Los Reyes

Winston Morales Chavarro

Me gusta Laysa, me gusta el carácter de Laysa, los cojones, aunque ya no los tenga, de Laysa. Los Reyes me parece una novela de rupturas, de grandes implosiones. En un país como Colombia, donde pulula la “moral”, donde el “decoro” de los políticos nos empuja a la mojigatería, donde el “puritanismo” de la iglesia excluye –de dientes para fuera- lo travestido, la actitud de Laysa, la presencia de Laysa, la actuación natural y poco artificiosa de Laysa, ubica en un escenario de representaciones sociales a aquellos sujetos que hasta hace poco tenían que acudir a la simulación y a la mímica: los homosexuales. En ese orden de ideas aplaudo a Laysa, travestido de frente, aplaudo su aparición en la televisión nacional. ¿Por qué se escandaliza la gente cuando ve a Laysa en sus televisores si hemos tenido a cientos de ellas-ellos en cargos políticos (dos o tres presidentes), puestos burocráticos, oficios particulares, empresas privadas? La actitud de Laysa me sorprende, me llena de gozo interior. En Colombia existen cientos de travestidos, lo que pasa es que ellos no llevan los ropajes carnavalescos de Laysa, una cualidad netamente barroca, no se maquillan, no cargan cartera, no llevan pintalabios. Sin embargo, en la noche se visten de novia, juegan al trencito de la sabana, se ponen los atuendos de la cuñada. En una columna anterior decía que el San Pedro gay me parece el más legítimo de todos: exterioriza un discurso y busca representación social. Pues bien, eso ha hecho Laysa para bien del movimiento gay en Colombia. El escenario que ha ganado a través de una canal privado, seguramente gerenciado por algunos travestis, lo sitúa y ubica en igualdad de condiciones. La lucha que adelantó el movimiento gay en nuestro país frente al Congreso de la República, se estancó por buscar lo mismo que tienen los hombres y las mujeres del común: unión civil y católica. Laysa lo ha hecho más fácil, sin tantas vueltas, superando recovecos, caminando de frente. Laysa ha logrado presencia nacional, ha ganado representación, ha jugado con la naturalidad de una mujer, sin la artificialidad y la caricatura del hombre que hace el papel de homosexual en la misma novela, sin lugar a dudas lo único ridículo en Los Reyes. Mi hijo menor lleva varias semanas viendo el programa. Para él Laysa es una mujer, muy bella por cierto, inteligente, osada, coherente con sus ideas. Si yo le lleno la cabeza de cucarachas, si le paso mis taras mentales, si le digo que esto está mal, que los derechos civiles son un asunto de género, mi hijo comenzará a ver al personaje con las taras de los adultos, con ojos sesgados, con las caretas manipuladoras de la moral y el raciocinio moderno. Mi hijo no sabe lo que es lo travesti, él disfruta el talento de un ser humano, comparte la posición aquella de que si aceptamos la diferencia estamos reconociendo la desigualdad. Laysa no es diferente, no es desigual de nosotros, tiene los mismos propósitos, la misma lucha por la supervivencia. Me gusta Laysa, me gustan sus curvas, sus besos al aire, su discurso. Ojalá nuestros travestis, aquellos que usan la mímica de lo público y los antifaces de la política, tuvieran los mismos cojones que le sobran a ella.