Poetas huérfanos entre el tumulto

Por los guerreros del silencio

Poeta Javier Huérfano

 

Por Ignacio Ramírez

Director de Cronopios

 

Escribir sobre poetas, a estas alturas de pérdida de valor de la palabra, resulta tan suicida como delirante. Lo primero, porque nada más fácil para ser objeto de lapidación en nuestros días, que mencionar a un autor de versos sin incluirlos a todos, pues de inmediato una gran mayoría de los otros centenares de hombres, mujeres y niños, animales y cosas que entre nosotros se consideran iluminados, tira la primera piedra síndrome de los celos y la envidia, que nos da directo en el blanco de la vida, como un bumerán con filo de desprecio. Lo segundo, porque los poetas pululan, mientras la poesía escasea.

Por eso, hablando no tanto de poesía como de poetas, hallar un libro de versos en cuyo último párrafo el autor afirme que con tranquilidad y sin resentimientos se está retirando de la farándula literaria  del país, y  anuncie que abrazará "la esperanza de conseguir un terreno para sembrar un bosque y montar un vivero y así contemplar la magia de la naturaleza en todo su esplendor", resulta tan sorprendente que uno no sabe si tal aseveración es producto de la ingenuidad o de una sólida franqueza. Y la duda persistirá por siempre si uno conoce a Javier Huérfano, en cuyo libro El olvido no tiene palabra aparece el anuncio de la vital decisión, al cierre de una expresiva y simpática cronología autobiográfica.

El poeta Huérfano no es un poeta cualquiera. Menudo y frágil, dueño de sutiles voces tanto corporales como poéticas,  fue bautizado en musas por su paisano y maestro Luis Vidales, quien dijo de él en 1984 que no era aventurado "el pronóstico de que alcanzará las excelsas rutas del canto, esto es, las comunicativas más sencillas y puras en el ascetismo a que lo está conduciendo la modalidad de su temperamento, única manera de completarse en la admiración del lector".

Sabio y acertado como siempre, el poeta que puso a sonar timbres en este país sordo, dibujó en el pequeño párrafo no sólo a Huérfano sino a esos centenares de miles de seres humanos indefensos, habitantes de la guerra, mudos e inermes y no obstante aferrados a la evidencia que "la vida sigue/ el paso infinito/ de vivir.// El hombre/ pasa de vivir/ al infinito olvido", como proclama Javier en su derrotero de angustias sin aspavientos.

Esa clase de poetas, en quienes la poesía vive mucho más en la carne y en los huesos que en los versos, que a la hora de la verdad constituyen catarsis para no caer en el lamentable lugar común de la violencia, deberían ser mucho más tenidos en cuenta como guerreros del silencio, voces válidas en medio del bochinche, pues a la hora de la verdad escriben más para soñar y para no matar, que para figurar y deslumbrar a la "farándula literaria".  Huérfano, a quien vimos hoy entre el tumulto que se agitó para ir a despedir a Arturo Alape, vive en Ciudad Bolívar, donde fundó la Biblioteca Pública Luis Vidales, construyó su casa con sus manos y con las de su mujer y de sus hijos y de sus vecinos, alguna vez trabajó como ayudante de zapatería, estudió de noche y quizás hasta creyó que se podía ser poeta en una sociedad tan desalmada. ¡Buena suerte en su bosque, en su vivero y en sus sueños!

 

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