ALEPH, un patrimonio cultural

Carlos Enrique Ruiz – Director de Aleph

 

Heriberto Santacruz-Ibarra[1]

 

El primero de los 132 números de la revista Aleph que van publicados apareció en octubre de 1966, es decir, hace ya casi cuarenta años, en Manizales, Colombia. El contemplar esta construcción y el repasar su páginas causa sentimientos de alegría, de respeto, de gratitud. De asombro. Tuvo al principio apoyo de la Universidad Nacional de Colombia, pero pronto le tocó sortear vida independiente, en lo institucional y en lo cultural, sin subordinación a capilla alguna.

¿Cómo una empresa de esta  magnitud ha podido permanecer durante tanto tiempo, saliendo con su regularidad trimestral excepto en pocas ocasiones? La única respuesta es: debido a la tenacidad de su constructor, el poeta ingeniero Carlos-Enrique Ruiz, acompañado siempre de Livia, su mujer.

Aleph tiene características que, desde su primer número, se han mantenido constantes en el tiempo.

En primer lugar su apertura al mundo del espíritu, podríamos decir, su universalidad. Aleph no es una revista especializada, excepto en su vocación de calidad. En sus miles de páginas hay cuentos, poesías, ensayos filosóficos y literarios de todas las corrientes. Hay música. Hay pintura de grandes maestros en sus portadas –tres originales de Alejandro Obregón especiales para la Revista, por ejemplo– y  en las ilustraciones interiores. En ellas se encuentra la referencia a la vida cultural de Manizales y del país y el pulso de aspectos del mundo tomado por cientos de corresponsales que dan cuenta de su recepción en los lugares a donde llegan las voces que en Aleph hablan.

En segundo lugar, y acorde con lo anterior, la apertura se manifiesta también en la variedad de los autores que en ella han escrito, característica que se presenta en tres niveles. Por una parte, y en relación con autores consagrados, la no homogeneidad en el pensamiento. Baste para ilustrar esto la presencia en ella de las plumas de Rafael Gutiérrez-Girardot, de los hermanos Luis-Eduardo, Luciano y Humberto Mora-Osejo, de Guillermo Botero G., de Germán Arciniegas. O de Matilde Espinosa, María-Mercedes Carranza, Anielka Gelemur, Valentina Marulanda. Por otra, la presencia simultánea de autores consagrados y de autores noveles. Por otra más, de autores de multitud de países, no sólo de habla hispana. Importante recordar contribuciones especiales de Ben-Ami Scharfstein, Fernando Savater, Danilo Cruz-Vélez, Chantal Delsol, Pierre de Boisdeffre, Nelson Vallejo-Gómez, Martha Canfield, Rosa Chacel, R.H., Moreno-Durán, J.G. Cobo-Borda, R. Fernández-Retamar, Juan Liscano, Carlos Martín, Graciela Maturo, Antanas Mockus, Edgar Morin, Eugenio Montejo, Manuel Mejía-Vallejo, Emma Reyes, José-María Valverde, Vera Zeller, etc., etc.

En tercer lugar, y no obstante lo anterior, Aleph tiene también un sello personal: el de Carlos-Enrique Ruiz. Carlos-Enrique ha publicado allí la mayor parte de su producción poética, así como su pensamiento filosófico pedagógico, resultado de su intensa y comprometida actividad en el mundo de la educación, que ha sido su mundo. Y también encontramos alrededor de cincuenta Reportajes de Aleph, otra de sus pasiones, los que nos permiten un acercamiento a la vida y obra de grandes personalidades que han jalonado, ora el pensamiento filosófico, ora la literatura, ora la ciencia o la pintura. En estos Reportajes han actuado personalidades como Juan Rulfo, Juan Herkrath, Atahualpa del Cioppo, Fernando Savater, Georges Lomné, Jacques Gilard, Gordon Brotherston, Juan Friede, Günther Haensch, Leopoldo Zea, Pedro-Nel Gómez, Enrique Grau, Ernesto Guhl, Léopold Sedar Senghor, R. Gutiérrez-Girardot, Manuel Andujar, Dámaso Alonso, Blas Galindo, Carlo Federici-Casa, Francisco Miró-Quesada, etc., etc.

Asimismo, la Revista ha incluido ediciones monográficas acerca de: la Cultura en España, la Cultura en Israel, Fernando Pessoa, Michel de Montaigne, Alfonso Reyes, Borges, El Quijote, etc.

Desde otro punto de vista, características de Aleph han sido, a partir de su consolidación, su formato constante y la pulcritud y cuidado de su presentación, a pesar de las inevitables erratas. También el hecho singular de la presencia de manuscritos autógrafos, que, junto con las ilustraciones originales para las portadas y las páginas interiores, constituyen  un invaluable testimonio de sus autores. En manuscritos ha habido contribuciones, entre otras, de: Dámaso Alonso, Ángeles Amber, Germán Arciniegas, Mario Benedetti, Isaiah Berlin, Jacques Biteff, Jorge Boccanera, Fernando Charry-Lara, Luis Vidales, Germán Pardo-García, Giovanni Quessep, Saúl Yurkievich, Jorge Rojas, Darío Ruiz-Gómez, Elkin Restrepo, Dora Castellanos, Maruja Vieira, Meira Delmar, Geraldo Dias da Cruz, Matilde Espinosa, Félix Grande, Saúl Ibargoyen-Islas, José Jurado-Morales, Oswaldo Ventura de la Fuente, Pedro Lastra, Rigas Kappatos, Eduardo Mendoza-Varela, Thelma Nava, Montserrat Ordóñez, William Ospina, Ida Vitale, Enrique Fierro, etc., etc.

