Centauro con furias

 

Un cuento de Fernando Iriarte *

 

 

�...cebras sicodélicas comían brotes tiernos que de la noche a la mañana surgían del árido suelo; semillas que brotaban, a las que las irregulares lluvias del Congo despertaban de estados de coma que duraban décadas�.

(Generación X, Douglas Coupland).

 

 

La costumbre era escapar hasta la línea férrea e ir a robar frutos de uchuvo. A menudo subíamos al último de los vagones que arrastraba, de mala manera, la locomotora para lanzarnos al río en esa parte color plata donde el arco del puente permite tirarse cuando la gran máquina está en movimiento sin que uno se choque contra los pilares de acero. Nadábamos entonces, triunfantes, de cara a las nubes y la posición nos permitía despedirnos del tren, que veíamos todavía en la postrera vuelta de su ascenso. Para nosotros, debo decirlo, viajaba vacío. Jamás vimos a nadie y el vagón era desolación completa.

Quizás ellos nos tenían miedo, por nuestras armas de largo alcance y la determinación que mostrábamos al enfrentarlos. Los frutos del uchuvo, creo, eran de ellos, frutos del paraíso en realidad. ¿El ferrocarril? Una de sus bestias de combate, aunque sólo a veces, cuando escuchábamos el ladrido de las ametralladoras escondidas y a pesar de oírlas no sentíamos nada. Por solo provocarlos nos gustaba acudir precisamente a ese sitio.

Durante años nosotros también utilizamos, a pie, la carrilera. Era indispensable tener sumo cuidado cuando los raíles de hierro comenzaban a vibrar como si fueran largos organismos vivos que detectaran nuestros pasos, pero siempre reaccionaban tarde, a destiempo, de manera que podíamos escondernos detrás de los árboles y los matorrales espesos. La máquina enorme pasaba después como un fantasma sólido, sin dejar rastro. Y no obstante, entonces, algunos mostrábamos suficiente agilidad para saltar al último vagón.

De este modo estuvo ocurriendo quizá durante décadas, tiempo en el cual en otras partes la gente nació, creció y se hizo vieja. En cambio nosotros, intactos, persistimos. Fueron años y años de monotonía y tristeza y de pronto, sin presentirlo nadie, apareció el centauro.

Es muy extraño, desde entonces no he vuelto a encontrar a los viejos amigos y no comprendo qué se han hecho.

Lo vi a lo lejos, en los manglares dulces. Bebía con la avidez de los equinos que han atravesado el desierto. Hablo de ese lugar lejano donde los grandes felinos acostumbran abrevar durante la noche con sus ojos fosforescentes. La pelambre del ser era rojiza, con el brillo que tuvieron, en su momento, las melenas de los soldados galeses. En cierto modo, como si fuera uno de ellos. Yo mismo tengo ese origen y he conocido a los de mi raza.

Lo vi, me olfateó y se volteó a la velocidad de sus magníficos tendones. Era soberbio. La crin se le dobló como una hoja de palma y le azotó la cara. La piel de las ancas tembló y se tensaron sus patas, dispuestas al galope.

Pensé �es un centauro auténtico, pero no conoce a los humanos, y supe que pensó �no es como yo y entonces comprendí que era un verdadero caballo. Pude intuir su codicia por el pasto húmedo y jugoso, su ansia de yeguas. Magnífico caballo con manos para convertirlas en cuenco de beber y boca para decir palabras relativas al viento que corre por los flancos, a la huída desbocada, al nerviosismo de las potrancas. También tenía mirada de azogado.  

No se por qué me permitió que subiera en su lomo. Quizá porque para eso había hecho presencia. Y de inmediato estuvimos corriendo por una larga y ancha pradera de trigales de amarillo intenso, sobrevolada por cuervos de color negro brillante, en medio de un campo que parecía llamear. El terreno estaba partido en dos caminos divergentes, uno de los cuales elegimos. Nos veía fugar, inquisitivo, el holandés errante con su oreja cortada. Al final de la estampida, arribamos a una estación de tren y la empezamos a caminar en sentido contrario.

No es fácil cabalgar un centauro. Los pensamientos del animal y del que cabalga se mezclan y pueden hacerse indistinguibles, de modo que no se sabe si se trota realmente o se imagina.

Tras muchas horas alcanzamos un terreno de colinas y luego otro campo de donde partía una nueva carrilera. Estaba abandonada. Me apeé y miré al suelo y fue cuando surgieron, brotadas sin anuncio, las Erinnyas, las Furias mismas. Nacieron en cuestión de instantes con la sola intención de infundirme temor, como en un escenario de Giorgio de Chirico. No eran seres para sentarse a contemplar.

Volteé, pensando en escapar, pero el centauro ya no estaba.

-         Ustedes no son sino semillas. �les dije a ellas, por decir algo.

Y se desinflaron como un globo, mis palabras tuvieron ese efecto. Miles habían salido de la tierra para provocarme con gestos agresivos, voraces, pero no eran sino semillas. Enanas intentando conmover gigantes. Las desprecié por eso, aunque también comprendí que debían ser demasiado antiguas y quizá era yo quien no podía entenderlas.

Supe, no obstante, que venía en camino el mismo tren vetusto al que antaño habíamos perseguido. Estaba por llegar. Creí, esperanzado, que esta vez alguien tendría que descender, que al menos podría conocer al conductor. No fue así sino que de pronto estuve dentro, sin que me hubiera trasladado por mis medios, y tras una larguísima jornada terminó la ruta, pero no había transcurrido un día sino muchos años.

Comprobé de repente que había arribado a la vieja y en desuso Estación de la Sabana, en la ciudad de Bogotá, a casi tres mil metros de altura en la cordillera de los Andes. Salí, y millones de transeúntes desconocidos que utilizaban, llenos de pánico, larguísimas y congestionadas calles me miraron a los ojos con expresión inquisitiva.

Ahora veo a las Furias danzando al pie de los semáforos, la luz verde titila por segundos y luego predomina la luz roja. Todo está detenido.

Yo me siento solo, en medio de la madre de todos los combates que está por comenzar. Solo y sin un arma. Visto mi uniforme camuflado de final del siglo veinte.


 

FERNANDO IRIARTE. (Ocaña, Norte de Santander, 1953). Cuentista y ensayista. Doctor en Derecho, Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional de Bogotá.

Ha publicado: País plural (ensayos sobre la realidad colombiana), Derechos del periodista en Colombia, Ninguna tumba para Nazim (novela) y Un e-mail a la señora Bloom (cuentos).

Alterna su trabajo de escritura con la cátedra en Universidades de Bogotá.

El cuento que aquí publicamos ha sido tomado de la antología Cuentos sin cuentas, publicado por el escritor  Fabio Martínez con el sello editorial de la Universidad del Valle.

 

Cortesía de: Cronopios, agencia de prensa para la cultura

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