   -¿Adelantándote a qué?

   -A lo que dirás después de mi respuesta.

   -¿Cuál respuesta?

   -A tu pregunta sobre si estoy aquí por tu cuerpo.

 

 

50 METROS

 

   Ferdinando caminaba hacia su departamento con mucha calma, regresaba del taller, de cargar y empujar bobinas de papel, cientos de miles de metros enrollados. Con esa placidez en su andar vio a lo lejos a una rubia; después a la medianía distinguió que se trataba de una niña con pantalones entallados y además era una de sus vecinas, una mujer de 16 años que vivía con sus padres. A solo unos quince metros de distancia miró en el rostro de aquella  como empezó a sonreírle y a mirarlo sin parpadear; la oscilación de las piernas, era una marcha excitantemente adolescente, la sonrisa no era intrigante pero eso no importaba, porque el deseo de Ferdinando no exigía una boca contenta para consumirle, aunque fuera ese gesto muy natural y animoso; la mirada de ella tenía ese aspecto alegre de la despreocupación y no dejaba de entreverlo; él miró piernas y cintura, luego el pecho, después ojos y sonrisa. Sonrió y ella aún más cuando pasaron uno junto al otro.

   -Hola-Saludó.

   -¿Cómo estás?-Preguntó la rubia de los 16, con el calculo en la voz de quien espera que la respuesta no sea una simpleza.

   Ferdinando murmuró, ella dijo algo pero ya no la escuchó. Esos cincuenta metros de camino fueron suficientes para alegrarle el día, para excitarle el día y otros más cuando lo recordaba.