LA POESÍA DE ERICK BOZZI

Por Antonio Mora Vélez

 

Gracias al amor infinito de su esposa, hijos y demás familiares –quienes desempeñaron el papel de editores--, vio la luz en 1998 el poemario "Persiguiendo el bolero", del vate cartagenero tempranamente fallecido en 1997, Erick Bozzi Anderson; que sólo hasta ahora, por la circunstancia de mi asistencia al Tercer Parlamento de Escritores del Caribe Colombiano en Cartagena, pude obtener y leer con una mezcla de asombro y de tristeza.

Debo empezar por decir que supe de la existencia de Bozzi y de sus primeros versos, por los tiempos de mi paso por la venerable Universidad de Cartagena, de cuando el poeta era un adolescente que se iniciaba en las lides del verso, al lado de su "amigo violinista", poeta y hoy médico, Mario Mendoza, y del "tipógrafo" y escritor Francisco Pinaud, ambos integrantes del grupo poético y bohemio "La Caterva" y sus contertulios mayores; y yo iniciaba con la palabra mi ascenso hacia las alturas siderales, desde la plataforma del Magazín Dominical de El Espectador. Eran los tiempos del sueño y de la imaginación. De querer guardarnos el mundo en el bolsillo. De la bohemia exquisita y sana.

Y repito que leí con una mezcla de asombro –y su alegría implícita—y de tristeza, los poemas de Bozzi, porque son todos ellos "pedazos de su alma" y testimonio de su "fascinación por la vida", que los convierten en trozos memorables del sentimiento que tocan profundamente a todo aquél que haya vivido la experiencia de la Cartagena feliz y sandunguera de esos años. Allí, en esos versos, están la "piernas de panela" de las muchachas de San Diego o de Getsemaní, el bar de siempre, la iglesia de Santo Domingo, la India Catalina, el Caribe—"único mar azul del mundo"--; las calles de Cartagena y la Plaza de Bolívar, "único rincón...donde el verano no llega" y que fue el escenario de más de un romance bajo la luz de sus farolas. Están también los personajes de La Heroica, como "el negro del clarinete (al cual) le sangran los dedos de tanto hablarle al mar/ con su silencio duro de siglos". Don Pedro de Heredia ("capaz de poner la vida en un hilo por un par de caderas bien puestas"). O San Pedro Claver (santo porque "rescató de las tinieblas el nombre de Dios"). Los ritmos del jolgorio: el mambo, el porro, la cumbia y el son. Las orquestas y cantantes de entonces: Rolando Laserie, Celio Gonzalez, Celia Cruz, la Sonora Matancera, Pérez Prado. Y el dolor de los ancestros calamaríes, "que nos dejaron sin costumbres y sin rituales".

En el prólogo del libro se cita un fragmento de Bozzi. Al final del mismo, el poeta –próximo a la muerte--, dice: "...sólo espero que puedan vivir el resto de sus vidas sin mis versos". Petición nada fácil de cumplir porque sus poemas están tan fuertemente anclados en la vida que sería tanto como olvidarse de ésta, del Caribe con sus guayaberas y sus zapatos de charol, del bolero, de las muchachas de colegio, de las noches de acordeones lastimeros y de los poemas de Neruda. Y porque, aparte del tono nostálgico, son poemas escritos con "los ojos en las manos" –como dice Octavio Paz—y con un lenguaje aparentemente sencillo pero del cual brotan --¡virtud del poeta!-- la belleza de las imágenes y la "música de alas" de que hablara Silva. Y que igual denuncian a los hipócritas de un país pobre con "gritos de espantos colectivos" y protestan contra la esclavitud y la guerra, que versifican sobre chécheres, motetes y otras cosas y le hacen una concesión a la ternura en poemas como Caminé con mi padre "a la hora imprecisa en que el atardecer se lo traga todo".

"Persiguiendo el bolero" es un poemario hermoso, con casi todas las virtudes de la poesía modernista –sintaxis incluida-- y que me satisface, tanto en la forma como en su contenido. Poemas como San Pedro Claver, son de una belleza muy singular: ("En los atardeceres de naranja/ cuando yo buscaba el horizonte/ para agarrar el sol/ él siempre estaba conmigo...O en las madrugadas/ cuando yo salía ebrio y cansado/ de las tabernas de la esquina/ tratando de encontrar mis buenas intenciones"). Particularmente estremece saber que el Poema de Cartagena fue dictado literalmente por Bozzi "mediante señas y algo de telepatía", a su esposa, sus hijos, sus padres, sus hermanos y amigos, quienes le prestaron sus manos y el sentimiento hasta el mismo día de su muerte. Y saber que, como dicen los editores: "Su terrible enfermedad –esclerosis lateral amiotrófica, que le arrebató el movimiento y el habla-- nunca pudo arrancarle su amor por las palabras, ni la pasión con que siempre abrazó la vida".