Asombra cómo este descomunal trabajo cultural haya podido persistir durante tanto tiempo, sobre todo si se tiene en cuenta que su financiación ha salido en su mayor parte del sueldo de maestros, tanto de Carlos-Enrique como de Livia. Además de esporádicas ayudas de algunas empresas comerciales. Aleph tuvo un apoyo importante de La Fundación Aleph, un grupo de amigos, especialmente de la Universidad Nacional, fundación que, finalmente, se secó y, a partir del número 63, de la vinculación de la “Fundación MAZDA para el arte y la ciencia”, sin cuyo apoyo la agonía económica de la revista habría sido muy breve.

Agonía ha sido la constante de Aleph. Agonía en el sentido de lucha, de tenacidad, de ganas de vivir, de sobrevivir. ¿Qué pueda pasar, tanto con esta revista como con otras –pocas– de similares características en Colombia y en el mundo “subdesarrollado”?

A principios del siglo XX Oswald Spengler se quejaba con pesimismo, en su libro El hombre y la técnica, de que el conocimiento se hubiera extendido incluso hasta a los negros. El error de los “blancos” –léase Europa y los Estados Unidos–  había sido el de democratizar los conocimientos, “la traición de la técnica”. En vez de haber mantenido el saber y la ciencia en secreto, de tal manera que el resto fuese tan solo consumidor de los productos de lo que hoy se llama el “primer mundo”, se cometió el error garrafal de haberlos difundido. Sus propias palabras, traducidas por Manuel García-Morente, nos dicen:[2]

Pero a finales de siglo la ciega voluntad de poder empieza a cometer errores decisivos. En vez de mantener secreto el saber técnico, el mayor tesoro que los pueblos “blancos” poseían, fue ofrecido a todo el mundo orgullosamente, en todas las escuelas superiores, de palabra y por escrito, y se aceptaba con orgullosa satisfacción la admiración de los indios y de los japoneses. Iníciase la conocida “dispersión de la industria”, incluso a consecuencia de la reflexión de que conviene aproximar la producción a los consumidores para obtener mayores provechos. En lugar de exportar exclusivamente productos, comiénzase a exportar secretos, procedimientos, métodos, ingenieros y organizadores. Incluso hay inventores que emigran”.

Si hoy viviera Spengler, su pesimismo se trocaría en optimismo, pues podría darse cuenta de que El Sistema, aunque hubiese demorado casi un siglo, pudo finalmente corregir  su error.

El abismo que se da hoy también entre el conocimiento del mundo desarrollado y el de nosotros es prácticamente infranqueable. El mundo de “los blancos” se cierra inexorablemente para el mundo de “los negros”, situación que entre nosotros se reproduce de la manera más inconsciente, pues no otra cosa es, por ejemplo, el parámetro de la indexación de libros y revistas, los cuales, si no tienen la pontifical bendición de los nuevos sacerdotes guardianes del saber carecen incluso de existencia.

Aleph no cabe en la indexación. En ella no es posible la publicación a partir del estímulo de los puntos para aumentar los sueldos de los autores que en ella publican  sus trabajos, fruto de sus espíritus.

La revista Aleph sigue teniendo una doble dimensión: La de producir en el presente el deleite simple de la lectura y de la comunicación de sus interlocutores, y la de erigirse como referencia de los estudiosos de la cultura del pasado, quienes, sin la arrogancia discriminatoria de un Spengler, tengan la sensibilidad y la curiosidad por saber qué pensaban, cómo pensaban, cómo sentían su época, cómo se enfrentaban críticamente las voces que en Aleph se dejaron oír.

Sea esta la ocasión de llevar a la “Revista de la Universidad de Antioquia”, en sus maravillosos setenta años de existencia en el mundo cultural colombiano, nuestra voz de aliento, y nuestros deseos de su permanencia por otros tantos y tantos más, sabedores de su significado profundo para el mundo de “los negros”.


[1] Profesor del Departamento de Filosofía de la Universidad de Caldas, y miembro del Consejo Editorial de la Revista ALEPH.

[2] La edición que tengo a mano es : SPENGLER, Oswald.  El hombre y la técnica. Buenos Aires: LUZ. Ediciones Modernas. (s. f.), p.135. Trad. Manuel G. Llorente.  Se trata, con dudas, de traducción de Manuel García Morente, traductor de la obra principal de Spengler La sabiduría de Occidente, realizada en 1935, con  preliminares de José Ortega y Gasset.