Cronopios:

¡Somos ricos!

 

Tal como estaba previsto en los vericuetos de la fantasía, la noche de anoche –que fue Noche de Cronopios en La Cometa—fue una velada memorable que entra de inmediato al patrimonio de los sueños cumplidos donde se acopian los mejores recuerdos de esta gran broma y misteriosa farsa denominada vida (hasta ahora caigo en cuenta que su nombre debe proceder de vid, de uva, borrachera).

Hubo de todo un poco, hasta un golazo de Rap sorprendentemente anotado por Patricia Ariza, quien siempre acompañada de sus fogosos muchachos anda sembrando tempestades y cosecha vientos que avivan las cometas de la imaginación nocturna, donde los Cronopios se reúnen para soltar el hilo que siempre cándidos sostuvieron los famas y los pinchajetas mientras los esperanzas se dejaban volar en los laberintos de las noches gélidas.

Los nadaístas estuvieron a la altura de su proverbial mamagallismo generoso: Jotamario volvió a contar la historia del hombre que llegó a pesar cero kilos, y como esta vez lo hizo en vivo y en directo, como repite sin cesar nuestra pleonástica televisión, la gente al verme en carne y hueso comprobó lo que yo siempre sostuve: que a mí ya nada me pesa, que como en el caso del poeta peruano del Perú cuando se sentaba a ver llover en piedras blancas sobre piedras negras, de mi incorporeidad son testigos no solo “los días jueves y los huesos húmeros/ la soledad, la lluvia y los caminos/”, sino esta mano terca que no quiere sanar y que tanto me duele al escribir.

También anoche comprobé cómo es cierto que “se muere siempre un poco”. Que nos vamos muriendo, hasta de gorra, como a mi siniestra me lo hacía patente el gran Eduardo Escobar, quien ya casi pesando cero kilos como yo, contó la historia gris de su paso por las salas de cuidados intensivos de los hospitales, asediado y manoseado y trepanado por gente de formol y guante blanco, hurgadores de cráneos en búsqueda de las buenas mandarinas, como contó el poeta que describieron el tamaño  del tumor que le extrajeron y con el cual compartió esa vida plena que pasa como una carcajada o como una sombra bailarina, cuando tenemos la fortuna de no escuchar diagnósticos y entrar en los quirófanos.

A todos nos sorprendieron por igual la poesía y la entereza y el urticante y oportuno buen humor hablando de su experiencia ingrata. Y luego, como si fuera poco: entre el nutrido público un flaquísimo y pálido personaje notoriamente acabado de resucitar, también, ataviado de rojo, sonriente como una funámbula piraña, tierno e irónico como el Lindo pulgoso de otros tiempos: ¡Era Harold Alvarado Tenorio! Acabado de llegar de Cali, de la tercera vez que le extirpan el estómago porque parece que en la Summa del cuerpo se obra el prodigio de que ciertos órganos tercos como las largas entrañas digestivas, se reproducen como los conejos o como las vidas de los gatos. Los moribundos somos muchos. Y nos morimos de la risa cuando nos encontramos en plena vida muertos. Y claro que también lloramos y nos llevamos las manos al corazón o la cabeza cuando en medio de semejantes escenas para el teatro del absurdo, llegan noticias tenebrosas como esa de la mala broma que en Cartagena, al tiempo con nuestro túnel del tiempo en La Cometa, una siniestra hipertensión doblegó a Jorge García Usta, otro fraterno hombre de palabra sorprendido por la mala hora.

En cambio, a los extremos de la mesa, Jota y el Monje respiraban vida y bebían vino mojando la palabra. Elmo, el buen Elmo, que en menos de un mes ya cumplirá 80 años de juventud ostensible, en la Novena Nadaísta fue el Merlín de la noche: de su saco sacaba arcángeles gabrieles, estrellitas fulgentes con cola de cometa, reyes vagos y racimos de uvas para que los asistentes pasaran el canelazo y bajaran el buñuelo y la natilla, que de todo eso hubo, como en la parábola de los panes y los peces, gracias a la permanente diligencia de Claudia, la mujer de Jotamario, hermana de Esteban, dueño de la Galería, nuestro anfitrión, a quien la navidad le traiga buenos vientos.

Y luego el Comandante Pablus Gallinazo y sus canciones y sus palabras cálidas y el despertar de la saudade. Y los abrazos y los besos y la maravilla de saber que los Cronopios somos ricos en camaradería, en calor humano, en ilusiones que atafagan la libertad de las cometas y se las llevan lejos, a algún lugar donde ya no necesiten más que del aire para volar sin lazos.

Y una noticia contundente para quienes esperan la confirmación de aquello que los locutores deportivos llaman precisamente “aquello”: ¡No se vendió ni un cuadro! O, mejor: sí, se vendió uno al que una bella mujer de excelente gusto le echó el ojo y ya no le fue posible irse sin él: un cuadro de el gran Keko, a quien aún trato de convencer de que no sea tan generoso, porque insiste en donarlo para que Cronopios tenga algo en sus arcas, ahora que está en quiebra. ¿Total? Fue una gran noche. Hubo abrazos y paz. ¿Quién quiere otra fortuna? Aunque no tengamos ni en dónde caernos muertos... ¡Somos ricos!

 

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